Serigiyo

Serigiyo llegó a la ciudad, pues caminó toda la noche mientras dormíamos.

De este modo siguió Laura con el cuento de la calandria salvadora.

Muy decidido se fue a palacio y pidió audiencia al rey.

Este salía en aquel momento y al ver al muchacho con tal desparpajo le cayó simpático y le atendió al momento.

Serigiyo se dio cuenta de que el rey era tan joven como él. Muy animado le pidió un trabajo en palacio.

El soberano, divertido con aquel mozo tan decidido le aseguró que haría lo posible por darle trabajo.

Indicó al mayordomo que diesen de comer al joven mientras él se fue en busca de la reina madre, o sea, su mamá.

SerigiyoLa madre del rey, que se encargaba de los recursos humanos del palacio, le explicó a su hijo que todos los puestos estaban ocupados.

El joven rey se quedó muy triste, entonces su madre le dijo:

─Le puedes ofrecer un trabajo fuera del palacio. De pavero, por ejemplo.

─¿Pavero? ─Exclamó extrañado.

─Claro hijo, que se encargue del cuidado de los pavos.

Muy contento, el rey se lo fue a comunicar a Serigiyo.

Y se quedó de pavero.

Le había caído tan bien al rey, que a menudo se iba a charlar con él.

Un día le comentó a su madre:

─¿Sabes? El muchacho que cuida los pavos se llama Serigiyo. Es muy simpático. Me gustaría darle un empleo mejor.

La madre, que se había dado cuenta de que la compañía de aquel joven era beneficiosa para su hijo, le dijo:

─¿Qué te parece si lo nombramos tu ayudante de paseo? Así te hará compañía siempre que salgas. Podrás hablar con él cuanto quieras.

El rey encantado abrazó a su mamá como si fuera a romperla.

Desde entonces todas las tardes salieron juntos el rey y el muchacho.

En una de esas tardes, mientras paseaban por los jardines del palacio, el rey preguntó:

─Serigiyo, ¿tienes novia?

─No, señor —contestó el muchacho—. ¿Y el señor? ¿Tiene novia el señor?

─No, no ─contestó el rey, y añadió─ No pienso tenerla hasta que encuentre a una muchacha que tenga las tres gracias de Dios.

El muchacho recordó entonces lo que la viejecita había dicho a su hermana y le dijo al rey:

─Mi hermana las tiene.

─¿Cómo? Ahora mismo escribiré una carta pidiéndole que venga.

Así se hizo. Más cuando el correo llegó a la casa, entregó la carta al ama de llaves.

Esta la abrió y al leerla, avisó a su hija:

─Mañana iremos las tres a palacio porque lo manda el rey.

Cuando lleguemos yo diré que tú eres la muchacha que el rey ha mandado llamar y te casarás con él.

Mientras tanto, haz todo lo que yo te diga.

Al día siguiente se pusieron las tres en camino a la ciudad.

Después de mucho andar, el ama se detuvo en un puente y señalando al río, dijo a las muchachas:

─¡Qué truchas tan hermosas!

Las dos muchachas se asomaron al río.

Entonces el ama y su hija, tiraron a Lusi al río. Luego siguieron el camino tan contentas.

La calandria las seguía volando sobre ellas.

Al fin llegaron a palacio el ama, la hija y la calandria.

Salió el rey a recibirlas, con Serigiyo.

La hija del ama se abrazó a él como si fuera su hermana.

El muchacho extrañado iba a preguntar por su hermana cuando la calandria comenzó sus gorjeos y trinos.

El muchacho recordó el lenguaje del ave, y entendió que le decía: “cállate”.

Así pues no dijo nada, pero se quedó triste y pensativo.

El rey se llevó a la hija para enseñarle sus habitaciones y comprobar si tenía las tres gracias.

Mientras Serigiyo iba a preguntar por su hermana, pero la calandría seguía con su canto que decía: “cállate”.

Entretanto el rey le decía a la hija:

─¿Por qué no lloras un poco?

─No tengo ganas de llorar ─contestó la muchacha.

Entonces el rey le dijo:

─Lávate las manos. Las traerás sucias del viaje.

La hija se lavó las manos y no sucedió nada.

El rey, sorprendido, le dijo a continuación:

─Ahora péinate.

La muchacha se peinó y nada.

Al instante el rey montó en cólera, volvió con la hija al salón con el ama y el muchacho, llamó a sus criados y dijo:

─Prended a estas dos mujeres hasta que decida qué hacer y a este embustero lo colgáis de los pies del árbol donde me mintió.

Serigiyo se disponía a hablar cuando la calandria cantó más fuerte aún, diciendo: “¡cállate!” ─y no dijo nada.

Como los días son tan cortos, nos caíamos de sueño y Laura se detuvo aquí, para irnos a la cama.

 

Jesús Muñiz G.

Serigiyo

2 comentarios en “Serigiyo

  • el 10/12/2020 a las 2:05 am
    Permalink

    Buenos días Jesús muy bonito cuento pero me quedé esperando el finar y saber qué pasó con Serigiyo

  • el 10/12/2020 a las 4:11 pm
    Permalink

    Diría que es un poquito peculiar el cuento,pero tiene ingenio!

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: