Los dos monjes y la mujer

Los dos monjes y la mujer: cuento oriental anónimo o parabola Zen, que nos deja una hermosa enseñanza.

Esta es una adaptación libre y que cada uno saque sus conclusiones.

Leticia se levantó temprano y se arregló con sumo cuidado. Se perfumó y se puso su mejor vestido, aquel que realzaba tanto su busto, y calzó los zapatos que su tía le había traído de la ciudad. En el pueblo vecino había fiesta y ella quería divertirse, ¡pues no faltaba más! Pero todos sus planes se vinieron abajo cuando llegó al viejo puente de madera para cruzar el río. La riada se lo había llevado. El puente más cercano estaba demasiado lejos como para pensar en ir andando. Así que se sentó en una piedra y empezó a cavilar de qué modo podría llegar al otro lado.

El hermano Andrés y el hermano Bernardo llevaban caminando desde las primeras horas del alba. El padre superior les había dicho que llegasen al convento a tiempo para las vísperas. Andrés era joven y despierto, muy diligente, y el padre superior tenía gran confianza en él, encomendándole tareas en las que se necesitaba emplear la cabeza. Bernardo, era algo más lento de mollera. Pesaba bastantes más kilos de los que debiera, lo que llevaba con buen humor, menos cuando como ahora tenía que caminar largas horas. Cuando llegaron junto al río, Andrés seguía animoso y tranquilo, pero Bernardo estaba sudoroso y cansado.

Allí se encontraron con Leticia junto al puente roto. Andrés le preguntó amablemente.

—¿Qué haces aquí, muchacha?

—Me llamo Leticia, padre, y quería cruzar al otro lado, pero no hay puente.

Bernardo, sentado a la sombra de un olmo, miraba con deleite a la muchacha, pues era hermosa.

—Niña, lo tienes bien fácil para cruzar —le dijo burlón —, no tienes más que arremangarte la falda y cruzar a pie, el río no baja muy crecido ahora.

—Me destrozaría los pies.

Andrés observaba la corriente, buscando el mejor sitio para cruzar; cuando creyó encontrarlo entonces se volvió hacia la muchacha.

—Ven, Leticia, yo te llevaré al otro lado.

Dos monjes y una mujerY tomando a la muchacha en brazos la cruzó al otro lado sin percance alguno. Una vez en la otra orilla la muchacha le dio al buen fraile un beso en la mejilla y se marchó alegremente gritando:

—¡Gracias, padre! ¡Es usted un ángel!

Andrés apremió a Bernardo para que cruzara el río, pues se hacía tarde. Protestando por lo bajo, Bernardo se arremangó el hábito y cruzó el río.

Caminaron sin decir palabra el resto del camino. El sol estaba muy bajo cuando avistaron el convento. Entonces Bernardo se paró, tomando aliento.

—Hermano, déjame descansar un momento que me falta el aire. Aún falta un poco para vísperas. Llegamos a tiempo.

Andrés accedió a ello y se sentaron a descansar. Bernardo levantó la vista hacia su compañero.

—Hermano, ¿no es cierto que nuestra regla no nos permite tener contacto con mujeres?

—Es cierto, hermano.

—¿Entonces como pudiste coger a aquella muchacha en brazos?

—Hermano, yo ayudé a la mujer a cruzar el río y allí la dejé hace horas. ¿Por qué sigues tú llevándola contigo?

La campana del convento comenzó a tañer, el hermano Andrés se levantó diligente y el hermano Bernardo, resoplando, le siguió balanceándose como un elefante.

 

Texto: Jesús Muñiz

Los dos monjes y la mujer

2 comentarios en “Los dos monjes y la mujer

  • el 09/01/2020 a las 11:53 am
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    Buenos días Jesús muy bonito cuentos no enseñan hacer el bien sin mirar a quien

  • el 11/01/2020 a las 9:19 pm
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    Buenisimo!! Muy buen cuento!!

Los comentarios están cerrados.

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