Una breve odisea

Una breve odisea es algo pequeño.

No es una historia grandiosa.

No es una epopeya homérica.

Los héroes no abundan.

Lo que abunda son las personas corrientes, pequeñas, a las que no les ocurren grandes cosas.

Una breve odisea es una historia diminuta de un personaje corriente.

Salió de casa cargado con su mochila, dispuesto a pasar un día feliz.

A las nueve partía el barco y eran las ocho y media, le sobraba tiempo.

La mañana se veía espléndida, la temperatura agradable y el ánimo excelente.

Apenas transitaba gente por las calles: una furgoneta repartiendo periódicos, un señor bajito de gafas con un gran paquete de churros, una mujer de minifalda roja apretada y blusa transparente, que calzaba altísimos tacones; un hombretón con la nariz muy colorada y los ojos vidriosos que le dijo algo ininteligible.

Pronto llegaría al puerto y se encontraría con la pandilla, especialmente con Violeta.

Veía sus ojos brillantes y aquella sonrisa alegre que siempre lucía, el gracioso flequillo sobre los ojos y un gran lazo recogiendo su coleta.

Esperaba oír su dulce voz, otra vez, repitiendo su nombre.

Le gustaba, sí, le gustaba mucho.

Se encontraba en paz a su lado.

Se sentía bien aunque no hablasen.

El silencio junto a ella era cálido, acogedor…

Iba tan embobado que no vio a una señora que subía la cuesta cargada con dos botellas de leche y contra la que chocó violentamente: las botellas salieron volando, la señora cayó de espaldas y él encima.

El lío fue espectacular; la mujer lloraba, pataleaba y gritaba, como un escarabajo panza arriba.

El muchacho trató de incorporarse, buscando un punto de apoyo, pero tal y como estaba sobre ella, con lo voluminosa que era, por todas partes se encontraba con sus carnes y le violentaba apoyar la mano en ellas para levantarse.

Al fin lo consiguió y enseguida intentó ayudar a la mujer y disculparse; ella, sin dejar de vociferar como una posesa, le atenazó el brazo y no lo dejaba irse.

Se sintió confuso, sin saber qué hacer.

La culpa era suya, desde luego, pero eso no le daba derecho a cogerle el brazo de aquel modo.

Le estaba haciendo daño e hizo esfuerzos por soltarse, le dijo que le pagaría las botellas rotas…, ella le apretó aún más.

El muchacho forcejeó con violencia, la manga de su chaqueta de punto se desgarró y pudo zafarse, entonces se echó a correr calle abajo.

La mujer lo siguió, gritando como una loca, y él corrió y corrió más deprisa, hasta llegar al muelle, donde el barco soltaba amarras.

Una breve odiseaSin pensarlo dio un salto y se fue sobre cubierta, cayó sobre unas cuerdas y se desolló las rodillas.

El barco se alejaba y la mujer quedó gritando, moviendo los brazos como un monigote.

Lo ayudaron a levantarse y enseguida buscó a sus amigos.

Violeta lo había visto todo y fue presurosa a su lado.

Ver su rostro le compensó del dolor de las rodillas.

Ella se había angustiada pensando que no llegaba, que perdía el barco.

Al fin solo un susto, además de los golpes con las cuerdas y la manga rota de su chaqueta.

La atención de Violeta y su preocupación aliviaban todos sus males.

Claro que con el sofoco se sentía mal y en mitad de la travesía, se le revolvieron los intestinos y vomitó el desayuno por la borda.

Se le quedó mal cuerpo durante el resto del viaje, hasta que llegaron a la isla.

Una vez desembarcados se sintió aliviado y el grupo se dirigió hacia una cala al noroeste.

Como había que andar bastante no iba casi nadie, tuvieron aquella playita para ellos solos.

El resto de la mañana transcurrió plácidamente entre juegos, risas y baños.

Después de comer unos se pusieron a echar una partida y otros a dormir la siesta.

El muchacho se fue a explorar por su cuenta entre las rocas.

Había un pequeño acantilado y quiso pasar al otro lado.

Una breve odiseaSubiendo como un gato, alcanzó una estrecha cornisa por la que fue rodeando la pared hasta que, al apoyar el pie en un recodo, la piedra cedió y se precipitó dos metros hacia abajo, donde un saliente detuvo su caída.

Miró hacia atrás y se dio cuenta de que no podía regresar, el único camino a seguir era hacia delante.

Llegó un momento en que eso fue imposible. No le quedó más alternativa que trepar hasta la cima y volver a la playa, dando un rodeo.

