Las Islas Cíes (Primera Parte)

La maravilla de la sabia naturaleza

Dios alborea cada mañana sobre Galicia con su pincel que todo lo dibuja. Y, en su amanecer más suave y de finos trazos esbozados con una bondad infinita, encara la luz de la temprana mañana hacia las Islas Cies, que como un lienzo a la vista de satinados colores, son como la gracia de un pensamiento de reposo para la retina de él viajero. Poco a poco se acaba resquebrándose la noche mientras nace el nuevo día, alejándola a las enésimas estrellas de los cielos, todas ellas ansiosas para recogerse en el firmamento, que es lugar donde les esperan para su sueño cuando los primeros rayos de sol se acomodan sobre las rías gallegas.
El archipiélago maravillado por la naturaleza más sabia: las Islas Cies, es Parque Nacional de fama mundial y declarado de interés turístico. El pulido y lozano archipiélago, situado en la boca de la ría de Vigo, donde perderse por la ínsula de arrecifes serenos y agraciados es travesura de la seductora belleza, que como un hechizo de mágicos encantos atrae por su gracia y merced de su donaire. Las Islas Cies, es lugar ideal para dar largas caminatas e introspectivos paseos de pensamientos y meditaciones de la conciencia más escondida, para olvidarse de las prisas y los agobios que nos acordonan y amarran en nuestro día a día. El viajero, se deja llevar por sus sentidos para ver el cielo gallego desnudo con la mirada tranquila y serena, con el color pigmentado y matizado de un azul aterciopelado de gema de esmeralda.
De las Islas Cies se puede asegurar que no hay paisaje verdadero que pueda comparársele; ni luz que ilumine sus impacientes auroras, ni sueños que duermen en sus mullidas colchas de riberas y arenales, ni generosos olores que embriagan los cuerpos con los sabores de sus aguas, que con los olores de la fragancia que los libera, sana las tristezas y las penas, recubriendo de melancolía de esperanza y espantando los miedos en estas islas de tierras viguesas.
Como la isla de Rodas, que es archipiélago de encantos hechizados de sueños. El viajero se deja llevar como el viento en su liviana floresta, que derrama desnuda de misterio como el pensamiento de la oscura noche, donde se siente el suspiro del aire que de ultramar viene cruzando los caminos del agua. Donde los amantes echan las suertes, que inundan la sed de sus deseos, que ofrecen resistencia, que frenan la razón del corazón y que a otros arrastra al desnudo misterio de la pasión como lumbre al viento.

Desde el alto del Príncipe, el viajero disfruta de las impresionantes vistas de los acantilados -desde la Silla de la Reina-. En este punto también destaca como un nombre escrito temblando en un papel, el contraste entre las dos vertientes de las islas; la cara oeste mucho más abrupta y escarpada y, la cara este, con la playa de Rodas, de pendiente mucho más suave.
El archipiélago está formado por tres islas: la Isla de Monteagudo o Illa Norte, la Isla Do Faro o Illa do Medio –ahora unidas por las dunas de la playa de Rodas y un pequeño puente que las une cuando sube la marea- y la de San Martiño o Illa Sur.

Las islas son montañosas con una cara oeste abrupta, con acantilados casi verticales de más de 100 metros y numerosas cuevas (furnas) formadas por la erosión del mar y el silbar del viento. La cara este tiene laderas algo más suaves cubiertas por bosques y matorrales y se encuentra protegida de los vientos atlánticos, lo que permite la formación de playas y dunas sinuosas como siluetas de sirenas, en forma de vetas y que tienen el color del arco iris cuando se muestra desnudo y a la vista. El viajero se imagina como podría volar como lo hace la viajera gaviota, y volverse algodón entre los cielos gallegos. Y es entonces, cuando se comprende de qué en el mundo no todo existiera por pura casualidad, sino por la gracia de la divinidad de la naturaleza, y del vértice que señala las anchas maravillas.

El viajero desea sentir aquello que nos quema y se nos desprende del alma, entre el cálido y suave beso que enciende y que quema los inciensos, entre la ola misteriosa que cubre como un manto de agua los secretos de la Islas Cies. El viajero se asoma a la balconada marina para ver desde el aire, como cuando la gaviota de lejanos caminos sobrevuela con sus alas, que le pesan como el plomo, y ya no puede volar porque escucha el eco de una voz que sólo puede salir del corazón de tierras gallegas, voces de apariencias rusticas y también eruditas. Con la sal trazada de el verbo del amor a la naturaleza más hermosa, el océano que acaricia la escollera que frena la ola. Y el viento siempre acude, y lo acaricia, mientras hoja tras hoja van cayendo las horas.
Se puede sentir desde lejos en la Galicia de las manos callosas que labran la tierra, y de los marinos que remolcan las tejidas redes y artes de la pesca también, como sobresalen del orgulloso océano las islas que presumen aisladas de todo sonido agitado y pulsación de turbación. Un momento se presta, y se contemplan las ínsulas con coquetería infinita desde los riscos afilados, donde el hombre agradece ser criatura sensible para la contemplación del mortal más exigente, como si fuesen verdades naturales y desnudas originarias de las tierras gallegas.
Con la vista hondando en la mirada, el viajero se deja llevar por la bóveda celeste que cubre los cielos gallegos. El viajero va silbando por el camino que lleva al faro da Porta, y se asoma para ver la ola despeinada que choca por los riscos y los caudales de sus afilados acantilados.
Los rostros en la mañana brillan como soles presas del dulce encantamiento de los imprudentes vientos. A el viajero, las letras le acompañan vaya donde vaya, es esa sensación que le deja suelto y excarcelado de su refugio de palabras desordenada, y le da la libertad, le suministra palabras viajeras como el velero que se ahonda insolentemente en la línea del horizonte para ver más allá de las brisas tersas y brillantes.
En las Islas Cies el cielo está mucho más cerca, como un jardín nuevo donde se sembró la belleza con el sabio pincel de la naturaleza más versada. A lo lejos, un viento silbador llora por una brizna de una afligida lluvia que se presenta con ceremonia de bella fortuna y sombras de acierto, convirtiéndose en una gota de agua de océano que llena todos los rincones de los gallegos recoletos que a la vista alimenta. Mientras, las nubes algodonadas que cubren las Islas Cies pasan a ras de empedrados, dejando un boceto trazado del cielo gallego, un color de una tonalidad en un azul terciopelo que va iluminando a la vista de la mirada más cansada y fatigada. Las Islas Cies, transpiran una fragancia salina, de salobridad y de tenue esencia que hace brillar los rostros. Y en un halo de sus alientos, la ola se convierte en una marea atrevida y valiente que cruza el infinito océano para ceñirse un momento; entre la piedra y el mar, que es espejo de su sutil esencia. A veces miente el reflejo del agua que engaña, a veces no dice verdades que confunde las vanidades con un verdadero rostro que acaba siendo un mustio retrato.

Sergio Farras, escritor tremendista.

A la Ciudad de Vigo.

www.sergiofarras.webnode.es

Un comentario en “Las Islas Cíes (Primera Parte)

  • el 30/09/2012 a las 8:19 pm
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    Hermosas islas, sin duda… Bella la prosa que las describe. Un sólo defecto: para mi están tan lejos. ¡Disfrutadlas entonces, vosotros que podéis! Yo, por ahora, disfruto las fotografías y las bellas palabras de mi amigo Sergio… Un abrazo a todos.

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