Se miraron

Se miraron de ventanilla a ventanilla desde dos trenes que iban en dirección contraria, pero la fuerza del amor es tanta que los trenes empezaron a correr en la misma dirección. (Ramón Gómez de la Serna. Greguerías.)

 

Sale de su casa, frágil y triste como siempre. No sabe bien a dónde, pero se va.

La casa está vacía, como ella. La última compañía también se ha ido.

Tango se quedó mirándola fijamente, con aquellos ojos siempre curiosos.

Ni supo llorar un poco.

Se quedó todo tan quieto y en silencio.

A las seis de la mañana lo enterró en un descampado.

Quería irse, cuanto antes, no soportaba por más tiempo seguir allí, sola.

No tenía ni una sola persona a su alrededor que pudiera llamar amiga.

¿A quién le importa ella?

Todas las mañanas tiene que soportar verse en el espejo, flaca, desgarbada, piernas huesudas, sin caderas, ni cintura, ni senos, sólo ojos en la cara, ojos que miran con desgana.

Es lo mejor, abandonarlo todo, irse lejos.

Sube al tren. El andén está repleto de gente que se marcha. Abundan los adioses, la atmósfera se carga de besos, abrazos, lágrimas, pañuelos…

A ella siempre le acobardaron las despedidas, por eso aguantó casada, hasta que su cónyuge murió, víctima de los excesos.

Un año de luna de miel y doce de infierno: ese es el balance.

Ahora, al mirar hacia atrás, es como si no encontrara razones para que algo así pueda suceder, pero ocurre.

Una cree en los cuentos de hadas, y cualquier varón que dice dos palabras bonitas es un príncipe azul.

Fue el momento más optimista de su vida: se veía guapa entonces.

Y no funcionó, aunque se mantuvo sin romper amarras, como la mayoría.

La consecuencia es que se le atontaron los sentimientos. Se encerró tanto en si misma que ni ella misma se hizo una visita. Sólo Tango había experimentado su ternura.

El tren se pone en marcha y atrás queda tan poco que solo mira hacia adelante.

Abrió la maleta sobre la cama y tiro en ella la ropa. Echó un vistazo a la casa y al salir dio dos vueltas a la llave. Se quedó un rato con ella en la mano, sin saber qué hacer.Se miraron

Ni siquiera había pensado en eso. Igual dentro de un rato daba la vuelta, pero intuyó que no, una vez rotas las amarras llegaría lejos. La guardó en el bolsillo y se fue calle abajo.

Sus pasos resonando en la calzada le acompañaban y el silencio resultaba por ello más insoportable.

Casas vacías y farolas de luz amarillenta, que arrancaban destellos mortecinos en el empedrado, aún mojado por la lluvia reciente, eran testigos indiferentes de su recorrido hacia la estación.

Pequeña estación que pronto suprimirían. ¿Sería el último en utilizarla? Faltaban diez minutos.

Se sentó mientras buscaba en la chaqueta un cigarrillo, tarea inútil, ya que hacía mucho tiempo que dejara de fumar.

Miró los árboles del parque, sosteniendo con múltiples brazos la oscuridad.

Su timidez no le dejaba exteriorizar el gozo de aquel momento en que estaba a punto de salir de la cárcel en la que había transcurrido su existencia.

Una infancia solitaria con sus abuelos en el enorme caserón, diez años de internado y cinco años en la universidad.

Otros diez años cuidando de sus abuelos sin hacer otra cosa que rellenar cuadernos con la vida que soñaba.

En aquellas libretas de pastas negras se repetía una y otra vez la misma historia de amor con palabras diferentes.

Al quedar solo se trasladó a la casa en el centro del pueblo. Era más pequeña y acogedora, con mejor arreglo.

Hasta que ya no pudo más. Y estaba allí, esperando.

Mira a su alrededor y percibe toda la vida que bulle en aquel espacio que se traslada, la que a ella le falta, la que desea, la que no es capaz de vivir porque nada llena su vacío.

