La ruptura.

La ruptura es el desenlace de un largo proceso.

-Me voy.

Se da la vuelta, cruza la habitación, agarra la manilla de la puerta y la cierra muy despacio.

Luego abre la puerta de la calle, antes de salir percibe la falta de las llaves en el bolsillo, las recoge en la cazadora del perchero y tropieza con la tarjeta caducada del banco.

¿Para qué quiere las llaves si se va?

La rupturaEn la cocina, con la tijera del pescado, sin prisas, corta la tarjeta en trozos muy pequeños. La ruptura de ese pequeño plástico le alivia.

Después sale al descansillo y pone especial cuidado en no hacer ruido con la puerta al cerrarla.

En la calle la mañana luce espléndida, el sol calienta y ha cesado el viento.

Camina indolente, con las manos en los bolsillos, algo encorvado.

Cinco minutos más tarde, da la vuelta y con la misma lentitud desesperante avanza como un autómata hacia el otro lado.

Bajar hasta el puerto le parece una buena idea.

Se imagina al borde del muelle, mirando el agua, sentir el vértigo.

Juega en su mente con la sensación de caer y dejarse engullir por las frías aguas hasta llegar al fondo. Esa sería la ruptura definitiva.

Recrea en su mente esa huida sin retorno, pero lo hace sin convicción alguna.

Al descender por la empinada calle, se le hace presente la subida y con la desgana que siente, decide no continuar.

A su izquierda una rústica escalinata en piedra conduce a un mirador y hacia ella se dirige.

Arriba hay un muro de piedra; al pie, un paseo, dos bancos de madera y varios abetos.

La rupturaEstá solo. Se acoda sobre el muro y contempla el paisaje. Ve un carguero hiende el agua dejando un surco y contempla la ruptura en dos de la tersa superficie. Un grupito de veleros busca con ahínco un poco de brisa.

El sol le ciega y entrecierra los ojos.

Casi se adormece al reposar la cabeza entre los brazos.

La ve allí, en la habitación, arrodillada en el suelo, con el rostro entre sus manos, sobre la cama, rota en sollozos, bebiendo sus propias lágrimas mientras le grita con voz desesperada:La ruptura

-¡Ojalá pudiera no volver a verte nunca!

Su pensamiento flota en el horizonte. A pesar de la luz todo es vago y confuso.

Quiere retener y ordenar los sucesos pero no lo consigue, solo acuden imágenes sueltas, como fotos en blanco y negro, desordenadas: Sonrisas bajo el cielo en la playa, faldas y cabellos al viento, risas bajo el paraguas, bodas, bautizos, comuniones.

Son historias en pausa guardadas en algún lugar de la memoria, que ahora revive con nostalgia.

La rupturaExperimenta como aquellos recuerdos entrañables hacen más honda la soledad y siente un vacío en el estómago.

El agua ha desdibujado el surco poco a poco, nada rompe la quietud y el silencio, hasta el pensamiento se detiene plegado sobre la superficie en calma, que como una droga blanquiazul de paz adormece los sentidos. La ruptura se amortigua.

Unas voces a su espalda le sorprenden. Se vuelve y ve una pareja que recién ha llegado y se sienta en un banco al fondo.

Sigue caminando a lo largo del muro. Baja unos peldaños que serpentean sobre el césped.

Atrás queda un rinconcito con un banco de piedra al resguardo de miradas indiscretas, muy acogedor y lleno de encanto si no fuera por las bolsas de plástico y botes esparcidos por doquier.

Sale del recinto amurallado y continúa por un paseo nuevo, que termina bruscamente en un camino de tierra más estrecho.

De pronto surge ladrando agresivamente un perro que le impide el paso. El can babea espuma y muestra unos colmillos inquietantes.

Se paraliza, no quiere moverse ante la amenaza, ni dar la espalda, pues apenas inicia el ademán de volverse, ya el animal se lanza.La ruptura

Su boca está muy cerca y siente miedo.

No sabe qué hacer, no ve a nadie, se encuentra solo, se siente solo, son unos segundos angustiosos.

Quiere pedir socorro, mas no lo hace por vergüenza.

A pesar de todo logra dominarse y puede valorar la situación.

Se siente ridículo acorralado de aquel modo. Mira en su entorno y ve unas tablas rotas. Se mueve hacia ellas, sin perder de vista al animal, que ladra y lanza dentelladas cada vez más próximas.

Nota la camisa empapada en su espalda, son unos instantes grotescos, en los que se ve incluso luchando con el animal y desgarrada su carne por los terribles colmillos, que cada vez le parecen más largos y cercanos.

Cuando se halla a un par de metros del objetivo, de un salto alcanza un buen trozo de madera y, al instante, sin necesidad de enfrentamiento alguno, el perro huye.

Pobre chucho, ahora se da cuenta de que la agresividad del bicho no es más que la respuesta natural al maltrato que seguramente recibe.

Se asegura bien de que se ha ido, respira hondo y reanuda presuroso la marcha para dejar aquel lugar, insospechadamente inhóspito.

Llega al final con el chasco de no encontrar salida. ¡Tendrá que dar la vuelta! Pero recuerda que él vio antes a uno que venía. Se fija hasta ver que la alambrada está rota y puede pasar al otro lado.

Allí está la gente, tan campante. Pasean de aquí para allá, toman el sol en el banco, o charlan tranquilamente.

A pocos metros él ha estado en un trance un tanto peligroso, pero nadie se ha enterado.

Cruza la plaza con paso vivo y emprende el regreso.

Camina por la acera, a la sombra de los álamos, agradeciendo la frescura que le dan, porque a esta hora el sol aprieta firme.

No es que esté más animado que a la ida, pero anda más ligero, más seguro.

Va pasando la mano por el seto, arranca los tallos que sobresalen a tirones, haciendo una poda con su mano de los brotes recientes. Le gusta el aroma que desprenden.

Dentro de unos minutos llegará a casa. ¿Qué debiera hacer? ¿No volver más? Aquel “me voy”, que dijo al salir, ¿significaba eso? ¿Significaba irse para siempre? ¿Es el final?

Sin embargo regresa. ¿Por qué? ¿Comodidad? ¿Inercia?

Quizás solo es el comienzo del final, el inicio de un proceso largo y doloroso.

Se dispone a entrar en el portal para vivir una nueva etapa de su vida, como si no quedara otro remedio.

Cuando entra la ve poner la mesa. Al verle le habla con voz fría, distante. La ruptura del silencio es cortante, como una hoja de afeitar.

-Puedes venir a comer cuando quieras.

-Voy a lavarme las manos.

A continuación entra en el baño, toma el jabón, da paso al agua fría y se lava cuidadosamente. Se seca en la toalla y regresa al comedor.La ruptura

-¿Vas a tomar sopa?

-Sí.

Llena un vaso con agua y bebe. Ella le pone el plato con la sopa caliente. Él toma la cuchara, la sumerge en el plato, revuelve un poco el contenido, la acerca a la boca, sopla un poco y la toma con calma y en silencio.

 

Textos: Jesús Muñiz.

La ruptura.

Un comentario sobre “La ruptura.

  • el 12 de agosto, 2019 a las 23:51
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    Una situación triste, pero es mejor irse que seguir una pelea y luego hablar con mucha calma y que haya paz.

Comentarios cerrados.

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