Voy a morir

Voy a morir y tengo la oportunidad de escribir como he llegado a esta situación.

Mi nombre es Miguel Rozas Ermautel, aunque todos me conocen por Micha.

Vivo, o mejor, vivía en la calle Espejos, 2, 7º C.

En este momento me queda una hora y cincuenta minutos de vida.

Voy a morir y espero que me de tiempo a relatar los acontecimientos que me llevaron e esta situación.

Así, es posible que mi familia pueda saber las estupideces que cometí y como me llevaron a donde estoy ahora.

Tarde aprendí la lección de que cuanto hacemos no es en vano.

Cada acto de nuestra vida teje nuestro futuro como una araña su tela en la que, víctimas de nuestros errores, quedamos presos.

Me doy cuenta de lo valiosa que es la vida, cuando voy a morir.

La serie de circunstancias en que me vi envuelto favorecieron este desenlace.

Cada decisión fue tomada libremente y si hubiera optado por algo diferente no me vería obligado a perder la vida, de este modo al menos.

Todo el tiempo tuve la impresión de estar haciendo lo que no quería, como si me llevara la contraria a mí mismo, luchando contra mi propia voluntad.

Todo empezó cuando vi a Claudia, la vecina, por la ventana del patio de luces.

Yo estaba convaleciente de una lumbalgia.

Ya prácticamente curado, el médico me ordenó unos días de reposo para asegurar una recuperación completa.

Estaba solo.

A esa hora de la mañana las amas de casa hacen la compra y el edificio se queda vacío.

Qué entrañables me resultan ahora las palabras de mi madre al despedirse: “Cariño, ¿necesitas algo? ¿Está todo bien? Tu hermana y yo volvemos enseguida. ¿Quieres que te traiga alguna cosa?”.

Todos los pisos tienen una galería con ventanas que da a un patio de luces, Las de la vecina estaban abiertas.

Yo había entrado buscando un zumo.

Estaba agachado, de modo que no se me veía.

La oí cantar y me volví.

Abrí muy despacio una ventana, solo una rendija para mirar discretamente.

Y la vi, deliciosa, envuelta en la toalla, recién salida de la ducha, en el dormitorio.

Se situó coquetamente delante del espejo de la cómoda y dejó que la toalla se deslizara.Voy a morir

Tenía una melena cortita, granate, hasta la mitad del cuello.

Al tiempo de echarse el desodorante, movía graciosamente las nalgas al son de la música que tarareaba, mirándose complaciente en el espejo.

A continuación se aplicó una crema, dejando resbalar sus manos por todo el cuerpo calmosamente.

Así desnuda siguió arreglándose, las cejas, las pestañas y yo disfrutando, porque Claudia es muy bonita.

El patio de luces no es muy grande y sin gran esfuerzo se podría ir hasta el otro piso. Fue algo que me cruzó el pensamiento, para ayudarla con la crema.

Se oyó el timbre de su puerta.

Rápidamente alcanzó una bata y salió. Me había quedado sin espectáculo.

Cogí el zumo y fui a la cocina.

Cada poco echaba un ojo, pero ni rastro de ella.

Ya me iba cuando apareció de nuevo, corriendo, sin bata y un hombre detrás, que la alcanzó al pie de la cama.

Entonces ella se giró. Le echó los brazos al cuello y se besaron.

Me quedé como una estatua, olvidado de mi lumbalgia, incrédulo, pegado a la ventana.

Con el ardor del abrazo cayeron sobre la cama y en ese momento ella se dio cuenta de la ventana abierta y corrió a cerrarla.

Fue un segundo tan solo pero vi la cara del varón y se me heló la sangre.

Un amasijo de sentimientos me invadió en un instante: furor, ira, rabia, impotencia, dolor, un dolor agudo, intenso, lacerante.

Me resultaba imposible, me dije mil veces que era un sueño, pero la imagen no se borraba de mi mente.

Allí estuve, clavado, sin reaccionar, imaginando dolorosamente lo que estaba sucediendo en aquella cama, hasta me pareció que oía suspiros y jadeos.

