La prima Cecilia

La prima Cecilia siempre contestaba a sus cartas.

Una tarde de febrero, desapacible, su madre le dio un sobre cuando llego a casa después del colegio.

—Carta de tu prima Cecilia.

Con el sobre en una mano y el pan con chocolate en la otra, se sentó al calor de la estufa; enseguida rezongó su madre:

—Antes termina de merendar, que la vas a poner perdida de chocolate.

Masticó de prisa, impaciente por leerla. Se carteaban desde hacía algunos meses. Por las mañanas, después de la ducha, al mirarse en el espejo, le complacía que solo se conocieran por carta, pues el muchacho que estaba al otro lado, flacucho y desgarbado, con los ojos castaños empequeñecidos tras los gruesos cristales de las gafas, no era de los que gustan a las chicas. Y su prima era una belleza. No se cansaba de verla en aquella foto sobada mil veces: con la vigorosa trenza que recogía el pelo y luego se deslizaba sobre el  pecho, los ojos oscuros que miraban tan cálido y la boca grande, carnosa, abierta como una fruta jugosa. Soñaba con ella, tumbado en la cama, mirando el techo como si mirase al cielo.La prima Cecilia

Dando el último bocado, abrió el sobre cuidadosamente, procurando no romperlo y extrajo la hoja de papel cuadriculado, escrita a bolígrafo, con la unción de quien maneja algo sagrado. Sus ojos recorrieron, ágiles, las palabras escritas con letra grande y firme, una y otra vez, saboreando el momento glorioso en que le hablaban, susurrando en su oído mucho más de lo que el diccionario podía decir de cada una de ellas.

Al terminar se puso a contestarle, con las mejillas encendidas y las manos sudorosas, que de vez cuando secaba en la chaqueta. Las frases fluían rápidas, con soltura, sin pararse a pensar, como si alguien le dictara al oído; su entusiasmo se desbordaba como un río que ha sobrepasado los límites del cauce. Lo decía todo, dejaba toda su intimidad sobre el papel, se desnudaba sin pudor alguno: todas sus emociones, todos sus sentimientos, los vació allí, sin reserva. Al acabar respiró hondo, contempló las cuartillas escritas y se sintió mejor que nunca. Sin embargo, aquella carta nunca llegó a su destino.

La dejó sobre la mesa, reposando, cerró los ojos y volvió a verse en el espejo. Se encontró igual que siempre. Sus ojos no le revelaron cambio alguno.

No envió la carta. La guardó. Todavía la conserva.

Solo volvió a saber de ella años más tarde, cuando recibió la invitación para la boda.

 

Texto: Jesús Muñiz

La pasión y los problemas domésticos

2 comentarios en “La prima Cecilia

  • el 18/02/2020 a las 11:22 pm
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    Buenísimo !!

  • el 22/02/2020 a las 1:11 am
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    Uf que dolor habrá sentido cuando recibió esa noticias pero así es la vida al que saber perder

Los comentarios están cerrados.

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