Sglouby el delfín mular

Sglouby el delfín mular es el protagonista de mi historia. Una historia que ocurrió cuando dejé la escuela de periodismo para entrar en un diario nacional.

Por aquel entonces yo era un principiante y mi jefe me encargaba las noticias menos interesantes.

Me machacaba con las misma frases todos los días: “ten buen ánimo, da las gracias por tener una oportunidad de escribir, es el camino para convertirte en un buen periodista y no hay otro, en cualquier lugar puede esconderse una historia…”

Y así una retahíla más de consejos que yo escuchaba como quien oye a una rana en el estanque. Claro que ahora tengo que reconocer que aquella entrevista sin historia pudo haber sido la mayor noticia de todos los tiempos.

Debía entrevistar a Rod Athaus. Solo era un artículo de relleno, una noticia sin importancia, que yo me dispuse a acometer  con el mayor interés.

Mi estrategia consistió en seguir a Ana Strbeuac, la joven acompañante del famoso biólogo y tuve éxito. Se encontraron en una cafetería y en el auto de ella tomaron la ruta de las playas. Yo, feliz, detrás, a una distancia prudente, disfrutaba de la aventura.

Al llegar, nada más bajarse del coche, se escabulleron entre las rocas. Tuve dificultad para seguirlos, pues mi calzado no era el apropiado para la excursión. El lugar de destino era una diminuta playa de difícil acceso y, por lo tanto, solitaria.

Caminaron por la arena hasta la orilla y allí se abrazaron, permaneciendo así un largo rato. Parecía una despedida.

Después él se quitó la ropa mientras ella lo contemplaba impávida. Completamente desnudo se adentró en las aguas y desapareció.

Con bastante riesgo de romperme la crisma, bajé hasta la arena y me acerqué a la muchacha. Se sorprendió al verme, pero no varió su actitud. Seguía con la vista fija hacía donde él había desaparecido.

Transcurrió más tiempo del que yo podía soportar en silencio y la atosigué a preguntas acerca de la desaparición del señor Athaus en el agua.

Le mostré mi carnet de periodista, y seguí con mis preguntas, pero no obtuve respuesta.

Hice una pausa buscando nuevos argumentos para continuar insistiendo, entonces ella me miró fijamente a los ojos y me comunicó que iba a estar allí mucho tiempo y no tenía nada más que decir. Acto seguido se sentó en la arena y así quedó, como una estatua. Yo no sabía qué hacer y decidí esperar. Algo tendría que suceder. Así que, haciendo un esfuerzo, empecé a usar la virtud a la que con más frecuencia tendría que recurrir en mi profesión.

No había transcurrido media hora de paciente espera, cuando vimos un delfín que emergió a lo lejos, realizando una exhibición de cabriolas y saltos. Ella seguía muy atenta las evoluciones del cetáceo.

Sglouby el delfín mularFinalmente el animal, tras impulsarse hacia atrás moviendo con rapidez su aleta caudal, se zambulló, desapareciendo en el acto.

La muchacha siguió un par de minutos más, sin moverse, luego se levantó y se fue. No dije nada. Me di cuenta de que sería inútil.

Entre quedarme allí y esperar el regreso de Rod Athaus, al que dudaba si volvería a ver, opté por lo primero y la seguí hasta su casa. Luego me fui a dormir, pero antes del amanecer ya estaba de nuevo ante su puerta.

Desde aquel día me convertí en su sombra. Dondequiera que ella fuese me encontraba. Algunas veces, con disimulo, me miraba. A mi jefe le engañé como pude para que me diera unos días libres.

Al cuarto día, al salir de su casa, la muchacha vino directamente hacia mí.

— ¿Qué quieres?

Tenía desparpajo y una fuerte personalidad. Pelirroja y llena de pecas, creí que era irlandesa, pero me equivoqué, había nacido en Suiza. La tuteé con el mismo descaro que ella había tenido conmigo.

—Ya te lo dije. Quiero entrevistar a Rod Athaus.

—Eso no es posible por ahora.

— ¿Por qué?

Me miró con fiereza, echando chispas por los ojos, pero se contuvo.

—No es posible. Nada más.

— ¿Puedo invitarte a cenar?

— ¿Qué?

La había pillado por sorpresa. Se quedó confundida, luego se echó a reír y me contagió con su risa. Fuimos a cenar esa noche y otras muchas. Nos hicimos amigos.

Un día me lo contó todo.

—Sé que lo que te voy a decir es increíble; por favor, escucha hasta el final y después piensa lo que quieras.

Me conoces y sabes que no soy persona de mucha imaginación, sino excesivamente realista y siempre sincera contigo. Lo que vas a oír es la historia más fantástica que habrás escuchado en tu vida y va sobre delfines.

Justamente, él protagonista de mi relato es un delfín mular llamado Sglouby. Todo el mundo sabe que estos animales son muy inteligentes, pues la realidad supera más de lo que pudiéramos imaginar.

Poseen una inteligencia superior a la del hombre y una organización sin precedentes en el reino animal.

