Una hoja de magnolio

Una hoja de magnolio marchita.

Al verla volvió a recordar aquel momento mágico cuando hacía su recorrido rutinario y volvió a vivir intensamente cada momento…Una hoja del magnolio

Levantó el pie del suelo para no pisar aquello de color verde. Al recogerlo notó que a pesar de su aspecto frágil parecía resistente como el cuero. Era una lámina delgada, de forma elíptica, de color verde brillante. Con exquisito cuidado la depositó en una pequeña bolsa de plástico.

Se lo llevaría a Edin. Le daría algo en que pensar al viejo sabelotodo. A diario le rompía la cabeza hablándole de los tiempos antiguos, cuando la vida era diferente.

Dio la vuelta y regresó al vehículo. Fue a la oficina para informar, como cada día. No dijo nada de lo que había guardado en la bolsa.

En las calles de la ciudad había cincuenta mil informadores como él. Para un núcleo urbano donde se hacinaban diez millones de individuos era necesario un férreo control para mantener el orden.

Le entregaron el paquete de comida y se fue a casa. Edin dormitaba y lo llamó para comer. Puso el paquete encima de la mesa. Lo abrió parsimoniosamente. Edin se acercó con poca gana. Conocía de sobra el contenido.

—Traigo una sorpresa para ti.

—La misma basura de siempre.

—No me refiero a la comida.

Edin lo miró suspicaz.

—Después de la comida.

Se sentaron a la mesa, uno frente al otro. Onan abrió el paquete. Dividió las barras de alimento en tres trozos. Siempre guardaban una tercera parte, como previsión.

Edin masticó en silencio, con evidente desgana. Onan lo miraba de reojo. Comprendía que podía ser una tortura para su compañero que conocía otra vida anterior.

Cuando él entró en el departamento Edin era el más antiguo del laboratorio. Al jubilarlo, cinco años más tarde, ya eran tan amigos que se fue a vivir con él. Vivía solo y con su ayuda le sería más fácil sobrevivir.

Le gustaba aquel hombre sabio, que le hablaba de un mundo fantástico, donde el agua corría libremente por todas partes. A él le parecía increíble. Se repartía una exigua ración de agua por individuo un día a la semana.

Terminó de comer y puso la bolsa sobre la mesa. Edin la miró escéptico, pero enseguida abrió los ojos.

—¿Dónde la encontraste?

—En el sector 38, cerca del límite.

—¿No había más?

—Solo esta. ¿Qué es?

—Una hoja de magnolio, un árbol precioso que se hace grande y cuando florece es una cascada de pétalos de preciosos colores. Pero es un árbol que necesita mucha agua para crecer.

—¿Agua?

—Sí, tiene que haber cerca agua. Tenemos que ir allí.

—Es peligroso.

—Habrá que buscar la manera de…

—Mañana podría llevarte conmigo. Puedes ocultarte bajo el asiento y una vez allí…

—Bien, mañana iremos.

Onan se durmió enseguida; pero Edin no conciliaba el sueño, por su mente pasaban mil imágenes: ríos, fuentes, cascadas, torrentes, inmensas cantidades de agua brotando fresca y cristalina llenando de espuma todo su pensamiento.

Recordaba, y sin embargo no podía ver con claridad el momento en que cambió todo.

En pocos años empezó a escasear el agua. Hubo restricciones, cada vez mayores, hasta que finalmente la cortaron.

Solamente la distribuía el gobierno de las ciudades. Los trabajadores recibían su ración en el propio lugar de trabajo. El consumo se racionó hasta un cuarto litro de agua semanal, suficiente para la hidratación cerebral, único lugar del cuerpo constituido por materia orgánica.

Desde el comienzo de las restricciones de agua se emprendió la fabricación en serie de los componentes del cuerpo humano, sustituyéndolos por materiales inorgánicos, de tal modo que una vez terminado el proceso de los trasplantes, la necesidad de agua quedaba reducida a la masa cerebral.

Desde el momento de nacer, el estado se hacia cargo de todos los bebés hasta completar su desarrollo. De este modo crecían sin el tutelaje materno y los vínculos familiares no existían.

A Edin le recorrió un escalofrío. Las nuevas generaciones, engendradas en laboratorios, habían crecido de este modo y no tenían conciencia de una niñez como la suya, con vínculos familiares.

A él, por trabajar en el laboratorio, gracias a sus conocimientos, a pesar de su edad avanzada, le permitieron cambiar sus órganos y así sobrevivió a toda su generación. Seguramente en alguna parte habría otros como él, pero no pudo comunicar con ninguno.

Tuvo suerte de encontrarse con alguien como Onan, que le tomó cariño y no vivía solo. Onan era para él como un nieto. Al verlo dormir tranquilamente confió en una tenue esperanza que todavía se resistía a desaparecer, porque estaba convencido de que en algún lugar del planeta existía agua, más de la que se decía. Esta hoja podría ser la respuesta que buscaba.

