Las Islas Cíes (Segunda Parte)

La historia del viejo farero

Supe que no estaba Dios en aquél faro
Silbaba el viento susurrante del naciente océano; frío y seco, bajo la cómplice mirada de la noche. Envuelta la oscuridad con el tacto que resbalaba como temblando, con el requiebro de cortejo e inocencia que suele engañar a los marinos. De fuerza deshojada, la mar, con sus lágrimas saladas, choca contra los riscos afilados de las Islas Cies. Empezaba mi jornada de trabajo como es costumbre de cada día. Soy Farero, y más de treinta años llevo en este oficio y profesión. Soy ciego.
El viajero le pregunta al farero:
-¿Y qué me podéis contar sobre vuestra curiosa profesión si carecéis de mirada que perciba el croma y los colores de la oscura noche?

-El viejo faro, está envuelto por la noche como un manto de oscuro musgo, acuña anunciando con sus destellos la poliedra luz que el ojo del marino ve desde la lejanía más apartada. Yo, que no veo la luz natural por ser invidente, puedo ver la del alma desamparada en la distancia más austral y lejana. Mis instrumentos, en braille, mi mano recorren con tersura y suavidad como el que acaricia las teclas de un instrumento. Y mi pequeña computadora, que como un lazarillo me guía en mi cometido y me acompaña de ayudante. Y todo esto, no me impide que cada noche el viejo faro quede “ciego” a la vista del navegante. Pues, como el desnudo cuerpo de la ninfa encantadora, vienen hasta mí navíos y buques. A veces desorientados, a veces sólo de paso.
-Y la luz que de tierra sale y se expande al lustroso mar como si fuese cosa del mágico encantamiento ¿Cómo la guiáis?

-Sabed, amigo viajero, que la luz del faro sólo hace que repetir y repetir su destello de incandescencia. Flotante en la neblina, donde las horas van lentas en la noche cerrada. De la mar brava hago un jardín atalayado cuando les oriento más allá de sus sombras. Y el borroso camino se hace más claro y llano. Veo a lo lejos sus balizas que marcan sus mástiles erguidos, como resplandores en la lejanía, que yo diviso y palpo con el alma, no con la retina. Y veo, veo resbalando ante mí el horizonte imaginario, la profundidad del cielo, su cúpula celeste casi infinita despejando la negra noche cerrada, o el día gris y apagado en sombra opaca. Para convertirse el faro proyector de mí atalaya en asterisco de referencia y esperanza que evite el infortunio.

-¿Y de los barcos que cerca fondean y confían en su oficio?

-Los navíos a lo lejos van sintiendo el abrazo lejano de la luz proyectada. Como en una balconada de grandes vidrieras y escaparates de agua. Yo, soy su guía, su esperanza más segura. Pues sostendré bien adherido su rumbo como si fuese un sonámbulo pensamiento. ¡Que lo tuyo es el mar marino! Y cuando su danza sea agitada y turbada, la baliza de luz de candela te guiará en la ensenada más triste y apartada. Y cuando los elementos alteren las manecillas de la naturaleza enojada, siempre allí yo estaré, sin contar el tiempo detenido. La noche para mí; cada día, desnuda y fría. El mar está allí afuera, frente a los acantilados y los peñascos más afilados. Y a la tormenta, a quién aguarda el recio espigón mientras la ola rebota en la roca hecha pedazos, ésta se perfila mirando al mar nítida y descarada como si fuera hecha con cincel de artesano.
De repente, el farero con una luz cegadora ilumina la negra noche, y la oscuridad se enciende como si fuera magia ocupando un rincón en el cielo. Y que igual, Dios, dejó caer un día sobre el firmamento viguense como un amor infinito de madrugada, rompiendo la noche con mil misterios y mil deseos bajo un barniz de dilucida opacidad.

-¿Y cómo guiáis a los marinos confundidos?

– Una luz como una voz en el mar veo. Y sin ser hijo de la pena, siempre hay una sonrisa que respira a mi lado, como la esperanza, que jamás se ausenta perdida. La luz del infinito faro alcanza al navío más lejano en mares escondidos, y divisa la costa gallega, para que te lleven, marino, más allá de los sueños cuando la tormenta se desfigura en tempestad. Porque ésta, que no tiene dulzura ni paciencia decide presentarse por sorpresa y sin aviso. Pasarán los días, pasarán las horas, pasarán los cielos, pasarán las almas. Y yo, seguiré siendo el farero, el reflector de esperanzas y confianza segura. Y cuando llueva sobre el agua, déjame hacer mi oficio con la ilusión del verso místico que se alimenta de sí mismo. Porque marino, que pasas a ras de costas gallegas, que yo estoy con los que te buscan cuando todo son ensoñaciones desesperadas en tu confusa y azorada mente. Y recuerda, que de sueño la noche carece, pues el durmiente viento acude y acaricia la esperanza donde guarda la esencia de amparo y de vida, agarrándose a las raíces más duras. Y, aunque morir quisieras cerca del mar, hoy no es el momento ni tampoco el instante. ¡Eso no lo sabe nadie! Ángel marinero, ¡dime que has de ver el mar otro día!
Porque a lo lejos, el busto de una mujer; que no son, sino encantos y fantasías de tu mente, qué tú, marino, sólo ves en tu esperanza más confiada. Tan ciego es el camino cuando la luz del sol anula la de la luna, que puedes encontrar en la oscuridad la sirena que te guíe con sus cantos hasta fondeadero seguro de litoral gallego.
Será por eso, que se oye en las tabernas del viejo puerto de Vigo una historia de estas de marinos. Donde en el mirador de la torreta, allá donde están los riscos más altos y apartados, habita un farero ciego que nadie nunca ha visto. Y sólo el viajero, con su gracia y su suerte de trotamundos, podrá escuchar sus palabras como un rincón en el aire.
Por eso, se oye en las tabernas del viejo puerto viguense, una historia de estas de meigas y de sirenas ondinas encantadas que sólo los viejos marineros recuerdan, donde se comenta entre los navegantes y marinos experimentados, desde puente de mando a laboriosas cubiertas, una mística historia de un naufrago errante que un día estuvo perdido.
Supe que no estaba Dios esperándome en aquél faro. Sino aquél, que dicen las sirenas qué es ciego. Yo no me lo creo, pero fue él, quien me contó la historia que me guió aquella noche hacia aquél faro de Vigo, sosteniendo la luz que iluminaba el camino de un arribo a puerto seguro.

Sergio Farras, escritor tremendista.

A la Ciudad de Vigo.
www.sergiofarras.webnode.es

Fotos:  Carlos Cordero y  Vigo en Fotos.

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