!Qué mala suerte tengo!… Esto sólo me pasa a mí.

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Muchas veces me he dicho o pensado esta frase: Cuando estaba a punto de hacer un viaje y porque me hice daño o me puse enferma  tuve que suspenderlo en el último momento. Cuando estaba a punto de lograr algo y se me fastidió la cosa por una tontería y no pude lograrlo, perdiendo así mi tiempo y mí esfuerzo.

Siempre que nos pasa algo que nos fastidia o que nos va mal creemos que tenemos mala suerte, también nos imaginamos que solamente a nosotros nos pasan cosas así. Pero hay otro tipo de mala suerte, es la de aquellos que por haber nacido en ciertos países están abocados a una vida de esclavitud y miseria.
derrumbe-fabricaEl pasado día 16 de abril fue el día contra el trabajo infantil y al día siguiente miércoles nos enteramos de que en Bangladesh se derrumba un edificio en la capital Dacca.
No es el primer suceso de este tipo en este país que se ha convertido en el segundo exportador mundial del textil detrás de China, en donde, además de que se nutre en buena medida del trabajo infantil,  las condiciones de trabajo no son mejores.
Las exigencias de abaratar costos por parte de las multinacionales que les encargan los productos que fabrican y el poco interés que estas multinacionales tienen en informarse en qué condiciones trabajan estos obreros, en averiguar si hay menores entre ellos, si los horarios son los mismos que en otras profesiones más cualificadas o en países en donde se rigen por una normativa laboral, por no hablar de averiguar que sueldos percibe esta gente que se ve obligada a aceptar unas condiciones tan injustas. Porque peor es no poder trabajar y morirse de hambre en un país en donde todos son pobres y los empleos escasos.
Las camisetas, pantalones, abrigos o ropa de casa como cortinas, colchas y lencería son manufacturados en lugares que no se preocupan de la seguridad de los trabajadores ni de que éstos tengan que trabajar durante una jornada interminable cobrando unos sueldos con los que no podrían adquirir los productos que ellos mismos están fabricando.
Pero a las multinacionales no les importa en absoluto las condiciones de las personas, ni la edad en que empiezan a trabajar,  porque solamente se entrevistan con los propietarios de las factorías y lo más probable es que ninguno de estos directivos haya visitado nunca un taller porque a ellos únicamente les interesa que les sirvan los encargos a su debido tiempo, sin malgastar género o material  y a ser posible sin  taras para que llegue al consumidor, o sea nosotros, en perfectas condiciones.
Y como es lógico, los dueños de las fábricas,  cuyo único interés es vender el máximo posible y si puede ser al extranjero que les paga en dólares o euros pues aprietan a sus obreros para lograr pedidos y esto tiene como consecuencia que no inviertan en instalaciones, seguridad y mucho menos en subir los sueldos.
Lo peor es que de estas penosas condiciones no solamente se nutren las marcas de
mercadillo, esas que están al alcance de los más humildes en nuestros países, sino las “marcas” que se anuncian en Tv, en revistas de moda , vallas y  éstas no son nada baratas porque están fabricadas “con mimo y cuidadosamente para que al lucirla tú puedas sentirte como una estrella”.
Es bueno que en estos sitios que están tan castigados por la pobreza haya fábricas o lugares de trabajo donde la gente pueda ganarse la vida, pero en condiciones dignas que les permita vivir sin estrecheces. ¡Claro! que si estas condiciones se imponen, ya no será tan rentable para las multinacionales adquirir sus mercancías allá, porque entre transporte y el incremento que supondría regularizar las condiciones de trabajo, a pesar de que los sueldos no serían tan altos como en los países de origen de las multinacionales, ya no sería la bicoca que supone el importar sus productos de allí.
Lo malo es que esto no sería una solución para los países tercermundistas que verían crecer el paro y seguirían inmerso en la pobreza.
Eso sí, es mala suerte, auténtica mala suerte, porque si ahora su destino es trabajar con unas condiciones penosas, al menos así pueden trabajar y eso no le pasa a uno solo, le pasa a millones de hombres, mujeres y niños.
Creo que la próxima vez que diga: ¡Qué mala suerte! ¡Esto solo me pasa a mí!, pensaré que lo mío no deja de ser un tropiezo sin mayores consecuencias.

 Gloria.

 

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