Vivir la pandemia desde mis 86 años

Vivir la pandemia desde mis 86 años

Le debo este titular a la compañera de la Revista Alejandra Garrido (periodista)

Ciertamente que este es un tema que me atrae. Mi ya larga vida llena de zozobras, miedos  y también algunas alegrías afloran en mi mente. No es lo mismo nacer en el año 1934 que  diez o veinte años después; como tampoco es lo mismo criarse en el seno de una familia  cuyos padres, abuelos y tíos/as   te cuidan, educan y protegen.

Ese niño puede ser feliz: tener juguetes  y estudios para más tarde poder hacerle frente a la vida. -A mí eso me faltó, y a mi hermana también… y a mis primos Antonino y Guillermo… y a muchos otros niños.

En este espacio de tiempo, entre el 14 de marzo hasta el día que escribo este relato muchas, muchísimas cosas han pasado por mi vida.

La pandemia es momento de reflexión y encuentro con uno mismo. Sentado delante de mi tele lupa o del ordenador fluyen por mi mente episodios, que aún siendo lejanos están muy vivos en mi memoria.

No hubo tiempos mejores;  las épocas de la esclavitud  de las décadas 40-50 del pasado siglo quedaron atrás dejando huellas en mi mente y en mi corazón; pero no todo fue negativo porque me hicieron más fuerte; me obligaron a pensar y a razonar: a desprenderme del acoso religioso que sufrir al pensar que podía ser condenado al infierno si moría en pecado mortal y arder –en medio de horrorosas llamas por toda la eternidad- ¡Maldito infierno y malditos los que amenazaban con tanto horror!

La vida sigue; el proceso (nacer, vivir y morir) se cumple.

Me caso y formo una familia… cuando me doy cuenta, soy viejo. Reflexiono y comento con mi esposada: Somos viejos, dentro de pocos días cumplimos 60 años de casados.-sí, lo sé. Por dónde se nos fue la vida.

-No te das cuenta porque fuimos/somos felices; tenemos una familia unida: tienen valores y ellas tampoco esperan gozar de ese cielo que nadie conoce ni temen al tenebroso infierno.

Y estamos aquí en medio de otro episodio. La pandemia del Covid-19;

Ésta es una de tantas por las que hemos pasado: sarampión, tosferina, polio, gripes, tuberculosis, rabia, paperas, gripe asiática, VIH, sífilis y ahora llegó la que amenaza con  diezmar la población del planeta Tierra.

Trato con viejos y viejas –de mi edad y mayores- y sale el comentario pero no veo esa preocupación que fluye en televisiones y políticos. Me parece muy normal porque los razonamientos son semejantes a los míos, y  ya pasamos tantas pandemias que se llevaron a tantas personas que es como si estuviésemos inmunizados contra el miedo.  El miedo agrava la situación de las personas que lo sufren; en mi caso me planteo lo siguiente:

-Con esta edad yo estoy próximo a morirme: y siendo así que me importa morirme de una u otra enfermedad. Lo único que me interesa es no sufrir. No es lo mismo para una persona de 60 o incluso más años, que tienen  la posibilidad de vivir 20 o 30 años más.

La juventud piensa mucho menos, porque la fuerza de la vida está en un momento de apogeo y en su fuero interno a ellos no les puede pasar nada malo, y eso les hace ser irresponsables. La gente de mediana edad es la más preocupada y es lógico, puede que aún estén sin poder consolidar su vida: pendientes de la familia que está tratando de asegurar su futuro; que no están seguros de mantenerse en el trabajo; que padecen alguna enfermedad y/o mil problemas que acechan a la sociedad que nos toca vivir.

Además  me sorprendió una anemia que me hizo seguir un tratamiento médico;  la reforma de la casa –aún sin finalizar- y otras dos cuestiones más, que sigo con ellas aunque con menos intensidad.

Disfruto mucho de los días soleados, y me preocupo porque no veo ni una sola abeja en el níspero ya con algunas flores. Los pájaros si que se dejan oír mientras el tráfico no es intenso. Amo a la vida y la disfruto dentro de las limitaciones del Covid.,

Yo, consciente de la situación, trato de cumplir las normas que nos van imponiendo para evitar el contagio. Hago una vida normal: cuido las plantas, las verduras, las lechugas y las escarolas; corto la hierba hago posible el tener un huerto abonado con el compost que produzco.

Mi reflexión sobre el futuro:

El futuro ya empezó. El presente es efímero. Las raíces están en el pasado y ahí está nuestra reserva de conocimiento (Con las nuevas tecnologías llegamos a saber que unos restos humanos de hace 5.000 años eran de una mujer).

El cambio es inevitable y oponerse a él es un suicidio. La mayor parte del trabajo  académico, investigación y administrativo será “on-line”. Las fábricas de productos de consumo serán más versátiles: y eso obliga a una mayor formación del personal. Serán ejecutores de tareas múltiples complementarios con la robótica.

Las áreas de desarrollo medio-ambiental tendrán una gran tarea con la limpieza de los océanos, bosques y ríos.

Se protegerá la fauna, porque sin ella no hay equilibrio;(según Einstein –si desaparecieran las abejas, al “ser humano le quedarían cuatro años de existencia”).

¿Hay límite para el crecimiento de la población mundial?

¿Cómo se va a mantener?

¿Habrá trabajo para todos/as, o se creará un mundo de “poder” y otro de parásitos?

Las incógnitas son muchas, pero a cincuenta años vista es apasionante.

Por todo ello el esfuerzo para la sociedad no puede ser el intento de ir a la pre-pandemia, porque al no conseguirlo viene la frustración y el desencanto.

Los problemas hay que verlos de frente para poder solucionarlos o cuando menos mitigarlos. Nadie va a hacerlo por nosotros/as; ni el cielo ni los alienígenas. La fe ni mueve montañas ni arregla los desaguisados del covil.19.

Lo que si veo más factible es la reconversión de los Centros Culturales, y Asociativos, -dependan de cualquier administración-en Centros de formación y análisis para afrontar la problemática en la que ya estamos metidos.

El Japón de la pos-guerra mundial, debe ser el ejemplo.

Una sociedad madura sale adelante rápidamente.

La que se abandona enmascarando el problema y dejándose ir, lo tendrá muy negro durante generaciones.

 

 

 

Telmo Comesaña  Pampillón

Noviembre 2020

 

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