Al día siguiente no tardaron mucho en llegar al lugar donde Onan había encontrado la hoja. Estaban solos, así que Edin pudo salir de su escondite y ayudar a Onan a explorar la zona.

Se llenaron de polvo más de dos horas sin resultado. Onan lanzó con rabia una piedra, que describiendo una parábola fue a caer a más de sesenta metros y desapareció. Se acercó extrañado. Había un pequeño boquete. Se puso de rodillas y escarbó con las manos, pronto se agrandó el agujero, el piso cedió y se abrió una boca de pozo.

Edin acudió junto a él y calculó que tendría unos cinco metros de profundidad. Onan guardaba un cable en el maletero y fue a buscarlo.

Ataron un extremo del cable a una barra de hierro que cruzaron sobre la boca y se descolgaron hasta el fondo.

Edin no se había equivocado, a unos cinco metros tocaron suelo. Ante ellos se extendía un túnel alejándose de la ciudad. Se adentraron en él y al cabo de una hora estaban ante una pared y el túnel seguía a derecha e izquierda. Edin se decidió por continuar a la derecha.

En poco tiempo se encontraron ante un pozo similar al que usaron para descender, pero en este había una escalera metálica por la que subieron. Este pozo era de diez metros. Empujaron la cubierta metálica que tapaba la boca y cedió. Inmediatamente quedaron deslumbrados por la luz.

—¡El sol!

Edin salto fuera y Onan le siguió. Habían cruzado la bóveda protectora de la ciudad. La podían ver perfectamente detrás de sí.

Delante de ellos, a poca distancia se extendía un muro inmenso de hormigón. Edin estaba seguro de que había un modo de cruzar al otro lado y tenían que encontrarlo. Estaba fuera de sí, sintiendo los rayos del sol, mientras que Onan experimentaba por primera vez en su vida una sensación como esa.

Edin se puso a andar lleno de ilusión al pie del muro y Onan detrás. Parecía Interminable, sin un acceso que permitiera pasar al otro lado. Edin escudriñaba aquella superficie gris pero lo que encontraron fue una tapa metálica como la del pozo. Onan sentenció escéptico.

—Seguramente conducirá a otro túnel como el que utilizamos para llegar aquí.

—Pero puede que… ayúdame.

Levantaron la tapa. También este tenía una escalera metálica. Edin empezó a bajar.

—Vamos, no te quedes ahí. Es posible que esta sea la entrada.

El túnel que se encontraron al llegar al fondo iba en la dirección contraria a la ciudad.

Caminaron durante otra hora y se repitió la situación: un túnel que circunvalaba. Lo siguieron igual que antes hasta que dieron con otro pozo.

Estaban cansados, sobre todo Edin y les costó un gran esfuerzo llegar arriba. Empujaron la tapa y Edin al salir se quedó extasiado.

Cuando Onan lo hizo comprendió que lo que tenían delante de sí era el mundo del que tantas veces le había hablado su amigo.

El verde dominaba todo. Edin, visiblemente emocionado, describía todo lo que contemplaban: El césped que se extendía por el suelo, entre innumerables plantas, flores y árboles, nombrando las distintas especies que veían.

Y vio el árbol, con miles de hojas, como la que había encontrado. Una hoja de magnolio los había conducido a este paraíso.

Miraba a un lado y otro, alborozado como un niño, pero cuando llegaron a un claro y se dieron de bruces con un estanque en el que patos, cisnes y otras aves acuáticas nadaban libremente se creyó en el paraíso.

Más allá del estanque se extendía un bosque y por todas partes corrían ardillas y a hasta le pareció ver un ciervo. Estaba extasiado y conmovido, volvía a ver un mundo que creía perdido y reducido a la nada.

Abundaba todo aquello que les habían dicho que desapareciera: La vida y el agua. El rumor del agua corriendo animó a Edin, que apuró el paso. Ante sus ojos se presentó la maravilla de una cascada y un río de aguas transparentes corría por el bosque perdiéndose a lo lejos.

No pudo resistir la tentación, se despojó de la ropa y se echó al agua. Onan le miraba boquiabierto y su amigo le animó a que le imitara, así que en un minuto estaba chapoteando en el agua y disfrutando como un crío.

De pronto junto a la cascada, sobre una roca, asomó una muchacha que les hizo señas. Salieron del agua y se disponían a vestirse cuando la muchacha les mostró que tenía sus ropas y les indicó que la siguieran, así que se fueron tras ella.

Enseguida estuvieron justo detrás de la cascada, caminando por una gruta escondida tras la cortina de agua. Anduvieron un rato chapoteando en el agua, hasta que se encontraron con una escalinata en las piedras y por allí siguieron.

Cuando llegaron al final, la muchacha les esperaba con unas toallas y les dio sus ropas.

Mientras se vestían, la muchacha desapareció tras una puerta. La traspasaron y se encontraron con un pasadizo en el que la muchacha les hizo señas de que la siguieran. Con cara de sorpresa lo hicieron.