En aquellos segundos pensé en coger el hacha o el cuchillo y descuartizarlos en el lecho, rociarlos con gasolina y prender fuego.

No hice nada.

Mi mente trastornada urdía venganzas que dieran salida a la rabia que sentía.

¿Te das cuenta Ana, querida hermanita? No sé cómo decirlo.

Las palabras resultan insuficientes, para expresarte, precisamente a ti, quién era él.

¡Maldito y mil veces maldito! ¡Cómo nos engañó a todos!

¿Cómo crees que me sentí cuando vi a Javier? ¡Dios!

¿Quién lo iba pensar de él, de ella? Con su cara de mosquita muerta. La muy zorra y con tu marido.

Y se me ocurrió de pronto. Fui a la biblioteca y en un folio escribí con un rotulador rojo muy grueso: ¡ZORRA! TU MARIDO YA SABE LO QUE HACES CON EL VECINO.

Me puse un pantalón y un jersey y salí al descansillo. Metí el papel por debajo de la puerta y llamé al timbre. Luego me regresé teniendo cuidado de no hacer ruido al cerrar.

Me aposté en la mirilla. Pocos minutos después salió Javier; era él, no había duda.

Dejé pasar unos segundos y salí también.

Allí estaba, en la calle, a unos diez metros delante de mí. Me eché a andar detrás de él, manteniendo la distancia.

No tenía idea acerca de lo que iba a hacer. Querida hermana, me sentía tan impotente ¿sabes?

El dolor me aletargaba el cerebro y obraba sin ningún raciocinio.

Ahora me doy cuenta de lo feliz que he vivido a vuestro lado.

Si me hubiera quedado en casa en lugar de caminar estúpidamente detrás de un cerdo, ya estaría tomando un zumo preparado por mamá.

En cambio en menos de una hora voy a morir.

El lugar por donde iba ahora era una calle inacabada, solitaria, con solares abandonados, llenos de escombro.

Alentado por ese impulso loco que regía mis actos, agarré una barra de hierro y, sin pensarlo, emprendiendo una carrera salvaje, golpeé con todas mis fuerzas al tipo en la cabeza.

Se desplomó, solté el hierro y salí de estampida.

Me asusté de mi propia locura, ni siquiera me volví a mirarlo.

Corría desesperadamente, ciego y así crucé la calle. Oí un frenazo, sentí un golpe en las piernas y perdí el sentido.

Cuando abrí los ojos las imágenes se desdibujaban, como si estuviera bajo el agua, no distinguí dónde estaba.

Me sentía magullado y un dolor intenso en la nuca.

Volví a cerrar los ojos y los abrí de nuevo aguantando el mareo hasta que los objetos se mantuvieron quietos.

Voy a morirEstaba tumbado en una camilla, dentro de una ambulancia. Una enfermera me miraba sonriendo, con sus dientes saltones.

—¿Hola? ¿Cómo se siente?

—¿Dónde estoy? ¿Qué ha ocurrido?

Un joven muy moreno, de trencitas rizadas y gran diadema esmeralda, asomó desde el asiento delantero. Me miró con los ojos muy abiertos, con actitud inocente y tragando saliva.

—Lo siento mucho, señor, yo lo atropellé. Usted cruzó corriendo y no me dio tiempo. El semáforo estaba verde y no pude frenar… lo siento mucho, de verdad.

Tenía una voz infantil con acento latino y su tono era tan lastimero que te conmovía.

—No te preocupes chaval, la culpa fue toda mía. Iba distraído y… ¿qué hora es?

—La una y media.

Tardísimo. A esa hora habrían vuelto mi madre y mi hermana y se asustarían al no encontrarme en casa.

Hice ademán de incorporarme pero sentí un mareo.

—No, no se mueva por favor. Quiero hacerle una cura si me lo permite, le llevamos a una clínica aquí cerca. No tiene nada grave, no se preocupe, pero ha recibido un fuerte golpe en la cabeza y debe permanecer en observación.

No tenía ganas ni fuerzas para oponerme; me dejé llevar, mientras pensaba en cómo volver a casa y qué iba a contar.

