Los dos jorobados

Los dos jorobados es el pequeño cuento que tal y como habíamos establecido el orden le cayó en suerte a Martín.

Nuestro compañero Martín es muy amigo de buscar la gracia con las imágenes.

Por eso nos hizo un relato muy simpático empleando diversas imágenes que nos mostraba en su móvil.

Primero nos mostró la imagen de dos dromedarios y siguió con el cuento de los dos jorobados.

En un pueblo del interior vivían dos jorobados: Adolfo y Blas.

Todo el mundo los conocía.

Adolfo era de temperamento atrevido. Le gustaba mucho irse en las noches de verano a tomar el fresco en el campo.

Allí podía estar solo, a salvo de burlas y soñando cosas bellas mirando las estrellas.

Una de esas noches, tumbado en la hierba fresca, mirando la luna, le dieron las diez y las once. Adolfo seguía tan tranquilo y tan a gusto.

Y de pronto se le ocurrió, al ver que se acercaban las doce, que es la hora de las brujas.

(En el móvil de Martín vimos una luna muy graciosa durmiendo).

El bueno de Adolfo decidió quedarse y ver si era verdad eso de que a las doce se reunían las brujas a celebrar sus ceremonias.

Así que curioso y un poco temblando como una caña de bambú, dieron las doce.

Al momento llegaron las brujas con un jolgorio espeluznante, saltando como cabras y cantando como lechuzas, al mismo tiempo que bailaban con frenesí al son de una música estrambótica.

Al cabo de un buen rato de música loca, un poco cansadas, hicieron corro y cantaron a pleno pulmón:

—Lunes, martes y miércoles, tres; lunes, martes y miércoles, tres.

Y esta letanía la repitieron una y otra vez, gritan más y mejo.

Adolfo, como veía que no salía de esa cantinela, pensó para sus adentros: «¡Pobrecillas! Voy a completarles la semana».

Y cantó, con el mismo son de las brujas:

—Jueves, viernes y sábado, seis; jueves, viernes y sábado, seis.

Y ya se disponía a continuar, cantando: «y domingo, con seis, hace siete», cuando oyó que decía una bruja:

¡Ay, qué bien! ¡Por fin hemos concluido el cantar! —y empezó a mirar a un lado y a otro, rodeada de las otras brujas, diciendo:

—¿Quién ha sido, quién? ¿Dónde está el que acabó el canto?

Entonces el jorobado les dijo sonriendo:

—Aquí me tenéis, sentado en esta piedra.

Conque todas las brujas se le acercaron y lo miraron con embeleso. Por fin le dijeron:

—¡Mira qué gracioso! ¡Si es jorobadillo! Dinos qué quieres por habernos terminado el cantar y te lo concederemos.

Entonces el jorobado muy alegre dijo:

—¿Qué es lo que más quiero? ¡Perder esta joroba pues todos se ríen de mi y no puedo tener amigos en el pueblo!

—¡Ah, sí! —Dijeron las brujas—. Pobre jorobadillo, bien se lo merece.

Y la bruja que había hablado primero le pasó la mano por la joroba y el jorobado se quedó más derecho que un palo de escoba.

Entonces Adolfo les dio las gracias y ellas se las dieron a él. Lleno de contento se fue a su casa a dormir, mientras las brujas se quedaban haciendo volatines y piruetas por los aires.

Adolfo con tantas emociones estaba exhausto y se durmió al instante hasta la mañana siguiente. No bien cantó el gallo se levantó y fue al espejo para comprobar que de verdad ya no tenía joroba.

Tan contento estaba que salió corriendo que se fue a la calle y todo ufano se dirigió a una cafetería donde servían un rico chocolate con churros, para desayunar tan feliz, luciendo su nuevo tipo gallardo y gentil.

Porque la verdad es que Adolfo lucía hermoso. (Martín mostró un retrato suyo de cuerpo entero).

