Yo me quedo en casa

 Escrito de Margarita para el Centro Sociocomunitario de Coia.

“Se disponía a salir, la sola idea hacía que su corazón se acelerase.

Dentro de casa,  una cierta seguridad controlada, fuera la esperaba un ejército de enemigos que se iba apoderando poco a poco del cuerpo de sus vecinos,  amigos, personas queridas. Nadie de momento controlaba a esos seres diminutos, pero mortíferos, llegaron  no se sabe como, dicen que de tierras lejanas, pero era evidente que las más grandes potencias, no podían hacer nada para proteger a sus ciudadanos. Era algo inimaginable, para lo que nadie estaba preparado.

Respiró pausadamente con el fin de tranquilizarse,  fue poniendo en práctica todos los consejos que circulaban por las redes, tenía que  evitar ser poseída, y convertirse en el vehículo que los enemigos utilizaban para doblegar a los más poderosos, a la economía mundial. Por suerte los extraños habían atacado a los humanos, y no a sus sistemas de telecomunicaciones, seguíamos aislados pero en contacto.

Todo lo demás había desaparecido, ya nada importaba, todos los esfuerzos estaban centrados en inmovilizar al enemigo, evitar que se siguiera expandiendo”.

Margarita apagó el ordenador y pensó que hace menos de una semana, aquello le hubiera parecido un buen inicio para un relato, ahora era la realidad. Había permanecido tres días en aislamiento en el campo, lo que es un privilegio, pero ahora era imprescindible  hacer una salida a la farmacia y a por víveres.

La mejor sanidad del mundo en un país confiado.

Ella era del noventa y nueve por ciento que pensaba que esa situación era imposible, vivíamos en un país  con la mejor sanidad del mundo, un país con alta autoestima cuando es necesario, dispuesto a lo que sea por el bien común.

Pero un país confiado, con un estilo de vida en el que cualquier disculpa es buena para compartir un rato en la calle. La confianza, de que lo que le pasa al vecino no va a pasarme a mí.

Efectivamente, tenía  que ir a la farmacia por sus medicamentos y al super, ya que no había hecho grandes acopios  de provisiones, así sólo saldría una vez. Se preparó la mejor mascarilla casera que pudo confeccionar con  la parte superior de unos pantis, por suerte tenía guantes desechables.

Su angustia iba en aumento, hace un par de días se quejaba del confinamiento, ahora no deseba salir de su casa, le daba seguridad. Al vivir en el rural se cruzó con pocos coches, parecía un domingo temprano, había aparcamiento, era síntoma de que apenas habría gente en el super.

Al entrar, observó que no existía desabastecimiento, los trabajadores cumplían las medidas de seguridad, máscaras, guantes. distancia… Pero la mayoría de los pocos compradores se comportaban con una tranquilidad, que fue inquietando más y más a Margarita. La inmensa mayoría no tenía máscaras ni guantes, y se comportaban como lo hubiéramos hecho todos  apenas hace 7 días. De repente. tomó conciencia de que era imposible no contagiarse si uno salía de su aislamiento. Entró con los guantes ya puestos, pero todos los productos que metía en le carro los habían tocado antes alguien, el envasador, el transportista, los compradores… En el pago utilizó tarjeta de crédito para evitar contacto,  pero su compra había pasado por  la cinta, donde podría haber dejado gotitas de saliva algún contagiado, aún asintomático, sin mascarilla. Las manos con guantes de la cajera habrían tocado las mercancías  y dinero que los anteriores compradores.

Llegó hasta el coche,  se sacó los guantes como había visto que era lo correcto, le asaltaron mil dudas. ¿Ahora debería dejar todos aquellos productos en cuarentena, durante el tiempo que se supone que el virus sigue activo? Se dio cuenta de que sus manos no, pero su ropa había tocado alguna superficies sin querer.

Cruzó la calle, la farmacia estaba cerrada y había que tocar el timbre, necesitaba medicamentos imprescindibles. ¿Cómo hacerlo? ¿Con el codo con alguna prenda de ropa?  Por suerte no había nadie en ese momento y todo parecía que se ajustaba más al protocolo.

Tomó su coche, ahora ya no era un lugar tan seguro como hace unos días. Al llegar a casa pensó en dejar doce horas las cosas en las bolsas pero algunas eran perecederas, no había tenido la precaución de ponerlas en bolsas separadas. Otra vez guantes, pero tuvo la sensación de que había abierto la puerta al virus.

Quiso pensar que había estado expuesta poco y con precauciones. En casa estaba su pareja, pensó que quizás esa salida aumentaba las posibilidades de contagio de los dos.

Y realmente tomó conciencia de que la única forma eficaz de frenar el virus era quedarse en casa.  Estaba dispuesta a alargar los suministros lo que fuera necesario.

Sólo venceríamos a esta pandemia, quedándonos tranquilamente en casa, no ya por uno mismo, por solidaridad, porque nuestros recursos sanitarios son limitados.

Porque nunca antes la sociedad, la población mundial se había visto en esta situación, hace sólo unos días no sabíamos que hacer, pero ahora si. Lo único que hacía falta era quedar en casa.

Margarita

Un comentario en “Yo me quedo en casa

  • el 21/03/2020 a las 9:15 am
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    Todos los días de nuestra vida cotidiana estamos expuestos a coger catarros, gripes y otras enfermedades. Así que la diferencia es que ahora el bicho está más o menos localizado y hay instrucciones para lograr menos contagio. Bueno, se trata de de hacer cotidiano lo extraordinario, y esperar que pase y volver al contagio normal de siempre.

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