Ya entonces le dolía todo el cuerpo, magullado con los golpes y las rozaduras de la piedra.

Las manos le sangraban, agarrar las pequeñas oquedades y salientes era un tormento.

¡Vaya día!, el muchacho parecía empeñado en buscar todas las maneras posibles de meterse en líos.

Había transcurrido una hora desde que dejó la playa y tardó otra media en llegar arriba.

Una vez en lo alto tuvo que enfrentarse a un nuevo problema.

El suelo estaba lleno de restos de tojo seco.

Los pinchos, afilados y duros como agujas, se clavaban en los pies y caminar descalzo era un tormento. Además le rodeaba una vegetación agresiva: ortigas, zarzas y otras plantas espinosas que alcanzaban más de metro y medio de altura.

Sólo con el bañador caminar era un suplicio, arañándose la piel a cada paso.

Sudaba copiosamente, con lo que le escocían aún más los arañazos.

Apenas pudo avanzar unos pocos metros en más de una hora.

Ya desesperaba cuando oyó las voces de sus compañeros que le buscaban.

Finalmente pudieron alcanzarle la ropa y pudo salir de allí.

Violeta lo esperaba angustiada y llorosa y él no tuvo tiempo ni de lavarse, más que de ir corriendo al barco, con la ropa pegándosele al cuerpo, mezclados el sudor y la sangre, quemado y dolorido, rabioso e impotente y, más que nada, avergonzado.

Ni Violeta era capaz de consolarle ante las burlas del resto de la panda.

El viaje de regreso le hizo caer en un silencio exasperado, sentado en un rincón, incapaz de articular palabra, hosco y serio, enfadado con todo el mundo, también consigo mismo.

Cuando se acercaban al puerto su rabia era tanta que ni la esperanza de llegar pronto a casa le ayudó a sentirse mejor, como si hubiera llegado al límite de sus calamidades por un día, pero no fue así.

Se equivocaba nuevamente.

Allí, sobre el muelle, escoltada por dos policías estaba la señora con la que había tropezado por la mañana y a la que consideraba causa de todos sus males.

Después de todo un día, ella seguía allí, buscándole con los ojos llenos de ira.

En cuanto lo vio, señaló a los policías apuntándolo con el dedo.

Dos horas transcurrieron antes de aclararlo todo.

Con las declaraciones de sus amigos y la suya propia, su disposición a pagar las botellas de leche, las disculpas por su atolondramiento al tropezar con aquella montaña de mujer y a la vista de su aspecto calamitoso, con la chaqueta desgarrada, la autoridad entendió que las exigencias por parte de la demandante eran excesivas y dejó marchar al muchacho.

Cabizbajo, humillado y dolorido volvió como un quijote para casa.

Una breve odiseaVioleta caminaba a su lado en silencio.

Cuando llegaron al portal, él, desfallecido y seco le dijo: “Hasta mañana”.

La muchacha estuvo indecisa un instante y de pronto se acercó a él, lo besó en los labios, le soltó un “te quiero” en el oído, con un hilo de voz y se fue corriendo.

Él, como un autómata, se metió en el ascensor.

Media hora más tarde, después de haber lavado y desinfectado cuidadosamente las heridas, entre las sábanas limpias de su cama, en la penumbra de su dormitorio, pensaba en todo lo ocurrido.

Entonces cayó en la cuenta de que el sufrimiento y el amor iban unidos, como el espino a la rosa y que un instante, el de un beso y un “te quiero” podían compensar muchas horas amargas.

Su breve odisea tenía un final feliz.

Entonces cerró los ojos y, por primera vez ese día, sonrió, justo antes de dormirse.

 

Texto: Jesús Muñiz

El caballero aragonés

4 comentarios sobre “Una breve odisea

  • el 30 de septiembre, 2019 a las 16:27
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    Muy bueno el cuento de una pequeña odisea.
    Cuantas veces decimos:
    Hay dias que uno de debiera levantarse de cama;
    Pero resulta ke aunke sea al final de ese dia aciago, siempre pasa algo ke compensa el haberse levantado

  • el 30 de septiembre, 2019 a las 17:33
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    Es increíble como el cuento nos va llevando a la enseñanza que pretende y que es una espléndida verdad que nos alienta

  • el 2 de octubre, 2019 a las 2:27
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    No hay amor sin dolor no hay felicidad sin espina en el camino lo importante es saberlo llevar

  • el 8 de octubre, 2019 a las 0:35
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    Buenisimo muy bien felicidades!!

Comentarios cerrados.

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