Carta desde Egipto antes de irse Mubarak.

Desde mi primera visita al Cairo hace ya cinco años, la plaza Tahrir o de la Liberación siempre me ha parecido una gran arteria donde trabajadores, turistas, policías, estudiantes y vehículos (desde coches hasta carromatos tirados por bueyes escuálidos),  se entremezclan en un flujo imparable de actividad. Allí se huele la gloria pasada y las aspiraciones truncadas del pueblo egipcio; los edificios decadentes y polvorientos de época colonial que la rodean le otorgan un aire encantador y señorial y su ubicación privilegiada la convierte en  destino obligado de muchos.

La plaza conecta con algunos de los rincones más emblemáticos de la capital como el Museo de Antigüedades, el puente Kasr el Nil, el anárquico edificio de los ministerios o la plaza Talaat Harb.

Pero sin duda, yo me quedo con el antiguo campus de la Universidad Americana del Cairo donde cada semana asistía hasta hace poco a mis clases de máster. El campus es pequeño y viejo, nada que ver con el majestuoso y novísimo  campus donde nos hemos trasladado  recientemente.  Aún así me encanta; es muy acogedor, parece que haya estado allí desde siempre, rodeado de jardines bien cuidados, interminables escaleras de mármol, techos altísimos, vidrieras de colores, grandes e incómodas sillas de madera… Una reliquia.

Hoy Tahrir es el epicentro del despertar, ya no es arteria sino corazón;  millones de personas han ido en peregrinación buscando el deseado nuevo comienzo del que todo el mundo habla. Miles de manifestantes han hecho de esta plaza de la Liberación su nuevo hogar acampando en sus alrededores o durmiendo a la intemperie, decididos a quedarse hasta que “Él” se marche de una vez por todas.
Nunca pensé que todo esto que empezó como una llamada en las redes sociales, iba a dar un giro de 180 grados al país y de la manera que lo ha hecho. El día 25 de enero todo el mundo a mí alrededor miraba la situación de reojo y con escepticismo hasta que, como si de un imán se tratase, la gente de todas las edades y clases sociales se acercaba en masa al centro de la ciudad para pedir bajo una misma voz un nuevo gobierno y una nueva Constitución.


En los días que viví  allí desde que empezó la “Revolución de Nilo”, lo que más me impactó fue ver como los egipcios de a pie se organizaban para llenar el vacío que la policía dejó tras su retirada: Dirigían el tráfico y velaban por la seguridad de calles y casas. En cada barrio había una verdadera jerarquía gracias a la cual el país no se sumió en un profundo caos en los días posteriores al estallido de la revuelta.

Tras 13 días de marchas, protestas y manifestaciones, los egipcios podían haberse amedrentado por la campaña de desgaste que el gobierno ha lanzado en su contra, por el paro total que les dejará en una condiciones económicas más que preocupantes o por el cansancio acumulado tras tantos días de tensión y lucha, pero no lo han hecho. Con “corazón de león”   Egipto está dando una lección de fuerza y dignidad a la cobarde Unión Europea y al ambiguo Estados Unidos que se posicionan como meros observadores de lo que pasa.

El pueblo egipcio ya ha vencido; han escalado los muros del miedo y la represión  y se asoman al otro lado… el de los derechos y libertades que muchos de ellos, jamás han conocido. A pesar de la incertidumbre política de estos días, ya se cuece el nacimiento de un nuevo espíritu democrático, donde convivan todas las religiones, razas y nacionalidades.
Por motivos de seguridad volví a España, pero tengo ganas de volver y felicitar y abrazar a todas las personas que conozco que aún no son conscientes del cambio que han supuesto en la historia no sólo de su país sino del mundo.

Informa  María S.Muñoz–C.DIARIO

Un comentario en “Carta desde Egipto antes de irse Mubarak.

  • el 14/02/2011 a las 7:53 pm
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    Ilustrativo y emotivo reportaje contado por una persona que conoce de primera mano la actualidad de los recientes acontecimientos. Ahora solo espero que el ejército que ha controlado la situación del país, propicie los cambios que el pueblo espera y no aparezca un salvador de la patria que los tire a la basura.
    Un saludo,

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