Las tinieblas y la luz

Las tinieblas y la luz tienen un significado diferente para quien nunca ha disfrutado del sentido de la vista.

Licinio Druso caminaba del brazo de su maestro griego. Ciego de nacimiento no sabía lo que significaba ver. El concepto de luz no tenía ningún sentido para él. Necesitaba ir siempre acompañado.

Desde luego en la domo se desenvolvía perfectamente. Conocía cada centímetro del suelo, podía moverse con libertad. Hasta era capaz de percibir un obstáculo en su camino.

En la urbe era muy arriesgado ir solo, incluso para los videntes. Algunas zonas resultaban peligrosas cuando no había luz.

Su fiel maestro Eupinio era al mismo tiempo guía y amigo. Su padre lo había comprado como pedagogo y estuvo con él desde niño.

En cuanto se puso la toga praetexta su padre se lo regaló. En la mayoría de edad lo manumitió. Dos años después le hizo como regalo de cumpleaños la ciudadanía.

Eupinio era feliz. Amaba a Licinio como un hijo.

Con todo cariño lo cuidaba y sobre todo después de la muerte del pater familias.

Lucinio correspondía al amor de su maestro con la ternura de un corazón lleno de bondad. Su ceguera nunca enturbió su carácter.

Aquel día de mayo, que cambió el curso de su vida, lucía espléndida la primavera.

Ya muy el olfato de Licinio los llevó a los puestos de flores y de frutas. El muchacho aspiraba con gozo aquella mezcla de olores tan estimulante. Hasta le parecía sentir las sonrisas de las vendedoras, mientras escuchaba las palabras de cariño que le regalaban a su paso. Licinio era muy querido por su buen carácter.

– ¡Guapo! ¿Cuándo vas a dejar que te lleve yo de paseo en lugar del griego que te acompaña? Para él también puedo encontrar una buena compañía.

Licinio se reía con aquellas bromas al tiempo que le ardían las mejillas.

Entre risas, su maestro le comentaba divertido.

– Licinio, eres bello, las mujeres vuelven la cabeza para verte.

– ¿Y ellas también son bellas?

– Cada una tiene su encanto, y en primavera todas las mujeres son hermosas.

Con estas bromas estaban cuando Licinio oyó una conversación que captó su atención.

– Yo tampoco lo creía, pero lo vi con mis ojos. Un paralítico. Tenían que llevarlo en una camilla. No sé qué le dijo, pero vi como cargaba su camilla y se fue caminando.

– ¿Seguro que era paralítico?

– Seguro. ¿Te acuerdas de Bartimeo?

– ¿El ciego?

– Ese. Pues ya no es ciego. Él le devolvió la vista.

Licinio hizo presión sobre el brazo de Eupinio.

-¿Has oído? Vamos a hablar con ese hombre.

– Habladurías de charlatán. Ya sabes lo fantasiosos y crédulos que son los judíos.

– Aun así quiero hablar con él.

Entonces se acercaron. Eupinio se dirigió a aquel hombre.

– ¿Dónde dices que ocurrió buen hombre?

– ¿Quién quiere saberlo?

– Yo, Licinio Druso, quiero saberlo. Te invito a una jarra de vino de Hispania y a lo que quieras comer.

Eupinio le reprendió por lo bajo.

– Eso no es prudente.

Esta vez, su joven discípulo Licinio no hizo caso. Sus ojos sin vida, brillaban  como bolas de cristal a la luz del sol.

Enseguida el hombre se quedó cortado al ver quien le hablaba. Pertenecía a la gens Druso, y no le pasó desapercibido el grupo de fornidos guardaespaldas que se mantenían a una discreta distancia, dispuestos a intervenir rápidamente si las circunstancias lo requerían. No dudó en acceder a su petición.

– Domine, perdona, yo te contaré todo lo que se. No necesitas invitarme.

– Entonces cuéntame todo lo que sepas de ese hombre que curó al ciego.

Ahora el judío se dio cuenta de que aquel muchacho no veía.

Enseguida le contó cuanto sabía. Licinio, generoso siempre, le dio un áureo.

De regreso a la casa, iba entusiasmado.

Esa noche no pudo conciliar el sueño. ¿Cómo sería ver?

Al día siguiente muy temprano habló con Eupinio.

– Vamos a Jerusalén

– ¿Todavía piensas en lo que el judío nos contó?