Ve a la madre de ojos claros, atendiendo a dos diablejos que se le escabullen, la pareja de recién casados rezando letanías amorosas con las manos enlazadas, el agente comercial que revisa el informe de sus ventas sin perder de vista a la muchacha rubia de trenzas largas que duerme, el hombrecillo calvo que fuma su pipa en el pasillo.

Esta es la vivienda que el azar le proporciona en su viaje. Cada persona un destino, un proyecto, una vida, unos recuerdos diferentes.

Se acostumbró a la incomunicación, al aislamiento, a vivir al margen de su entorno, observando sin participar. Sin embargo, en lo más íntimo de su ser, espera y desea salir de su refugio y ser una más en la comunidad, pero no lo consigue.

Se miraronEl tren avanza y no es ajeno a cuanto ocurre en su interior, de tal manera, que su forma de correr sobre la vía, el traqueteo de los vagones, lleva la misma cadencia que las esperanzas de los viajeros.

El va y viene como la gente. Conoce la estación de donde parte y cual es su destino, pero no alcanza a saber más allá de cuando comenzó a rodar.

Un día salió de fábrica, con su locomotora flamante plateada, y los vagones lustrosos y elegantes. Para corretear por valles y planicies, cruzar ríos y atravesar montañas, chillando escandalosamente al pasar por  pueblos y ciudades, llevando fragmentos de vida que son células de historia para construir la suya propia.

Comunica dos puntos del país haciendo de su trayecto una pequeña arteria que transporta células vivas.

Cada viajero deja allí registrados sus olores. La limpieza e higiene, además de la ventilación, no se lo llevan todo y minúsculas partículas impregnan el aire con fragancias femeninas, florales, exóticas, dulces, infantiles, con sudores masculinos, humos de cigarrillo, puro, pipa, con humedades de lluvia, de orinas, de sexo, de lágrimas, con restos de tierra, de ceniza, de migas de pan o de bizcocho.

Se mezclan los chirridos de las ruedas en la vía, el golpeteo de los topes, el resoplido de la locomotora y el traqueteo de los vagones.

En su corazón dormita la esperanza y vuelve los ojos hacia fuera. Intenta ilusionarse al ver como se aleja poco a poco de la gran ciudad, pobre cementerio de tantos locos que se creen vivos y como ella, son una apariencia.

El paisaje urbano se diluye y aparecen los caminos y las zarzas y los árboles. Casas cada vez más distanciadas, postes de telégrafos, campos de cultivo. Vacas que se quedan mirando tiernamente, clavadas en el pasto, inocentes gorriones en los cables y en la tierra oscura y fértil, sanisidros de sonrisa permanente.

Llega el tren tranquilo y apacible, perezoso, somnoliento, sin prisa, aunque no podrá estar más que un minuto en aquel andén donde solo él espera.

Pita un poco afónico entre la niebla y carraspea.

El viajero sube con su maleta y el tren anuncia su partida chillando nuevamente.Se miraron

El rito es el mismo que en las grandes estaciones, lo mismo da recoger a uno que a cien.

Aquí también hay vida, pero sin ajetreo.

Las paredes y los techos de madera guardan otros olores, de pasto, de hortalizas, de animales de granja.

En las rendijas hay hebras oscuras que brillan como cabellos grasientos. En los rincones oscuros se amontonan capas residuales de polvo, preciados tesoros de información, leyendas que se van forjando en la parsimoniosa marcha hacia la ciudad.

Se mezclan olores de ganado, de pan de trigo, de centeno o de maíz, de vinos de la tierra, de orujos, de tabaco negro, de paja, de quesos de oveja.

Claro que todos los olores son caducos, fósiles, estercolados. Se incrustan en las grietas y cuando crujen las tablas con el traqueteo, se expelen como el eructo podrido de una turbulenta digestión.

Es lo que va dejando atrás, es lo que abandona.

Desde la ventanilla puede ver como camina hacia un horizonte que se abre igual que un abanico, mostrándole un cielo que no acaba, que se expande, al tiempo que avanza la llanura.

