Los siete conejos blancos

Los siete conejos blancos es el título del cuento que le correspondía contar a Celia. Esta simpática compañera posee mucho ingenio y gracia para ello.

Disfrutamos de un rato agradable con la historia de “los siete conejos blancos”.

Todo sucede en el minúsculo reino de Chinlanda, que sobrevive comprimido entre Rusia por el Norte y China por el sur.

Allí tuvo lugar esta fantástica historia que la mayoría de los lectores considerarán pura fantasía y sin embargo es tan verdadera como la mayoría de las historias increíbles. Las creíbles, por lo general son producto de la imaginación.

El rey de Chinland rebosaba felicidad desde que su esposa dio a luz una niña muy hermosa a la que amaba con todo su corazón.

La reina educó con esmero a la princesa en todas las artes. Lo que más le gustaba a la infanta era coser y bordar a mano.

Disfrutaba mucho con ello y hacía toda clase de labores.

Le encantaba sentarse en el balcón y pasar las horas con la aguja y el hilo.

Entre puntada y puntada admiraba los magníficos campos que se extendían ante el castillo, los bosques y las colinas.

Un día vio venir a siete conejos blancos que hicieron una rueda bajo su balcón.

Se quedó tan pasmaba viendo a los conejos que, en un descuido, se le cayó el dedal.

Uno de los conejos lo agarró con los dientes y se fueron todos corriendo.

A la princesa le hizo mucha gracia aquello.

Al día siguiente volvió a ponerse a coser en el balcón y, al cabo del rato, vio que llegaban los siete conejos blancos y que formaban una rueda como el día anterior.

Como tuvo que inclinarse para verlos mejor, se le cayó una cinta, la cogió uno de los conejos y todos echaron a correr otra vez hasta que se perdieron de vista.

Al día siguiente volvió a ocurrirle lo mismo, pero esta vez lo que perdió fueron las tijeras de costura.

Después de las tijeras fueron un carrete de hilo, un cordón de seda, un alfiletero, una peineta… siete cosas en total.

A partir de entonces los conejos ya no volvieron.

La princesa quedó desolada y enfermó de tristeza.

¿Verdad que resulta increíble? ¿Quién se enferma extrañando a unos conejos?

Pues aunque parezca imposible, así fue.

Estaba tan enferma que sus padres creyeron que se moría.

Como el rey la quería tanto mandó llamar a los médicos más famosos. Todo fue inútil, no sabían qué clase de enfermedad tenía la princesa.

Entonces mandó hacer un pregón anunciando que quien curase a la princesa recibiría su premio. Sí fuera una mujer, recibiría un saco lleno de oro, y si era un hombre, la mano de su hija.

Muchos acudieron y nadie curó a la princesa.

En un pueblo cercano, en una choza miserable, vivía una madre con su hijo. El muchacho todo lo que tenía de bueno y de listo lo tenía de feo. Mirarlo a la cara, daba  dolor de muelas.

Seguro que los dentistas estarían encantados con el muchacho.

Como no tenían nada que comer ni que perder, determinaron acercarse a palacio para ver si lograban curar a la princesa. Se dedicaban a la herboristería y confiaban en ese conocimiento para sanar a la infanta.

Así que se pusieron en camino hacia el palacio.

Para ganar tiempo tomaron un atajo.

A mediodía se detuvieron a comer y descansar.

Quiso la suerte que, al sacar la bolla pan, se les cayera rodando por la pendiente. Corrieron tras el pan hasta lo vieron desaparecer dentro de un agujero.

Al agacharse para recuperarlo, se dieron cuenta que el agujero comunicaba con una gran cueva bien iluminada.

Allí observaron una mesa bien puesta con siete sillas.

Enseguida llegaron los comensales, ¿Quienes eran? Los siete conejos blancos. Se quitaron la piel de conejo y aparecieron siete príncipes bellos que se sentaron a la mesa.

Entonces oyeron a uno de ellos decir, mientras cogía un dedal de la mesa:

—Éste es el dedal de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y a otro:

—Ésta es la cinta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y a otro:

—Éstas son las tijeras de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y así sucesivamente, uno tras otro, fueron mostrando los enseres de costura de la princesa.

