Las montañas perezosas

Las montañas perezosas se encontraban en un pequeño país.

En realidad lo rodeaban y eran tan hermosas como perezosas.

De verdad que eran perezosas ya que no se movían para nada.

Se pasaban todo el día tumbadas al sol, a falda suelta.

Por este motivo en sus laderas no crecían los árboles, ni el maíz, ni el trigo, ni los tomates, ni las lechugas, ni las zanahorias.

Por la misma razón ningún pajarillo alegraba las mañanas con sus trinos, ninguna ardilla corría sin parar por sus cuestas o pendientes, ningún conejo hacía madriguera en sus grutas.

En consecuencia lo que abundaba en el país era el hambre.

El rey había consultado a todos los sabios del reino y ninguno halló la solución.

Sucedió que una anciana criada le habló a la esposa del rey de un maestro ya jubilado que era muy sabio.

Según el cotilleo popular había curado a una princesa mal hablada de un país lejano.

Enseguida la reina se lo contó al rey y este mandó a buscar al sabio maestro.

No fue fácil encontrarlo porque viajaba mucho.

Al fin dieron con él en una cueva, donde vivía: era muy pobre.

La pensión de maestro no alcanzaba ni para los cimientos de una casa.

Bastante tiempo atrás en el reino de la princesa mal hablada, le pagaron con un saco de monedas de oro.

Más ocurrió que como el maestro era bueno, en sus viajes ayudaba a todo el que lo necesitaba y así gastó todas las monedas de oro.

Hasta su pensión regaló a los menesterosos.

Por eso no tenía ni casa donde vivir.

Cuando lo trajeron a presencia del rey estaba en los huesos

El monarca le contó el problema de las montañas perezosas.

El maestro miró al rey y este miró al maestro.

Durante un buen rato se intercambiaron las miradas.

Finalmente el rey le dijo:

─¡Qué!

El sabio maestro miró de nuevo al rey, frunció el ceño y le soltó:

─¡Tengo hambre! ¡Hace una semana que no tomo bocado!

El rey dio un brinco y salió como una bala.

Al cabo de un rato regresó con una lata de callos con garbanzos. Vació el contenido en una olla de barro que puso al fuego de la chimenea.

En cinco minutos los callos estaban en su punto.

El anciano devoró los callos, mojando buenos trozos de pan en la salsa y se lo comía con una cara de satisfacción que daba gusto verlo.

Dejó la olla brillante como si recién la hubieran barnizado.

Luego se bebió dos jarras de agua con raspaduras de limón.

Al terminar soltó un eructo descomunal, se agarró la panza con las dos manos y se apoltronó en la butaca.

El rey lo miraba y remiraba.

Así transcurrió media hora muy larga, en silencio.

Luego el maestro comenzó a hablar:

─Necesito algunas nubes gordas, muy gordas y muy oscuras sobre cada una de las montañas.

En cinco minutos salieron aviones a la caza de las nubes.

─Ahora necesito cañones, los más grandes, en la cima de cada montaña, debajo de las nubes.

El rey dio las órdenes oportunas y antes de una semana sobre la cima de cada montaña estaban las nubes y debajo los cañones.

nubes con lluvia
nubes con lluvia

A la una del mediodía, el anciano habló de nuevo.

─Que carguen cada cañón con balas de hielo y disparen a las nubes sin pausa.

Así se hizo y al poco tiempo empezaron a retemblar los cañones con el disparo de enormes balas de hielo, que se hundían en las barrigas de las nubes.

¡Oh! ¡Qué tormenta la de aquel día! Una tormenta de mil rayos.

Enseguida empezó a llover y llover sin parar. Diluviaba sobre cada montaña, y enseguida se abrieron surcos y cauces en las vertientes por donde discurrían los torrentes.

Aquellos caudalosos ríos recién nacidos, fluían montaña abajo, con una fuerza incontenible.

Durante horas y horas no paró de llover.

Con todo aquel ruido y el agua fría que se les metía dentro, las montañas no podían dormir.

En poco tiempo brotaron árboles por todas partes, hierbas, espigas de maíz y de trigo y toda clase de legumbres y vegetales.

La gente lloraba y reía a la vez, saltaba brincando por todas partes.

El país comenzó a salir de aquellos malos tiempos de las montañas perezosas.

Ahora lucían más hermosas, adornadas como árboles de navidad, salpicadas sus laderas con los múltiples colores de los árboles frutales y las flores que brotaban alegres sobre el vestido verde de las montañas.

montañas despiertas
montañas despiertas

Ya no volvieron a dormirse, se reían alegres con las mil cosquillas de aquellos ríos que se deslizaban pendiente abajo buscando el mar.

El rey, muy contento, aseguró con un real decreto, el sustento del anciano maestro.

Entonces, nuestro héroe, descansando a la sombra de un cerezo pensaba en que aquellas montañas se habían vuelto perezosas, porque los habitantes del país habían abandonado el trabajo, al dedicarse a cosas poco importantes, como criticar al vecino, engancharse al móvil, o al sillón relax.

Ahora eran felices trabajando.

En Conclusión: La pereza seca la vida.

Texto: Jesús Muñiz Gonzalez

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