Va quedando atrás un paisaje denso, en el que todavía las sombras predominan, para deslizarse por la vasta superficie esmeralda, que se mece suavemente acunada por la brisa.

Ahora es libre y todo lo que mira se ilumina como si el sol fluyera en su mirada. El desvencijado tren que le transporta brinca sobre los raíles, como si su corazón ilusionado lo impulsara, haciendo que ruede más ligero, acortando el espacio que hay entre él y su destino. La mirada se le llena de esperanza.

El haber salido es su primera gran victoria. Empezar a caminar es lo importante. La vida que pugna por brotar ya puede alborozar su espíritu y la mirada se apacigua al contemplar largas filas de viñedo. ¿Quién podría preferir una cepa en el conjunto? Y en cada una hay distintos racimos y en cada uno diferentes uvas, que acabarán en la frutería, en el estudio de un pintor, o transformadas en vino.

Sus ojos se abren con un brillo nuevo, como ventanas a las que se asoma un ansia de vida como nunca había sentido. Experimenta el deseo de mirar, de romper esa coraza que la aísla del mundo exterior y deja que el día vaya diluyendo esa barrera y se dilaten sus pulmones.

Rueda por la llanura donde el trigo se ofrece al sol como una gigantesca hogaza verde, dispuesta a calmar todas las hambres humanas y divinas.

Él se asoma ávido para beber en aquel mar de esperanza, ve a lo lejos un punto negro que se acerca y sus ojos se afianzan buscando un apoyo a su mirada.

Ella advierte como el sol hiere al otro tren que avanza y su reflejo la ciega, pero se queda prendida la mirada, la subyuga. Allí donde la vid se une con el trigo, se cruzarán los trenes. Y permanece atenta, pues algo mágico flota en el aire y espera recogerlo en su retina.

El ve alguien asomado con quien se encontrará en breves instantes y ella lo advierte. Se acercan fundiéndose el traqueteo veloz y el más cansino. Se cruzan locomotoras y vagones hasta llegar a ambos en el instante de cruzarse las miradas.

Estalla la esperanza. La ilusión se hace real y viceversa. Más que verse confluyen sus pupilas en el rayo de luz que cada una lanza y al encontrarse se enciende con una intensidad sublime y silenciosa, como si el sol descargara toda su luz en ese instante.

Ambos trenes vacilan un segundo, tiemblan sobre los raíles, oscilan trepidantes, se resisten a seguir, aguantan el impulso de las locomotoras, desafiando las leyes de la física.

Ella se estremece con la energía desbordante que la invade, transformándola en pan tierno y sabroso, cual si fuera levadura, y él, subyugado con la fuente de vida que brota de aquellos ojos, se siente succionado y convertido en energía pura, de tal modo, que ambos se funden uno en el otro, igual que dos estrellas que se cruzan en el firmamento, igual que dos ríos que al encontrarse se hacen uno.

Vacilan y no se pueden contener. Y al fin, el tren más robusto cede y afloja la presión, para caminar en la dirección del más humilde, arrastrado por la potencia milagrosa que ha brotado en ese instante, en un punto del infinito, en el que se ha posado el irresistible ojo de quien todo lo ve.

 

Textos: Jesús Muñiz

Se miraron

2 comentarios sobre “Se miraron

  • el 19 de agosto, 2019 a las 21:25
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    Eres especial Jesús. Dios bendiga tu vida y que sigas escribiendo cada día. Deberías estar escribiendo cuentos para una editorial. Te pido que nunca pares. Yo nunca he sido de leer, pero lo que escribes jamás lo dejaría de leer. Gracías Jesús por tu maravillosa forma de hacerlo.

  • el 21 de agosto, 2019 a las 9:33
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    Todos y cada uno de estos cuentos tienen algo especial, el cuidado en cada palabra escogida tiene como resultado la emoción de quien está inmerso en su lectura. Gracias por emocionarnos y llevarnos a esos otros mundos imaginarios .

Comentarios cerrados.

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