En cuanto me hiciese la cura y me hubiera repuesto del mareo pensaría algo.

Nada me hacía sospechar que iba a recibir otra sorpresa.

La clínica era un chalecito en las afueras, en lo alto de una colina.

Nada más llegar salieron dos auxiliares para ayudar y enseguida me di cuenta que una de ellas era Celia, mi sobrina.

¡Qué sofocón! Ella se quedó mirándome. Cerré los ojos y me hice el dormido. Necesitaba un tiempo para pensar en algo.

No se me ocurría ninguna explicación verosímil.

Oía a Celia que contaba que yo era su tío, así que decidí que, de momento, lo mejor era fingir amnesia.

Abrí los ojos y muy asombrado pregunté dónde estaba, sin reconocer a mi sobrina. La miraba con cara de despiste, como si no la hubiera visto nunca.

Vino un médico y me hizo preguntas, yo contesté lo mejor que pude, insistiendo en mi falta de recuerdos.

Decidieron avisar a mi familia, pues su presencia podría hacerme recordar y en tanto que llegaba me insistieron en que tratara de dormir un poco, lo que facilitaría mi recuperación.

En cuanto me quedé solo reflexioné; tal vez en ese momento buscaban al asesino de Javier.

No encontraba justificación para mi conducta, había sido un acto cruel e innecesario.

¿Quién era yo para erigirme en juez y verdugo?

Como pude me levanté para huir. No tenía otro pensamiento ni voluntad que escapar, sin saber a dónde, desaparecer, no enfrentarme a nada ni a nadie.

Tenía la sensación de que mi vida se complicaba a cada instante, pero me sentía incapaz de afrontar la situación.

Salté por una ventana, me di a la fuga. Estuve corriendo hasta que tuve que pararme para recobrar el aliento.

Miré dónde sentarme a descansar. A pocos metros había un pequeño parque. Un arbolillo proyectaba su sombra sobre un banco y hacia allí me fui.

Descansé un rato, hasta que delante de mí se detuvo un tráiler que transportaba automóviles.

El conductor se bajó y cruzó la calle.

Yo miraba curioso y me fije en la puerta mal cerrada de uno de aquellos coches.

Como por inercia me levanté con la intención de cerrarla.

En ese instante, no sé qué impulso me llevó a entrar en el vehículo y cerrar la puerta. Tumbado en el asiento trasero, nadie podría verme. Era amplio y cómodo. Allí me quedé.

Necesitaba descansar, ordenar mis ideas.

Cuando más tarde volvió el conductor y puso en marcha el transporte, seguí allí, cómodamente instalado.

Media hora más tarde se detuvo en el muelle; Había miles de vehículos listos para ser embarcados.

Me acurruqué en el fondo sin mover un músculo.

Al cabo de un buen rato asomé la cabeza, ni un alma.

No tenía ninguna gana de moverme y lugar más tranquilo que aquel no iba a encontrar. Me acomodé de nuevo en el asiento y me  dormí.

Cuando desperté el sol había comenzado a descender. Me estarían buscando. Mi sobrina habría dicho que me vio herido.

Oí voces y seguí tumbado.

Al fin me atreví a ver fuera. Nadie.

Me entró congoja, tenía la boca seca y el estómago oprimido. Sentí ganas de llorar.

Tarde o temprano se sabría lo de Javier. No tenía escape. Este pensamiento se adueñaba de mí y los sucesos iban a poner de manifiesto que mi suerte estaba echada y nada iba a torcer el rumbo que había tomado mi destino.

El día se había ido. Salí del coche y empecé a caminar buscando una salida.

Una alambrada inaccesible me cerró el paso.

Una hora o así más tarde oí el motor de un camión. Creí que traían más coches; no, se trataba de un camión pequeño parado junto a la puerta.

Un individuo manipulaba en ella y otro vigilaba, eran ladrones.

Me pregunté dónde podría estar el vigilante.

Consiguieron abrir y en cuanto aquellos individuos se adentraron en el estacionamiento, me deslicé fuera.

Tendría que haberme ido corriendo, y no lo hice. Allí estaba el camión y pronto vendrían los ladrones con el coche.

