“Un día en la playa”

Una tarde pensé, ya que hacía un día precioso me dije “ideal para ir a la playa”. Así que me preparé con todo lo necesario: bronceador, sombrilla, silla, libro, toalla, etc. Cogí mi coche y me fui a disfrutar de una tarde tranquila tomando el sol, escuchando música y leyendo.

Al llegar a la playa de Samil, me fui a pasear por la orilla, disfrutando del maravilloso paisaje que a lo lejos nos ofrecen las Isla Cies.

Al volver a mi sitio vi a una familia de tres personas, un matrimonio mayor y una abuela vestida toda de negro. Lo que me hizo pensar que no eran de Vigo… y acerté.

Eran las 5 de la tarde y hacia un calor tremendo, casi insoportable, por lo que yo a cada momento me iba a mojar. No quería mirar para estas personas pero por más que lo quería evitar me era imposible. Y claro mis oídos funcionan muy bien.
La pareja se tiró en las toallas, y a la abuela la sentaron en una toalla más cercana a mí. La miraba y me decía “pero Dios mío que hace esta abuelita en la playa de Samil a las 5 de la tarde y toda de negro”. Ya que no se sacó nada de la ropa, incluso traía medias negras con unas zapatillas.

Yo veía como la anciana se estaba acalorando y me parecía que respiraba muy mal. No me daba concentrado en mi libro y lo estaba pasando fatal de ver como la playa no era para esa abuela. Sacó la chaqueta y se la puso en la cabeza. Solo decía “que calor hace”

Al final me levanté y fui hablar con ellos, así que se vinieron para debajo de mi sombrilla, y senté en mi silla a la abuela. Yo acabé echada en la toalla, pero no me importó. Solo la carita que me puso la señora al decirle que se viniera para junto mía y que se sentara en mi silla, fue suficiente. Solo sabía decir gracias, gracias…

Cerré el libro porque era imposible seguir leyendo. Era tan cariñosa y cordial la señora Julita, pues así la seguían llamando a pesar de la edad. Me contó que eran de una aldea de Orense y que venían a pasar la tarde a la playa.

Hace tres años que vivía con su hijo y nuera, que ya era muy mayor y no la dejaban sola. Por lo que al venir ellos a la playa también la trajeron a ella, pero que no le gustaba. Todo el tiempo me estaba dando las gracias por compartir la sombrilla con ellos, y por dejarle mi silla. Me estuvo contando toda su vida, los hijos se fueron a dar un paseo y yo ya no me moví del lado de Julita. Cada arruga de su cara y de sus manos, era una historia de su vida, llena de sufrimientos y sacrificios. Había tenido 7 hijos y solo le quedaba este vivo. Nos pasamos toda la tarde hablando, la mandaban callar pero a mi me gustaba escucharla y ella era totalmente feliz.

Después de tantos años vividos Julita solo le pedía a Dios no darle trabajo a su familia y quería irse tranquilita y en silencio.

No me imaginaba que en la playa me iba a encontrar con una persona tan estupenda y con una vida tan interesante. Acabaron invitándome a su casa, que me recibirán con los brazos abiertos.
Quise contaros esta historia como una de muchas anécdotas que pueden suceder un día de playa.

¡¡¡Feliz verano a todos!!!

Isabel

Un comentario en ““Un día en la playa”

  • el 03/08/2012 a las 5:55 pm
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    Una historia entrañable y bien contada Isabel. Un abrazo. Alex

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