Pasión bajo la luna. (II)

Se levantó. Por fin la vería. Cuando se acercó, ella estaba de espaldas, en primer término, y el gorila, supuestamente marido, al lado, que le hablaba:

-Desejo estar com vocé.

-Nino, com liçenza.

-Despois vai embora.

-Vou procurar.

Josiño rodeó la mesa para verla y cuando la tuvo ante si quedó embobado, ¡qué belleza! El cabello rebelde que escapaba del pañuelo era dorado; caía en ondas enmarcando un perfecto óvalo blanco y delicado de virgen renacentista, que contenía unos labios de niña, temblorosos y húmedos, ojos castaños de mirada ingenua y dulce, como un pastel de nueces y miel; el abanico de sus pestañas se movía como ala de mariposa, la nariz recta y firme, y las manos…, quedó prendado de sus manos, le recordaron la dama del unicornio. No podía dejar de mirarla y se turbó al ver que se acercaba.

-Senhor, com licença

-Oh, perdón.

Se hizo a un lado. Le ardían las mejillas, ¡qué voz tan seductora! Al pasar, casi rozándole, dilató las ternillas de su nariz tras el aroma que exhalaba y la siguió con la mirada, especulando cómo podía ser la esposa de aquel bruto: incomprensible.

Con los postres vinieron los cafés y las copas. El dueño del local, un portugués muy atractivo, según la esposa de Josiño, acompañado de guitarra y luciendo una sonrisa encantadora, después de saludar y agradecer la presencia de todos, obsequió a la clientela cantando un fado. Magnífico broche para una velada tan sugestiva. La canción hablaba de una rosa vanidosa que faltaba en el jardín de un galán, una historia que cautivaba al público femenino. Josiño sorprendió al caballero de cabellos blancos mirando con ternura a la muchacha. Al terminar el dueño del local su canto, le ofreció la guitarra, que tomó en sus manos y deslizando delicadamente sus dedos entre las cuerdas, entonó una canción de amor. Tenía una hermosa voz de barítono, suave y dulce como un violonchelo. Escuchaban embelesados. El humo de los cigarros espesaba la atmósfera y a Josiño se le hizo irrespirable. Se levantó y salió fuera. Ya no llovía, y entre las nubes asomaba seductora la luna. Desde allí se oía la canción, y se imaginó a la muchacha mirando hechizada al cantante, con su carita de niña. Allí, bajo la luna, también él podía soñar…

La puerta del local se abrió y ella apareció en el umbral. La luna pintaba aún más bello su rostro. A pesar del frío, a Josiño le sudaron las manos.

-Buenas noches. Hace calor. Está bueno, aquí.

-Habla usted español.

-Estudié en España, ¿Te gustan los fados?

El tuteo le aceleró las pulsaciones, y se escondió en la noche.

-Sí.

-¿Entiendes la letra?

-Un poco…

-Es una joven que quiere enamorarse, vivir un gran amor, ser besada con pasión… Es bonita la pasión.

-¿Y tú? -Josiño temblaba incrédulo, embriagándose con aquel rostro tan sublime, su voz suave, su aroma excitante…

-Yo… he visto en tu mirada, el deseo de besarme…

Y sonreía ingenuamente al decirlo, al tiempo que sus ojos brillaban incitantes…

… Sintió el chirrío de la puerta y abrió los ojos. Ella había aparecido realmente bajo el dintel de la puerta, y le tembló la carne, ¿se haría realidad lo imaginado? Recostada en la pared blanca, agraciada como una doncella griega, la contempló fascinado. Se oyó la puerta nuevamente y salió el gorila. Desde donde estaba, Josiño veía sin que le viesen. Aquel bruto la enlazó por el talle y atrayéndola hacia así la abrazó con pasión, como si fuera a engullirla y ella despareció entre sus brazos. Sus cuerpos se pegaron, ávidos uno del otro, en una búsqueda frenética, refregándose, embriagados de caricias, sin importarles el riesgo de ser vistos; ella jadeaba plena de gozo, con la respiración entrecortada, él la levantó en vilo mientras ella abría sus piernas: una escena ardiente, violenta y desenfrenada, en la que se amaron apasionadamente bajo la luna. Josiño se volvió, avergonzado de ser testigo de aquella intimidad y se alejó. Cuando regresó, ella estaba sola. Se arreglaba el cabello y las ropas, recomponiendo su imagen de virgen candorosa, y desapareció dentro. Josiño esperó unos minutos antes de entrar. Seguían los fados. Nadie le había echado en falta, solo su esposa le soltó el consabido:

-¿Cómo has tardado tanto?

Miró a la otra mesa, el gorila no estaba. Todavía duró un rato la velada, hasta la hora de cerrar. Lentamente todos fueron saliendo. José, el último, se dio cuenta del paraguas de ella colgado en la silla, lo recogió, la buscó con la mirada, pero ya no estaba. Se lo entregó al dueño del establecimiento. En ese momento entró el maduro galán.

-Roberto, minha mulher esqueceu… .

-Aquí o cavaleiro encontrou

-Obrigado.

Y saludando con una sonrisa, se fue. José, sorprendido, quiso indagar.

-Perdone señor, usted los conoce, ¿no es así? El señor canta muy bien.

-Sí, señor, los conozco, buena gente, un matrimonio muy bonito, muy enamorados, cinco filhos, él canta bien señor, ella mulher buena, madre, dulce esposa, otras parecen señoras y son malas mulheres, ponen cuernos al marido. Ella es mulher santa. Buena gente.

Se despidió, fuera su mujer le llamaba, estaba oscuro otra vez, con la luna escondida tras la nube se ocultó la poesía de la noche. De regreso, en el asiento trasero José miró a su esposa y la besó tiernamente, pensando en lo tonto que era algunas veces.

texto: Jesús Muñíz

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