Me escondí. Los individuos regresaron empujando un vehículo hasta la parte trasera del remolque. Ayudados de una polea lo subieron.

Amparado en la oscuridad pude subir yo también.

Habían robado una furgoneta.

Apenas nos detuvimos, quise darme a la fuga, entonces me descubrieron.

Uno me amenazó con una pistola y el otro me ató con un trozo de cable apretando fuerte, hasta hacerme daño.

No los veía bien, parecían jóvenes. Uno de ellos con bigote y el otro con gafas. Tenían aspecto de estudiantes.

La camisa se me pegaba y las gotas de sudor me resbalaban por el rostro produciéndome un escozor insoportable en la nariz.

Me dejaron en un rincón mientras que ellos manipulaban en la furgoneta. No entendía qué estaban haciendo.Voy a morir

Tras una espera interminable, me introdujeron en la furgoneta robada, la bajaron del camión y acto seguido la pusieron en marcha.

No sabía por dónde íbamos porque nada podía ver desde el suelo y no podía incorporarme.

Al fin se detuvieron y me explicaron lo que iban a hacer.

Eran terroristas y había preparado la furgoneta para convertirla en una bomba. Estallaría en cuanto alguien intentase abrirla.

Era una trampa mortal y yo quedaba en ella.

No querían dejar rastro: “mala suerte compañero”, me dijeron.

Si no lo hacía antes, estallaría en cinco horas, es decir, a las seis de la mañana, delante de un bar a donde iban varios policías a desayunar.

En un rasgo de humor me dejaron bloc y bolígrafo para que pudiera entretenerme en la espera.

En esta situación estoy.

Voy a morir. Pronto amanecerá mi último día.

En veinte minutos más o menos estallará la bomba, o antes, si alguien manipula en ella.

Nunca pensé que pudiera no desesperarme ante una realidad como esta.

Después de todo me pregunto cómo alguien va a poder leer esto si cuando todo reviente, desaparecerá juntamente conmigo, supongo.

Quisiera decir ahora todo lo que he leído que se dice en estos trances: dar gracias y pedir perdón. Pero esto no es ficción y no tengo ganas de hacerlo.

Oigo las sirenas de la policía.

Lo que más me molesta es este continuo tic tac que no me deja dormir. Sí, son policías.

Rodean la furgoneta a cierta distancia iluminándola con muchos focos. Parece que sospechan algo o recibieron un aviso. Se acercan con mucha precaución dos agentes.

Les escribiré en la libreta lo que ocurre. No creo que puedan librarme, pero al menos que lo sepan. Adiós a todos, no me gustan las despedidas largas…

Un rayo de sol dio de lleno en los ojos de Miguel, que se dio media vuelta en la cama. Al cabo de un rato los abrió. Se había dormido.

Miró el reloj en la mesilla. Aún tardarían en volver de la compra.

Tenía la boca seca y se levantó, despacito, por si acaso.

Fue a la cocina y de allí al patio.

Seguramente habría zumos en la parte de abajo del mueble, donde supuestamente debiera guardarse el vino.

Se agachó con cuidado, manteniendo la espalda recta y buscó en el armario.

Al otro lado del patio, en el piso de enfrente alguien cantaba y curioso abrió muy levemente la ventana.

Entonces vio a Claudia, la vecina, que venía del baño envuelta en una toalla.

Tenía las ventanas de par en par y pudo verla bien a sus anchas cuando se situó ante el espejo de la cómoda, en su dormitorio.

De un momento a otro podría deslizarse la toalla y él podría verla…

 

Texto: Jesús Muñiz

Voy a morir

3 comentarios sobre “Voy a morir

  • el 7 de noviembre, 2019 a las 17:39
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    Que intenso y como te mantiene en vilo hasta el final. Gracias

    Respuesta
  • el 9 de noviembre, 2019 a las 17:12
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    Un sueño muy intenso y agresivo gracias señor jesua

    Respuesta
  • el 11 de noviembre, 2019 a las 15:42
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    Un largo, y gran texto, con un buen contenido muy buen expresado …felicidades!! gracias!!

    Respuesta

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