Los ladrones arrepentidos

Los ladrones arrepentidos, es el cuento que le correspondió contar a Julián.

El bueno de Julián es un compañero agradable, muy concienzudo en su trabajo, pero no le gusta contar cuentos.

Claro que como es humilde se sometió a la tortura de contarnos un cuento cuando fue su turno.

Así que nos dispusimos a escucharle con mucha atención.

No habrá muchas personas en el mundo que hayan podido oír un cuento de la voz de Julián.

Se sirvió un vaso de vino, se sentó con mucha calma en un sillón y comenzó su relato con voz grave.

El señor de aquella parte del país admiraba la humilde y frugal vida del ermitaño. Por ello encargó a un criado que todos los días llevase al anciano un plato de comida, un pan y una jarra de vino.

Y así vino ocurriendo durante años.

Un día caminando por el campo, se cruzó en su camino una pareja de guardias que conducían a un preso. Como se detuvieran a descansar, el anciano se acercó al preso y le dijo:

—Así os veis los que cometéis delito. La justicia os castiga y luego vuestra alma se la lleva el diablo.

Los guardias siguieron su camino con el preso. Comentaron lo que había dicho el anciano y esto llegó a oídos del señor.

Algún tiempo después tuvo lugar el juicio de aquel hombre y se le halló inocente. Entonces se acordó el señor de las palabras del ermitaño. Enseguida llamó al criado que le llevaba la comida a diario y ordenó que le llevase una carta.

En ella decía: “Cuando supe la vida que llevabas mandé que te llevaran comida a diario, para que no te faltase. Sin embargo tú has juzgado y no eres juez.

Y para escarmiento de quienes se dedican a hacer juicios sin tener atributos para ello, te condeno a ganarte el sustento pidiendo limosna por todo el señorío. Para ello has de abandonar la ermita. Además cogerás esta zarza seca que te mando para que la lleves siempre contigo.

Quedarás absuelto de tu culpa cuando broten tres ramas verdes.

El pobre hombre lloró con amargura y salió de la ermita a los caminos para pedir limosna y vivir con gran miseria.

Llevaba la zarza consigo y la cuidaba con esmero, esperando que brotasen las tres ramas verdes.

Después de un tiempo que al mendigo le pareció muy largo, ocurrió que se hizo de noche antes de encontrar lugar donde pasar la noche.

Al fin vio una luz a lo lejos y se acercó.

Cuando llegó gritó desde la puerta:

— ¡Ave María!

Oyó pasos y al abrirse la puerta, salió una vieja y le preguntó que quería. El pobre hombre, sin aliento, le dijo que sólo buscaba un rincón donde echarse a pasar la noche.

La vieja le aconsejó que se fuera porque aquello era un refugio de ladrones que si regresaban le matarían para que no los denunciase.

Sin embargo se compadeció del ermitaño y lo escondió al fondo de la cueva.

En esto llegaron los ladrones cargados de sacos, talegos y cofres, porque aquel día habían hecho un robo muy grande y era tanto el botín que decidieron llevarlo al fondo de la cueva.

Allí descubrieron al ermitaño y lo sacaron afuera.

El capitán de los ladrones preguntó a la vieja quién era ese hombre y qué hacía escondido en el fondo de la cueva.

La vieja le habló con mucha pena:

—Es un pobre que pide limosna, andaba perdido y no tenía cobijo. Mañana se irá.

— ¡Estúpida! — dijo el capitán—. Mañana cuando se vaya correrá a escape a denunciarnos, lo mataré ahora.

Sacó su puñal y la vieja, gimiendo y llorando, le pidió que no lo hiciera.

— ¡No lo mates, que es un buen hombre y no dirá nada!

Entonces el ermitaño se adelantó hacia el capitán y dijo:

—Déjale que haga lo que quiera, mujer, que será mi destino. Porque yo vivía en una ermita solo y apartado y dedicado a la oración y ofendí a un preso que era inocente llamándole ladrón. El señor del lugar me ha castigado a vagar por el mundo viviendo de limosna y no me perdonará hasta que no broten tres ramas verdes de esta zarza seca que llevo conmigo.

Al escuchar esto, dijo el capitán:

—Vuélvete a tu rincón y mañana, apenas amanezca, te vas de aquí sin mirar atrás.

El ermitaño se fue a acostar y los ladrones se quedaron pensativos. Y la vieja dijo:

—Si el señor le ha castigado nada más que por un mal pensamiento ¿qué no hará con nosotros, que somos ladrones?

Y los bandidos siguieron pensativos hasta que el capitán les mandó acostarse a todos.

A la mañana siguiente, apenas amaneció, fue el capitán a ver si el ermitaño se había ido y lo encontró muerto en su rincón, con la cabeza apoyada en la zarza seca, a la que le habían brotado tres ramas verdes.

Entonces aquel hombre, autor de mil fechorías, sacó un sucio pañuelo del bolsillo y se secó dos lágrimas que rodaban por sus mejillas.

Llamó a los demás ladrones y mostró al anciano.

A continuación les dijo que allí mismo quedaba deshecha la banda.

Los ladrones y la vieja se arrodillaron y se arrepintieron de todo lo malo que habían hecho hasta entonces, luego hicieron un hoyo a la entrada de la cueva y enterraron en él al ermitaño y la zarza.

También dejaron sus tesoros en la cueva y se marcharon cada uno por su lado para llevar una nueva vida.

La zarza que dejaron sobre la tumba del anciano, creció y creció y se convirtió en un hermoso rosal que cubrió por entero la entrada de la cueva.

Y allí siguen todavía el rosal, la cueva y el tesoro de los ladrones arrepentidos.

 

Texto: Jesús Muñiz

Los ladrones arrepentidos

3 comentarios en “Los ladrones arrepentidos

  • el 30/07/2020 a las 9:23 pm
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    Hermoso cuento y muy buenas reflexiones Dios perdona nuestro error si lo hacemos de corazón

    Respuesta
  • el 04/08/2020 a las 12:43 pm
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    Muy buen cuento!!

    Respuesta
  • el 07/08/2020 a las 7:03 pm
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    Cómo de costumbre, el autor nos invita a la reflexión, utizando un relato sencillo, y muy fácil para la comprensión de todos, y ciertamente lo logra.

    Respuesta

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