Pasión bajo la luna (I)

Caminaba por el pasillo, las manos en los bolsillos, resoplando; hasta que ya no pudo más, y desesperado grito delante de la puerta cerrada del baño:

—¡¡Terminarás de una vez!!

— ¡Ya voy! Es solo un minuto.

Estaba harto, treinta y siete minutos esperando desde que le dijera que estaba lista, y aún tenía el descaro de decirle que “solo un minuto”. Le sacaba de quicio malgastar su tiempo, su preciado tiempo, de aquella manera. Si te dicen: “Un cuarto de hora”, aprovechas ese tiempo como más te convenga; pero si te dicen “ya estoy”, te dispones a salir ya. Y entonces esperas más de media hora sin hacer nada. ¿A quién podría echar la culpa si no a él mismo, que una vez más cayó en la trampa de creer a su esposa? ¡Y para cenar fuera! Con lo a gusto que estaría en zapatillas, pasando a limpio sus notas o inventando alguna historia. Salir ahora, ¡qué lata! Y para colmo, tarde. Ni siquiera sabía a dónde, porque Faustino y Gabriela los llevaban. Acomodados en su auto poco después, rodaban hacia la frontera: por lo visto, la cena sería en Portugal.

Malhumorado y a disgusto, después de una hora en coche, bajo la lluvia, medio mareado por las curvas, tenía todos los tantos a su favor para sentir aversión hacia el lugar en que iban a cenar. Una casa alargada, de una planta, sin ningún adorno, salvo unos tiestos en las ventanas. Al entrar no tuvo mas remedio que tragarse su fastidio, el local era a su gusto, acogedor y sencillo. En primer término un mostrador, tras el cual una sonriente muchacha les daba la bienvenida. A la izquierda los servicios y la cocina. A la derecha, tras bajar dos escalones, un estrecho salón. La mesa era la del fondo, junto a una confortable chimenea, donde ardían gruesos troncos de roble. Se sentó en un extremo, para poder verlo todo desde allí. Tendría que soportar un poco de calor, tan próximo al fuego, pero le compensaba la posibilidad de disfrutar una situación estratégica para ver mucho y pasar desapercibido.

En la mesa de al lado otro grupo cenaba alegremente, eran portugueses. Se entretuvo en observarlos, escudriñando en sus rostros, tratando de leer en ellos algo interesante. Llamó su atención en primer lugar un individuo, de poderoso tórax y descomunales brazos. Su rostro, quemado por el sol, exhibía una gran nariz roja y bajo ella un enorme mostacho. Hablaba en tono elevado con una voz chillona y molesta. Sus cabellos negros y ensortijados, pegados a la frente por el sudor, apenas se movían cuando agitaba los brazos para subrayar, con algún manotazo que otro, sobre la mesa o el hombro del vecino, alguna frase. ¡Un tosco y rudo campesino! Pensó. ¿Quién sería su esposa? Se distrajo haciendo conjeturas: ¿la gorda que engullía desesperadamente, o la que castigaba a sus vecinos de mesa con un parloteo interminable? José siguió examinando a cada uno de los comensales. Un hombrecillo era casi arrinconado por el exuberante busto de su vecina, en cuyos saltones y pícaros ojos creyó adivinar cuánto le divertía aquella situación, poniendo en aprietos a su compañero de mesa, quien parecía haber perdido el apetito. Un distinguido caballero conversaba con una mujer a la que solo veía la espalda. Era un auténtico galán maduro, de cabellos plateados que contrastaban con un bigote negro bien cuidado. La fina piel tostada de su rostro, sin arrugas, resaltaba la mirada limpia y juvenil de sus ojos azules. Al sonreír mostraba una dentadura perfecta y en sus mejillas se formaban dos simpáticos hoyuelos. Se imaginaba a su pareja mirándole embobada; pero no podía verla, ni siquiera su pelo, oculto bajo el pañuelo con que cubría la cabeza. Diluida la rabieta inicial ahora se sentía bien, formando parte de aquel cuadro pintoresco. Las paredes esmaltadas en ocre, adornadas con láminas de Renoir, Degas, Manet, Cezanne, Morisot y Monet proporcionaban un aire bohemio al local. Unos apliques de bronce completaban la decoración, esparciendo su luz amarillenta mezclada al humo de los cigarrillos y al brillo de las llamas, dándole un aspecto ensoñador a la escena.

Sirvieron los aperitivos: patés variados, aceitunas, embutidos, croquetas, fritos de bacalao, mantequilla salada y aceitunas. Él apenas comió, pendiente de sus vecinos: el hombretón del fondo, el galán maduro que estaba frente a él y la pareja de éste, que ya tenía curiosidad en verle el rostro. El primer plato era un pescado, sin identificar, con una presentación exquisita. Lo probó con cierta aprensión, enemigo de novedades y misterios culinarios, aunque su esposa le animó a tomarlo, hallándolo excelente ¡toda una sorpresa! Le pareció advertir un gesto de complicidad entre el campesino y la mujer del pañuelo. Marido y mujer, pensó, contradicciones de la vida o el cuento hecho realidad. Al pescado le siguió una carne aderezada con una salsa de colores diversos. El cocinero probablemente se inspiraba en la muestra impresionista que poblaba las paredes. Los postres con sorpresa: cada comensal se servía de una mesa bien provista de tartas, pasteles, bizcochos y budines, dispuesta para ello junto a la entrada. Con buen humor, ante esa perspectiva le dijo a su esposa:

-¿Qué vas a hacer hoy con tu régimen, querida?

Ella se levantó tranquilamente, sin decir nada, mientras él observaba el bamboleo de su trasero, nada dispuesto a privarse de un paseo tan sabroso. Él se quedó sentado, sin postre. El fornido gorila de los mostachos se levantó a por su ración; pero ella, la que imaginó su esposa permaneció sentada. Todo el mundo se iba a por el postre. Al poco, todos estaban servidos, y en ese momento la mujer del pañuelo dejó su asiento. Su esposa, cargada con una paleta impresionista de tartas, miró su plato vacío.

-¿No vas a tomar nada, Josiño? Las hay riquísimas.

-Sí, voy ahora.

-¿Quieres que te lo traiga yo?

-No, no, deja, ya voy.

(Continuará)

 

Texto: Jesús Muñiz González

Un comentario sobre “Pasión bajo la luna (I)

  • el 10 de enero, 2019 a las 18:43
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    Jo qué intriga…..

Comentarios cerrados.