Al sentir en peligro su especie, organizaron una reunión, con representación de todas las especies del planeta, más de setenta en todos los océanos. En ella el único tema a tratar era la supervivencia, amenazada por la especie humana.

Sglouby abandonó la reunión cuando supo que no habría ningún acuerdo.

Dando un coletazo con su aleta dorsal, giró en redondo y se marchó del lugar de la concentración.

Lo tenía muy claro, sabía lo que debía hacer, no vio otra solución que la encontrada por él.

Había estudiado con detalle el proceso y realizado numerosos experimentos. Aunque los resultados no eran totalmente favorables, arrojaban un porcentaje suficiente para considerar que era posible.

Estaba decidido. Era el momento de probarlo en sí mismo.

Gracias a su enorme curiosidad creía conocer lo suficiente a aquel grupo que vivía fuera de las aguas.

Sabía de nuestras costumbres, de nuestros lenguajes, que somos contradictorios, sin un plan de vida estructurado ni organizado, y que estábamos poniendo en peligro a muchas especies del planeta, la suya entre otras.

En nuestra atolondrada ignorancia ni siquiera vislumbrábamos la catástrofe ecológica que estábamos provocando. La situación era alarmante. Nunca hasta entonces, especie alguna del planeta había roto el equilibrio de ese modo. Por eso se convocó la reunión del consejo, que buscaba una solución al problema.

Muchos se pronunciaban partidarios de la violencia, y pretendían desatar una guerra total contra aquella especie de locos; afortunadamente no alcanzaban mayoría; esa opción significaría emplear métodos que todos consideraban execrables.

Por esa razón encontrar una solución no era sencillo. La de Sglouby ni siquiera contaba. A los pocos que les había esbozado algo, les asustó tanto la idea que optó por el silencio. Decidió actuar solo. Después de todo, su solución no implicaba más peligro para los suyos, solo para él.

La obtuvo casualmente. Desde siempre le había cautivado observar la transformación que sufría cualquier ser vivo para llegar a la edad adulta. El cambio era espectacular. Investigó a fondo el proceso.

Había aislado en su laboratorio diferentes especies de protozoos y otros organismos unicelulares. Algunos de aquellos seres provocaban la muerte en cadena de otros; sin embargo, en mayor número encontró individuos que provocaban la reproducción a gran escala y cada uno de ellos desarrollaba variedades infinitas.

En una de ellas se escondía la clave. Encontrarla era más complicado que cruzar los mares caminando en equilibrio sobre su aleta caudal, pero no cejó en su empeño.

Y la casualidad vino en su ayuda. Alguno de aquellos seres de la superficie seca tiró una bolsa, que descendió al fondo ante sus ojos. Al ver el contenido, comprobó que era una criatura en una fase muy primaria de crecimiento. Sglouby la llevó a su laboratorio.

Al cabo de un tiempo comenzó el proceso de descomposición. Pero uno de aquellos protozoos flagelados con los que el experimentaba cayó dentro la bolsa y ahí empezó todo.

Aquel parásito intentó sobrevivir y reproducirse, pero al devorar una de aquellas células, ocurrió algo inaudito, sufrió una transformación inmediata, se convirtió en una célula de la propia víctima. Era justo lo que buscaba.

Cuando logró aislar esa célula y cultivarla en su laboratorio, comenzaron los experimentos.

No había podido completar todos los ciclos y posibilidades, y no quedaba tiempo para más. Probaría consigo mismo.

Preparó una cápsula que entendió sería suficiente para que se produjera una transformación en cadena de toda su masa celular. Podía morir en el empeño, así que antes de marchar miró en su entorno lentamente y emitió un lúgubre silbido. Suavemente batió su cola y se deslizó lejos de los suyos. Arrastraba consigo una bolsa conteniendo todo lo que necesitaría en el caso de tener éxito.

El lugar elegido para llevar a cabo el experimento era una preciosa cala, con gran dificultad de acceso para cualquier individuo de la especie humana. Ese lugar tú ya lo conoces.

Dio un gran salto y cayó sobre la arena. Se tomó la cápsula y esperó. Había oscurecido, pero a pesar de ello la piel se le secaba rápidamente. Todavía tenía fuerzas para alcanzar el agua. Si lo hacía, el efecto de su poción podría detenerse. Aguantó.

Pasaron unos minutos llenos de tensión. Comenzó a sentir un hormigueo. Fue en aumento. Quiso mirar, pero no pudo. El calor era sofocante, se ahogaba, ardía, un cúmulo de sensaciones lo invadió, increíblemente no sentía dolor alguno, se notó ingrávido y luego una pesadez enorme, un sopor irresistible; de pronto, un estallido de múltiples pinchazos y un dolor intenso, como si lo apresaran miles de pinzas de langosta, como si millones de seres diminutos le devorasen en vida, un dolor insoportable, aterrador, explosiones de luz inundaron su cerebro, todo su ser convulsionaba, era imposible resistir… y dando un chillido atroz perdió el conocimiento…

Al despertar le pareció que había transcurrido mucho tiempo. Se sentía exánime. Le costaba abrir los ojos, y este era el primer cambio, su difícil despertar; los párpados le pesaban, apenas podía ver.