La muchacha los guió silenciosamente a través de varios pasillos, luego bajaron unas escaleras. Llegaron a lo que parecía una bodega. Allí la muchacha retiró unas cajas que ocultaban una puerta. La abrió y entraron. La muchacha cerró la puerta. Allí había una mesa y unas sillas. Sobre la mesa toda suerte de manjares que Edin conocía muy bien, pero que su compañero no había visto nunca.

—Esto es comida de verdad, Onan. Siéntate y come.

No se lo hizo repetir. Se pusieron a comer y disfrutaron, uno de algo casi olvidado, el otro de lo que nunca había comido y que le supo exquisito. La muchacha los miraba sonriendo. Y los dejó comer tranquilos.

—Bueno, supongo que os estaréis preguntando…

Edin y Onan levantaron la vista hacia la muchacha, que los miraba sonriente. Ahora se fijaron en ella. Era distinta a las chicas que se veían en la ciudad. El color de su piel, sus manos, los ojos; sí, eso era, Edin se dio cuenta pronto, aquella chica no había sufrido ningún trasplante, era orgánica toda ella.

—Aunque no tenemos prisa, no tenemos todo el tiempo del mundo. Tengo que explicaros la razón de que estéis aquí. Para llegar habéis podido constatar el gran engaño en el que el mundo vive. Hay más lugares como este. Mientras recuperáis energía os voy a mostrar algo que os explicará mejor todo, con pocas palabras.

Y la muchacha les mostró un DVD, después les indicó que ellos podían seguir allí y enterarse de todo a través de la documentación allí grabada. Ella les explico que tenía que volver, para que no la echasen en falta. Allí estarían tranquilos, no había peligro. Se fue y ellos pusieron la película.

La información era completa y clara. Los de siempre, los del dinero habían montado todo aquello para no quedar sometidos a la degradación del planeta que ellos mismos habían provocado con su explotación abusiva de los recursos.

Ya tenían previsto marcharse, incluso del mundo, cuando la situación fuera insostenible. Pero había un grupo de resistencia que luchaba por tirar abajo aquella organización egoísta y despreciable. La muchacha naturalmente formaba parte del grupo de los rebeldes.

El plan era sencillo. Habría que convencer a los habitantes de las ciudades, encerrados en un mundo artificial sometido y engañado, de que había otra vida con esperanza.

Era cierto que ahora los recursos eran limitados, pero había una posibilidad de salvarse. Existía un planeta en otro sistema solar al que podrían ir, un número limitado, ciertamente: ciento cuarenta y cuatro mil.

En distinto lugares se estaban fabricando naves y esa era la capacidad total. Los dominadores las preparaban para si mismos.

Los rebeldes, sin embargo, pretendían ocupar esas naves con nuevas generaciones, jóvenes rescatados antes de ser sometidos a los transplantes orgánicos. Ese era el resumen de la información que obtuvieron del documento visual.

Cuando la muchacha volvió junto a ellos quisieron saber cuál iba a ser su papel en todo aquello. Cinia les explicó.

—Tenéis que volver. Necesitamos gente dentro de las ciudades para que este plan pueda ser llevado a cabo. Es necesario ir salvando a los recién nacidos hasta completar él número, para eso es necesario que haya personas dentro de las poblaciones que trasmitan esta buena noticia de boca en boca, y conseguir adeptos para la causa. Es la única posibilidad de salvarnos; si no para nosotros, para nuestros descendientes.

Edin estaba de acuerdo, Onan no lo tenía todo claro.

—¿Cómo volveremos a la ciudad? Es posible que “ellos” también tengan sus infiltrados.

—No te preocupes, hemos previsto eso. Hemos preparado un plan para la propagación de la noticia. Esta ha de ir de boca en boca, a través de vuestros propios compañeros. Hay más gente como vosotros ya infiltrada en las ciudades que han comenzado su labor. En todas las ciudades se establecen contactos como el vuestro. Tenéis que ser más fuertes y convincentes que el enemigo, que estará entre vosotros realizando la labor contraria.

—¿Entonces?

—Si, Onan, una hoja de magnolio fue nuestro anzuelo, era una manera de hacerte llegar hasta aquí. Solo viendo podías creer. Ahora se trata de que otros crean por vuestro testimonio sin ver. Eso es más difícil, pero llevaréis señales con vosotros para que el que de verdad quiera creer no tenga duda y entre a formar parte de nuestro grupo de liberación.

Cuando horas más tarde Onan y Edin subían de nuevo a su vehículo para regresar al centro de la urbe, en sus cerebros había un brote de esperanza que ellos esperaban contagiar a las personas de su entorno. Ahora no podían ver el sol más que en el recuerdo, pero aquella luz no les abandonaría nunca.

 

Texto: Jesús Muñiz.

Una hoja de magnolio

2 comentarios en “Una hoja de magnolio

  • el 04/03/2020 a las 10:06 pm
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    Muy bonito cuento un poco doloroso ya que los niño crecieron sin su familiaS

  • el 07/03/2020 a las 10:52 am
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    Un cuento triste, pero muy bien escrito, muy bueno!!

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