La ranita coja.

La ranita coja nació en un charco del bosque.

Era coja porque nació con una pata rota.

Todas las ranitas saltaban alegres por el estanque cazando insectos.

La ranita coja no podía saltar.

Y pasaba hambre.

Un día de verano, en tiempo de vacaciones, los muchachos fueron a jugar al bosque.

Naturalmente, los muchachos se lo pasaban en grande, se divertían felices.

Aunque no todos, Ermelindo se había roto una pierna y la tenía enyesada.La ranita coja pierna enyesada

Por eso el chico se entretenía lanzando piedrecitas al agua, tratando de acertarle a una hoja que se movía como un diminuto buque enemigo al que había que hundir.

Entonces descubrió a la ranita coja.

Enseguida se dio cuenta de su cojera.

La cogió con mucho cuidado y se la llevó a casa.

Con un palillo le entablilló la patita rota.

Ahora parecía que la ranita podía moverse un poco y el niño la devolvió al estanque.

Al cabo de los años, Ermelindo creció y se convirtió en un muchacho fuerte y sano.

Ahora su pierna estaba perfectamente.

Mientras paseaba cerca del estanque se acordó de la ranita coja.

Se sentó en un banco y miraba las ranitas saltar de un lado al otro, recordando su niñez.

La ranita coja

Entones oyó una voz a su espalda.

─Hola Ermelindo.

Se volvió sobresaltado y vio a una muchacha que le sonreía.

Aunque enmarcado por una bella melena de color castaño, su rostro no era muy agraciado. Llevaba gafas y uno de sus ojos estaba tapado por un parche. En la boca, un corrector le afeaba la sonrisa.

Claro que Ermelindo no veía nada de eso y la miraba embelesado. Su voz le sonó en los oídos como una dulce melodía.

─¿Tú me conoces? ¿Quién eres?

─Soy Lucinda, ¿No te acuerdas de mí?

El muchacho buscó en sus recuerdos y no encontró a Lucinda.

─Bueno, es normal que no te acuerdes, yo era mucho más pequeña que tú y los niños no miráis a las niñas pequeñas. Yo si te recuerdo. Ahora tengo que irme.

─ ¡Escríbeme!

Le gritó, y la muchacha se fue corriendo al tiempo que reía divertida.

Cuando el muchacho ingresó en la Universidad recibió una carta de Lucinda.

─Querido Ermelindo. Un día fuiste al estanque con tus amigos. Yo estaba allí cuando tú encontraste una ranita coja, a la que curaste la pata. Yo soy esa ranita. Me convertiste en una princesa y tú eres mi príncipe. No importa que ya no volvamos a vernos, has cambiado mi vida. Los problemas, las dificultades, ya nunca me impedirán ser feliz, porque la bondad de tu corazón me enseño como serlo.

Un beso mi querido príncipe azul.

A Ermelindo, aquella carta también le cambió la vida.

Y vivió convencido de que algún día encontraría a Lucinda.

La bondad con la que tratas a una persona, es posible que sea el motor que cambie su corazón. Lo seguro es que esa bondad cambia el tuyo.

Texto: Jesús Muñiz González

Jesús

Un comentario sobre “La ranita coja.

  • el 3 de junio, 2019 a las 20:43
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    Hermoso cuento jesus deberia seguir escribiendo cuento o libro de cuento

    Respuesta

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