Paulatinamente fue consciente. Amanecía. Sintió frío. La humedad le produjo escalofríos.

Cada uno de los granos de arena se clavaba en su piel ¡su piel! Ya no era blanca, ni gris, sino de un color más oscuro que la arena, el flojo color de los humanos; había desaparecido su gran cola y en su lugar aparecían delgadas y endebles extremidades. En las extremidades superiores se movían aquellos cinco tentáculos que tanto le llamaban la atención en los humanos, por su habilidad para agarrar objetos, con ellos se palpó el rostro y la cabeza, era un ser humano: el experimento había sido un éxito.

Intentó levantarse, primero en cuclillas y luego apoyándose en las rocas, se enderezó hasta quedar de pie.

Era torpe. Tendría que pasar unos días allí solo, para adaptarse a su nueva envoltura antes de adentrarse en aquel mundo tan nuevo para él.

Cuarenta veces salió el sol en aquella playa solitaria, mientras Sglouby  se alimentaba y adquiría destreza para comportarse igual que uno de nosotros.

En la bolsa traía ropas, algunos metales y piedras brillantes, que él sabía eran de gran valor en nuestro mundo. Era suficiente para defenderse en esta civilización nuestra, tan inhóspita, que de forma tan violenta atentaba contra los suyos.

Al cabo de ese tiempo, se sintió seguro para abandonar la playa, vestido igual que cualquier otro ser humano. Dejó el lugar, no sin antes esconder su tesoro, llevando consigo lo suficiente para desenvolverse los primeros días.

A pesar de sus estudios, de todos los conocimientos adquiridos, en cuanto llegó a una playa en la que había otros humanos se notó más torpe y desamparado de lo que hubiera esperado.

Había elementos de uno y otro sexo. Le pareció que despertaba alguna admiración entre las hembras, e intentó imitar aquel gesto que tanto le agradaba ver en los humanos, contrayendo la boca y asomando los dientes.

Era importante tener buena acogida, pues necesitaba ayuda. Tendría que ensayar con el lenguaje. Los humanos se entendían con sonidos que él conocía perfectamente pero no sabía cómo emitirlos.

Una hembra con el pelo como el coral recogió algunos objetos de la arena y se fue. Al hacerlo algo le cayó. Él lo recogió y se lo ofreció, realizando aquella mueca. La hembra le devolvió la mueca y dijo algo que entendió inmediatamente: “muchas gracias”.

Aquella era una muestra de agradecimiento, pero no sabía que decirle y ella se marchó. La siguió a distancia, sin saber qué hacer.

De pronto ella se volvió. Bueno, me volví, porque ella, era yo. Algo en su mirada me había conmovido. Enseguida me di cuenta de su torpeza para comunicarse y lo invité a seguirme.

En la habitación del hotel empezamos a entendernos. Algo extraño encontré en él. Me lo llevé a una casa en el campo, alejado de mirada indiscretas.

Allí, durante algún tiempo le enseñé nuestra lengua. En realidad ya la conocía, solo necesitaba adiestrarse en hablarla.

Cuando terminó su aprendizaje tenía la suficiente confianza en mí para contarme su secreto y le creí. Le enseñé y le abrí las puertas de nuestra civilización.

Aprendía rápidamente, su inteligencia me asombraba y sus conocimientos me hacían sentir diminuta.

Inventamos una identidad, Rod Athaus, biólogo, experto en delfines.

Pronto se convirtió en una persona importante en ese campo y su voz era escuchada con respeto. Así pudo llevar a cabo su misión.

Sglouby el delfín mularDe mi mano y con sus conocimientos pudimos adentrarnos en el complejo mundo de las negociaciones políticas a través de WSPA (Sociedad Mundial para la Protección de los animales).

El aprendió a querer a los humanos a pesar de nuestras contradicciones e incoherencias. Aprendió a querernos tal como somos y yo aprendí a quererle a él y a los suyos.

Luchamos codo con codo en defensa de su especie. Despertamos la conciencia de muchos y pronto surgieron múltiples voces en defensa de los cetáceos.

Tras quince años de pelea constante, fueron declarados especie protegida. Entonces Sglouby quiso volver con los suyos, quería morir entre ellos.

Sí, su muerte está próxima, apenas le quedan unas semanas de vida. Es el precio de su victoria. En su mutación heredó un tumor germinal, un seminoma, y su fin se acerca. Lo demás ya lo sabes.

La abracé, la abracé con fuerza, mientras pensaba en la gran noticia, que no sería publicada.

Ese día dejé de ser aprendiz de periodista para convertirme en aprendiz de amante.

 

Texto: Jesús Muñiz

Sglouby el delfín mular

2 comentarios sobre “Sglouby el delfín mular

  • el 4 de diciembre, 2019 a las 8:46
    Permalink

    Bonito cuento muy imaginativo muy bueno

    Respuesta
  • el 6 de diciembre, 2019 a las 2:07
    Permalink

    Hermoso cuentos una gran aventura gracias

    Respuesta

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