Otoño en Japón

Hoy  les invito, desde el taller del viajero, a ir de compañeras de aventura viajera con Isabel, una de las usuarias del Centro Social y alumna de nuestro taller. Nos cuenta su experiencia en Japón, Nos gustó tanto su relato que decidimos compartirlo con todos los lectores de la revista. Sobre todo, aprendimos que es posible la buena educación, la limpieza, la bellleza y tantos otros valores que pensamos ya casi en peligro de extinción. Pero no en Japón. Les invito a leer la experiencia de Isabel y juzguen:

“En  otoño volví a Japón después de más de 25 años y, aunque no lo esperada, ha vuelto a sorprenderme. Recuerdo que la primera vez, tanto a mi hijo que me acompañaba, como a mí nos habían dejado atónitos alguna de las peculiaridades de este curioso país. Nos habían deslumbrado los neones de Akihabara, el barrio de la electrónica; el respeto con que tocan las palmas para llamar la atención de los dioses en el templo de Sensoji; la belleza de los cerezos en flor que alfombraban con sus hojas los parques de Kioto…
Esta vez, acompañada de un grupo de amigos, he recorrido más de 3.000 Km. en el tren bala, en autobuses, metro y barco, visitando ciudades como Tokio, Kamakura, Nikko, Kanazawa, Takayama, Kioto, Nara, Inari, Himeji, Hiroshima, Okayama y la mágica isla de Miyajima… y durante todo este recorrido he vuelto a conectar con esta gente tan especial.

De mi observación sobre sus costumbres, voy a intentar resumir aquellas que nos han parecido más chocantes.
Lo primero que llamó mi atención, aunque al principio no entendí su función, es que en todas las aceras de cualquier ciudad (cualquiera que fuese su tamaño o población) había un carril rallado de color amarillo para los invidentes. Poco más tarde, me percaté que en los cruces, junto a este carril, había también unos directorios en relieve para indicar el camino a seguir. Según esto, podríamos pensar que hay muchos invidentes en el país, pues bien, puedo deciros que en los quince días que he estado allí no he visto ninguno.
Tanto mis compañeros de viaje como yo nos desesperamos durante días buscando una papelera que no logramos hallar, a pesar de que no se veía ningún papel o colilla tirados por ninguna parte y es que, en Japón, no existen papeleras en las aceras, ni en las estaciones de trenes, ni en las del metro… simplemente se meten los papeles en los bolsillos hasta llegar a casa.Así es como les han educado desde niños. Parece ser que en los colegios, cuando los pupitres eran de madera, los alumnos eran responsables de la limpieza de sus propios pupitres.Supongo que era una manera de evitar que se hiciesen pintadas sobre ellos, que después deberían borrar a fuerza de raspillado.
Los escolares de cualquier edad van perfectamente uniformados.No se ve ninguno con la camisa por fuera o la corbata mal anudada. Lo mismo pasa con los adultos, los miles de oficinistas y empleados van pulcramente trajeados y arreglados, nada de sudaderas, tejanos ni zapatos deportivos.

No se habla por el móvil en los trenes ni en el metro, ni tampoco entre viajeros. Cada uno va inmerso en sus mensajes, su música o jueguecitos… el resto va dormido. En los andenes están señalizados los lugares en que se abrirá exactamente la puerta de cada vagón del tren que llegará puntualmente, ni un minuto más ni un minuto menos . No sé cómo lo consiguen.
El servicio de limpieza de los vagones en la estación término, lo realizan un equipo de limpiadores curiosamente uniformados, llevan a cabo su función de forma coordinada, como si se tratase de una coreografía teatral. Por supuesto, saludan al tren con una reverencia cuando entra en la estación y, de nuevo, cuando sale. Lo mismo que hacen los revisores al entrar y salir de cada vagón. Otra peculiaridad son las colas perfectamente alineadas que los japoneses hacen para todo: en el metro, en los baños, en los restaurantes, en las paradas del bus o taxis, en las tiendas… A la puerta de los restaurantes siempre hay una fila de sillas para que los clientes esperen pacientemente su turno para ocupar la mesa que el encargado dispondrá para ellos. Al entrar al restaurante, serás recibido por todos los trabajadores del local que, alegremente y con la consabida reverencia, te darán la bienvenida. Lo mismo al despedirte.
No existen las propinas, el trabajo es su orgullo y hacerlo lo mejor posible es su honor. No hay robos callejeros, las bicicletas duermen en la calle sin cadenas ni candados en zonas habilitadas para ello y, a la mañana siguiente, siguen en su sitio. Los taxistas cobran exactamente lo mismo por la misma carrera. Van pulcramente uniformados con guantes blancos, y los respaldos de los asientos están cubiertos con paños blancos ¡de ganchillo!

Tori-de-la-isla-Miyajima-una-de-las-fotos-más-conocidas-de-Japón

Hay baños públicos gratuitos por todas partes y siempre están impecables, nunca falta el papel y tienen todo previsto para la comodidad de las mamás con bebés o niños pequeños.
Algo muy gracioso es que, como hay muy pocos letreros en otro idioma que no sean sus caracteres chinos, lo suplen con carteles y dibujos que, en algunos casos, son muy divertidos. Por ejemplo, cómo puedes o no debes sentarte en la taza del wáter.
Y algo muy desconcertante e incómodo es que no hay placas con el nombre de las calles, lo que dificulta bastante encontrar la que buscas. No sé qué método tendrán los carteros!
Tienen mucha imaginación a la hora de vestir y calzar a sus perritos a los que tratan como si fuesen niños y, en muchos casos, los llevan en carritos de bebés.
Alguna de mis compañeras de viaje no estaban muy convencidas de que fuese el destino más interesante para ellas y, al segundo o tercer día, ya se habían rendido ante la educación y amabilidad de los japoneses y la perfecta organización de una imperfecta sociedad.

Porque es una sociedad moderna, muy tecnológica y consumista y, al mismo tiempo, respetan muchísimo las tradiciones, lo que es muy contradictorio. Y, a pesar de su competencia para resolver cualquier problema técnico o logístico, fallan en la gestión de los sentimientos y emociones. Lo que sí puedo deciros, es que es apasionante adentrarse en una ciudad como Tokio, en la que todo lo imaginado y lo que nunca has pensado tiene cabida; adentrarse en la placidez y belleza de uno de sus parques vestidos con los cálidos colores del otoño, o perderse en un milenario pueblo de las montañas, donde los tejados de sus casas todavía son de paja. De cualquier manera, si vais, no os dejará indiferentes.”

 

Texto y fotos – Isabel Fernández. Alumna del taller del viajero

Un comentario sobre “Otoño en Japón

  • el 4 de enero, 2019 a las 0:39
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    Gracias Isabel por este reportaje tan interesante y bien escrito. Un abrazo

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