– ¿Qué pierdo con ir? No estaré tranquilo hasta que vaya. Además no conozco ese país. Es hora de empezar a viajar, ¿no crees?

– Iremos. Voy a encargar los pasajes.

A los pocos días embarcaron en un trirreme de pasaje a Cesárea Marítima y allí se unieron a una carava hasta Jerusalén.

Gracias a las indicaciones que les diera el judío de Roma fue fácil encontrar a Bartimeo.

En cuanto hablaron con él todas las esperanzas de Licinio se esfumaron, pues el que le había curado la ceguera había muerto crucificado.

Al final les indicó a otras personas que le conocían mejor y les podían hablar más de él.

Cuando regresaron a la posada, Licinio permaneció en silencio. Con la cena bebió un poco de más y Eupinio tuvo que acompañarlo al lecho. Allí se quedó profundamente dormido.

Entonces el maestro griego se fue por aquellas callejuelas estrechas, preguntando a unos y otros hasta que pudo contactar con personas que conocían al personaje que había curado a Bartimeo.

Mas cuando estableció contacto se dio cuenta que vivían temerosos. Como último recurso les abrió su corazón y les contó el caso de Licinio, su ceguera de nacimiento, su esperanza cuando le hablaron del ciego Bartimeo y cómo alguien lo había curado.

Más confiados, le hablaron con libertad.

Eupinio regresó de madrugada. Licinio aun dormía. El viejo pedagogo meditaba en lo que aquellos hombres le habían dicho.

Cuando despertó Licinio, le habló con mucho cariño. Todo lo que le habían contado se lo transmitió lo mejor que supo. El muchacho no perdía palabra. Se interesaba en cuanto le decía el maestro. Manifestó gran interés en saber más de aquel hombre.

De inmediato acudieron a la casa del gobernador romano y pidieron audiencia. La familia Druso era importante y el mandatario los recibió enseguida.

No tuvieron impedimento alguno para leer todo el proceso. La eficacia administrativa no había omitido detalle.

Luego no les fue difícil enterarse que algunos de los seguidores de aquel hombre se reunían. En cuanto averiguaron donde se las ingeniaron para asistir a una de esas reuniones. Un discípulo llamado Juan hablaría esa noche.

Licinio escuchó con gran atención. Poco a poco las palabras de aquel joven le calaron profundamente.

Más tarde, acostado, no podía dejar de pensar en cuanto había oído. Las tinieblas y la luz…

Regresaron a Roma.

También en la capital se reunían seguidores del crucificado. Y empezaron a asistir regularmente a esas reuniones.

Las palabras y la conducta de aquellos seguidores del hombre hicieron mella en el corazón del maestro y el discípulo.

Licinio empezó a comprender que había una luz diferente, una luz que iluminaba las tinieblas, incluso las tinieblas en las que él vivía. Descubrió que hay una luz que domina todas las tinieblas.

Fue un camino largo, a veces doloroso, aunque lleno de esperanza. Aquel nuevo camino de las tinieblas y la luz colmó su vida.

Finalmente descubrió una manera distinta de ver y en su mente empezó a brillar una nueva luz.

Licinio y su maestro Eupinio caminaron juntos hacia esa luz y muy pronto Licinio comenzó a ver.

 

Texto: Jesús Muñiz

Las tinieblas y la luz

4 comentarios en “Las tinieblas y la luz

  • el 26/05/2020 a las 6:20 pm
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    *Las tinieblas y la luz* es un bonito relato, que el autor bien podría haber titulado *Camino de conversión* , aunque lo verdaderamente importante es el mensaje que nos deja: CAMINEMOS JUNTOS HACIA LA LUZ QUE EL CRUCIFICADO NOS INDICO, Y COMENZAREMOS A VER.

  • el 26/05/2020 a las 7:02 pm
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    Hermoso mensaje mucho vivimos en tiniebla con ojos buenos pero vemos ni escuchamos el llamado a ver la luz que es Dios nuestro señor

  • el 26/05/2020 a las 10:15 pm
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    Muy buen relato, siempre te superas, muy interesante!!

  • el 27/05/2020 a las 9:21 pm
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    Maravilloso relato y sutil manera de conducir la esperanza de una persona en alguien antes desconocido pero que por su legado llegó a conocer, aceptar y confiar a tal punto de recibir su sanidad por fe. Me encanta.

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