Madre e hijo, prudentes, se retiraron con sigilo. Antes de irse se fijaron en una puerta muy bien disimulada en la maleza.

A continuación se apresuraron a llegar a palacio y, una vez allí, pidieron ver a la princesa.

Estaba acostada y ya no deseaba ver a nadie más. Después cerró los ojos.

El hijo buscó un acceso a la alcoba y vio el balcón.

Con gran agilidad subió y desde allí empezó su relato con hermosa voz. Aunque era terriblemente feo, tenía una voz muy bella.

El muchacho, como si fuera un poema, le hizo un bello relato a la princesa y terminó con la misteriosa escena de la cueva y los siete conejos blancos.

Cuando la princesa oyó nombrar a los conejos abrió los ojos y se sentó en la cama.

Al pronto se asustó al ver un muchacho tan feo. Sin embargo la noticia de los conejos superó su aversión a la fealdad del muchacho. Hizo sonar la campanilla y cuando entraron las doncellas, pidió de comer.

Al momento le llegó la noticia al rey que se presentó de inmediato.

Enseguida halló a la buena mujer y a su espantoso hijo, y se enteró que el muchacho había conseguido que su hija pidiera de comer. Se quedó sin palabras pensando en que ese podía ser su futuro yerno.

—Padre —le dijo la princesa—, ya me voy a curar, pero me tengo que ir ahora con esta gente.

— ¡Eso no puede ser mi niña! —Protestó el rey—. ¡Aún estás demasiado débil!

—Pues así ha de ser —dijo la princesa, con gran autoridad. Y el rey comprendió que no tenía más remedio que ceder y ordenó que preparasen un coche.

Partieron en seguida hasta que llegaron al agujero y la puerta disimulada. No veían nada y la noche se echaba encima. Acordaron volver al día siguiente con la esperanza de tener mejor suerte.

Más antes de que se alejaran dos pasos se iluminó el interior de la cueva. Al momento aparecieron los siete conejos blancos que se convirtieron en príncipes.

Los siete se sentaron a la mesa y volvieron a repetir lo que madre e hijo habían visto y oído.

—Éste es el dedal de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Y el siguiente:

—Ésta es la cinta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Hasta que el último dijo:

—Ésta es la peineta de la princesa. ¡Quién la tuviera aquí!

Entonces la princesa dio un empujón a la puerta, entró y dijo:

—Pues aquí me tenéis.

De inmediato se formó un barullo colosal, pues los siete infantes no esperaban esta sorpresa y pronto les invadió una gran alegría.

Luego llegaron las explicaciones.

El encantamiento de los siete conejos blancos, solo se desharía cuando viniera la princesa a romperlo con su presencia.

La cuestión es que la princesa no sabía a cuál de los siete escoger como esposo, todos eran guapos, buenos y ricos.

Solo un pequeño detalle vino a solucionar el problema. Los siete príncipes ya estaban casados y sus adoradas consortes pronto recibirían la gran sorpresa de recobrar a los esposos.

El rey enterado del feliz suceso, habló muy seriamente a su hija. Aquel muchacho tan feo era acreedor a su mano, como lo había prometido, pues a él se debía que la princesa hubiese superado su enfermedad.

La princesa, hija obediente y bondadosa, aceptó la indicación de su padre.

Después de todo, aunque era muy feo, también es verdad que a bondad e inteligencia no lo superaba nadie.

Cuando en el reino se supo de la boda y vieron al futuro príncipe y consorte de la infanta, enseguida les colgaron un lema: “La bella y la bestia” y esto dio origen a otra historia.

Historia que no se va a contar ahora, porque hoy los protagonistas de la historia solamente son “los siete conejos blancos”.

Y finalmente Celia añadió sonriendo:

—La cena está servida, hoy tenemos “conejo con habichuelas”.

 

Texto: Jesús Muñiz

Los siete conejos blancos

2 comentarios en “Los siete conejos blancos

  • el 14/07/2020 a las 7:49 pm
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    Hola buenas noche Jesús hermoso cuento gracias por cada palabra que escribe siempre con un buen animo a pesar de el encierro por esta pandemia que estamos recibiendo

  • el 16/07/2020 a las 11:24 am
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    Una historia bonita!! y con mucho encanto,!!!

Los comentarios están cerrados.

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