Periquillo

Periquillo es el octavo cuento y le correspondió a nuestro compañero Telesforo. El no es amigo de contar cuentos.

Claro que como es bueno y humilde acometió la tarea con la mejor voluntad.

Y fue toda una sorpresa, porque nos hizo pasar un rato muy agradable, haciéndonos sentir a modo de niños escuchando un cuento al abuelo.

Comienza la historia con a un matrimonio de labradores, gozando de buena salud y mejor ánimo a quien la naturaleza no les había otorgado gran distancia entre la cabeza y los pies.

O sea, que eran muy pequeños.

Por esa razón en el pueblo les pusieron el mote de “mijos” recordando el dicho: “eres más canijo que un mijo”.

A la parejita no le disgustaba el apodo, pues se decían: “¿Y que si somos mijos? El mijo es resistente, con mucha energía y necesita poca agua”.

De lo que se lamentaban “los mijos” es de la falta de hijos.

La gente tan dada a sacarle gracia a todo decía: “Y para qué queréis un hijo, si será canijo, como un mijo”.

Y la mujer con gran donaire respondía:

—Bueno y qué; aunque sea canijo queremos un hijo.

Entonces sucedió que la Providencia les otorgó uno, el cual nació tan diminuto como un mijo.

Lo llamaron Periquillo y tan pequeño era que hasta el nombre le quedaba grande.

El bueno de Periquillo fue cumpliendo años y se hizo grande, en todo, menos en estatura.

Esa cuestión no inquietaba al muchachito que miraba la vida con optimismo y no se arrugaba ante nada.

Todos los días su padre se iba a trabajar al campo con el primer rayo de sol.

Un día, Periquillo, viendo a su madre preparando la burra con la comida para llevársela al padre le dijo:

—Madre, déjeme a mí la burra, que yo le llevo la comida a padre.

Y la madre sonriendo le contestó:

—¿Cómo se la vas a llevar tú, con lo pequeño que eres?

Periquillo respondió muy decidido:

—Usted termine de prepararla, que yo la llevo.

La madre puso la albarda a la burra y metió la comida en ella junto con otras cosas que el padre necesitaba.

En cuanto hubo acabado, Periquillo saltó a la albarda, trepó por ella, corrió por el cuello de la burra, se instaló en una de sus orejas y le dijo tranquilamente:

—¡Arre, burra!

Y la burra echó a andar.

Cuando iban tan felices por el camino aparecieron tres ladrones detrás de una peña y se dijeron:

—Vamos a por esa burra, que va sola.

Periquillo, que les oyó, dijo con voz muy fuerte:

—¡Al que se acerque a la burra le doy la gran zurra!

La burra espabilada, aceleró el paso, aunque los ladrones se quedaron quietos tratando de adivinar dónde se escondía el que les había hablado.

Cuando llegó Periquillo a donde estaba su padre trabajando le dijo:

—Ea, padre, que aquí le traigo su comida.

El padre, que sólo veía a la burra, dijo:

—¿Dónde estás, hijo, que no te veo?

Periquillo respondió presto:

—Que estoy aquí, en la oreja de la burra.

Entonces salió, se apeó de un salto y le habló a su papá de esta manera:

—Padre, ¿Y si le hago unos surcos mientras usted come?

A lo que dijo el padre:

—¿Y cómo los vas a hacer? Con lo pequeño que eres, no puedes con los bueyes.

—Que sí que puedo —contestó el niño.

Así que mientras su padre comía, se subió al yugo que uncía a los bueyes y empezó a darles voces a los animales.

Al oírlo, los bueyes echaron a andar e hicieron un surco, y volvieron e hicieron otro, y así sucesivamente, yendo y viniendo, labraron hasta que su padre terminó de comer.

Ya luego, siguieron toda la tarde juntos hasta la hora de ponerse el sol, en que volvieron a casa.

El padre metió los bueyes en la cuadra y preparó el forraje de unos y otros.

Periquillo, que estaba muy cansado, se echó en el pesebre del buey Colorao y se quedó dormido.

El buey Colorao empezó a comer y comer hasta que sin darse cuenta, se zampó a Periquillo.

Cuando llegó la hora de cenar llamaron al niño.

Por más que lo buscaban el niño no aparecía por ninguna parte.

Después de recorrer toda la casa, el padre fue a la cuadra y entonces oyó a Periquillo que hablaba desde dentro del buey:

—Padre, mata al buey Colorao, que se me ha comido de un bocao.

Así pues el padre sacó el buey al campo, lo mató y lo abrió con un cuchillo.

Desgraciadamente, por más que miró en las tripas y en todas partes, no encontró a Periquillo.

Allí se quedó el buey muerto hasta que acertó a pasar un lobo que merodeaba por el pueblo y se tragó las tripas del buey y a Periquillo con ellas.

Al día siguiente iba el lobo buscando un corderillo para el desayuno y Periquillo, que lo sintió, empezó a gritar:

—¡Pastores, que viene el lobo!

Los pastores en cuanto oyeron las voces, rodearon al lobo y lo mataron a bastonazos. Luego empezaron a abrirlo con sus cuchillos para quedarse la piel.

Periquillo, desde dentro, les decía que anduvieran con cuidado, no fueran a herirle a él.

Pero por más que miraron no vieron a Periquillo.

Uno de los pastores decidió hacerse un tambor con la piel del lobo para tocar en las fiestas.

El diminuto Periquillo se quedó metido dentro del tambor sin que nadie se diera cuenta.

El pastor guardó el tambor junto a una enorme encina y se fue con los otros.

Periquillo se dedicó a rascar la piel del tambor con todas sus fuerzas.

Poco a poco, consiguió abrir un agujero por el que asomar la cabeza.

Cuando la asomó vio venir a dos ladrones cargados con una gran bolsa de dinero.

El muchachito vio como escondieron la bolsa en el hueco de la encina.

El jefe dijo:

—Aquí estará seguro esta noche y mañana nos repartiremos el dinero.

Así que se marcharon, Periquillo asomó la cabeza del tambor y haciendo mucha fuerza salió fuera.

Sin más echó a correr para su casa más ligero de una ardilla.

Sus padres, que estaban triste y desconsolados, se pusieron muy contentos al verlos sano y salvo.

Al momento, Periquillo les contó todo lo que le había pasado desde que se lo comiera el buey y también lo que había visto de los ladrones.

Enseguida su padre y él se fueron hasta la encina, vaciaron la bolsa y eran muchas monedas de oro. Llenaron la bolsa con piedras.

Con el ordo de las monedas el padre compró otro buey como Colorao.

Aún quedaba mucho dinero, con el que ampliaron la haciendo y luego la madre de Periquillo cantaba muy contenta:

Es mi chico Periquillo

Como un mijo de pequeño

El más listo de este pueblo

Quien se atreva discutirlo

Que lo demuestre con hechos.

Y apréndase bien el cuento

De este canto tan sencillo.

Texto: Jesús Muñiz

Periquillo

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