Todo el mundo se admiró de que le hubiese desaparecido la joroba y querían conocer la causa; Blas era el más interesado en saberlo.

Adolfo contó con todo lujo de detalles todo lo sucedido en la noche. La mayoría se burlaba pensando que todo era un cuento, aunque no se explicaban como había perdido la joroba.

Blas, el único jorobado ahora del pueblo se quedó pensando. Al fin decidió ir por la noche al campo. Se argumentaba a si mismo que a lo mejor habían olvidado el canto que les enseñó Adolfo y se lo recordaría y sino les cantaría aquello de: “Y domingo, con seis, hace siete.”

Seguro que le quitaban también a él la joroba.

Ya se regocijaba pensando que el también podría presumir de no tener joroba.

La gente del pueblo se burlaba de Blas todavía más que antes, pues ahora solo él tenía joroba

De noche, se fue pronto al campo y allí se estuvo a la espera de que llegaran las brujas.

Por fin llegó la medianoche y en ese mismo instante aparecieron las brujas.

Era tal y como había dicho Adolfo, así que después de los bailes, las brujas en corro cantaron:

—Lunes, martes y miércoles, tres; lunes, martes y miércoles, tres; jueves, viernes y sábado, seis; jueves, viernes y sábado, seis.

Blas se dio cuenta de que habían aprendido bien lo que Adolfo les había enseñado, así que decidió terminar la semana y cantó, con el mismo son de las brujas:

Y domingo, con seis, hace siete.

Las brujas, que oyeron este canto, se pusieron como fieras y empezaron a buscar por todas partes, diciendo:

—¿Quién nos hace burla, quién? ¿Dónde está el que nos hace la burla?

Y el pobre Blas, que además era un poco sordo entendió que preguntaban: «¿Quién nos dice la última, quién? ¿Dónde está el que nos dice la última?» y las llamó:

—Aquí estoy sentado en esta piedra. Quítenme la joroba.

Las brujas lo rodearon, aún más furiosas, y empezaron a darle coscorrones y pellizcos, mientras decían:

—¡Mira! ¡Si es un jorobado!

—¡Un jorobado! ¡Que ha venido a reírse de nosotras!

—¡Vaya con el jorobado! ¡A ver qué hacemos con él!

Y dijeron a coro:

—¡Pues le ponemos otra joroba!

Así que le pusieron otra joroba en mitad de la espalda, con lo cual ya tenía dos. (Martín nos mostró un camello.)

El pobre Blas se fue a su casa llorando y pensando en lo que le había sucedido; no pudo pegar ojo en toda la noche y a la mañana siguiente no se atrevió a salir a la calle para que no le vieran las dos jorobas.

El bueno de Adolfo, al no verlo, se fue a su casa. Allí lo encontró tan triste que daba pena, sin comer ni dormir.

Adolfo insistió y insistió en que se fuera con él del pueblo.

Blas le decía:

—¡Si tú ya no tienes joroba, nadie se ríe de ti. Déjame!

—No, no te voy dejar, Bastantes burlas hemos sufrido ya. No quiero vivir aquí.

Y Blas con lágrimas en los ojos abrazó a su compañero.

Se fueron a otro país y ya nunca se burlaron de Blas, porque Adolfo no lo consentía.

(Martín nos muestra un dromedario abrazado a un oso.)

Es malo tener dos jorobas pero mucho peor es no tener un amigo.

 

Texto: Jesús Muñiz.

Los dos jorobados

3 comentarios en “Los dos jorobados

  • el 12/09/2020 a las 11:08 pm
    Permalink

    Hola buenas noches hermoso cuento gracias

  • el 18/09/2020 a las 9:09 am
    Permalink

    Aplaudo el buen cuento. Felicidades una vez más te has inspirado para bien, para sorprender.

  • el 18/09/2020 a las 4:37 pm
    Permalink

    Narra, no sin crudeza, el valor de la amistad, que está muy por encima de cualquier situación o conveniencia personal.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: