La piedra angular

La piedra angular permanecía en silencio.

El resto de las piedras arrancaba chispas al rozarse unas con otras, en aquella aglomeración desordenada, a las afueras del campamento.

Habían llegado en la tarde, en un gran camión de transporte. Las dejaron allí amontonadas hasta el día siguiente.

Cuando se ocultó el sol el sueño se apoderó de todos los que habitaban el campamento.

Sólo las piedras y otros seres inanimados cobraban vida entonces.

Bueno, propiamente no era vida, era una situación indescriptible, sin una palabra que pudiera definirla en los sistemas de lenguaje humanos.

Aun sin lenguaje, las piedras se comunicaban a través de los sonidos, que el viento y el refresco de la noche, arrancaban de su estructura inerte.

Únicamente en aquellas circunstancias de yermo y lejos de estructuras orgánicas, podían manifestarse a su antojo.

La piedra angular ya estaba allí cuando llegaron las demás.

El conjunto de aquel abigarrado conjunto de adoquines rústicos la reconoció nada más verla. La delataba su gran tamaño y algunas inscripciones en la superficie exterior.

Claro que no todas la identificaban como tal.

Había allí otra piedra de buen tamaño que al percibir la presencia de la otra, bamboleando su base a un lado y al otro, expresó el equivalente a esta pregunta: “¿Quién es esa?”.

Algunas piedras se entrechocaron arrancando chispas y ruidos secos como risas de burla.

Parloteaban con ruidosa manifestación, tratando de entender como aquella piedra grandota podía preguntar tal cosa.

La algarabía fue enorme y hasta perdieron, en los roces sin concierto, alguna que otra esquirla de su canto afilado.

En el murmullo de roces que prosiguió, un grupo de igual tamaño y estructura, alcanzó a conseguir un discurso inteligible, como una letanía granítica:

“¿Es que no sabes adoquín atolondrado que es la piedra angular?”

La ignorante emitió un craqueo violento, seco y duro, como una tímida, aunque rotunda negativa: “¡No!”

Como si tratara de explicar que la ignorancia no era un crimen.

Entonces se entrechocaron unas con otras, solo para expresarle que: “algo así no podría explicarse tan fácilmente y que mejor esperase al día siguiente para entender la respuesta”.

Y sin darle más roce al enojoso asunto se dispusieron a celebrar la última noche en libertad, antes que aquellos humanos, las alinearan bien apretadas en muros, arcos y tabiques.

Y así transcurrió la noche y amaneció un nuevo día.

Al poco tiempo, un abigarrado grupo de aquellos seres tan conocidos de dos columnas irregulares, se acercó al cúmulo de piedras.

Tras interminables gorjeos en la jerigonza con que se entendían los humanos, se acercaron solemnes a la llamada piedra angular.

Una especie de gigante la levantó con gran cuidado y la depósito en un lugar señalado en el suelo.

Entonces golpearon repetidamente las extremidades superiores.

Después gritos, sombreros al aire, canciones y saltos, acompañados de sonidos varios, arrancados de los artilugios que algunos sostenían y soplaban o golpeaban con un trozo de madera.

Al fin todo volvió a quedar tranquilo.

Más tarde algunos bípedos, fueron colocando otras piedras justo empezando desde la piedra angular, a un lado y otro, luego encima una de otra, y así empezó a crecer el muro.

Se fue la luz y llegó la noche. Todos aquellos seres orgánicos se desvanecieron en las sombras y regresó el silencio.

El ignorante preguntón de la noche anterior entendía ahora porque  a la gran piedra que colocaron primero se la llamaba la piedra angular. Ella marcaba el comienzo de la construcción. Todas las piedras se alineaban con ella para edificar la estructura. Sintió un poco de envidia pétrea. Era importante ser la piedra angular. En ella se fundamentaba toda la construcción.

Durante muchos días, colocaron más piedras y progresaron los muros.

Cuando llevaban una buena parte del primer muro, iniciaron algo diferente.

Antes de seguir colocando piedras, levantaron una estructura de madera con forma de árbol. Seguidamente fueron poniendo piedras a un lado y otro, hacia lo más alto del arco.

Aquella otra piedra grande se había quedado muy silenciosa, sin ánimo para rozarse en la noche con sus iguales. Todos iban siendo utilizados menos ella.

Al día siguiente continuaron cubriendo la estructura que terminaba en un arco hasta que solo quedó un hueco en lo más alto.

Entonces alguien la levantó y la colocó en el hueco.

“¡Vaya! Al fin le encontraron un lugar”. Se encontraba justo en lo más alto, sintiendo la presión de las otras piedras a ambos lados.

Aquella noche la piedra angular, desde allá abajo, le hizo llegar un mensaje no verbal, que lo llenó de alegría: “Tú ahora también eres piedra angular, eres la clave, sin ti ese arco no se podría sostener”.

Y aquella piedra, que supo entonces que era clave, se sumió en el sueño de los siglos como todas las piedras, con el gozo de saber que ella también era la piedra angular allá arriba.

Texto: Jesús Muñiz González

La piedra angular

2 comentarios en “La piedra angular

  • el 27/04/2020 a las 10:40 pm
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    Buenas noche Dios le bendiga hermoso cuento gracias y que Dios bendiga tu energía y humor con tanto problemas siempre tiene entusiasmo para escribir hermoso cuento

  • el 29/04/2020 a las 4:35 pm
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    Como siempre superando. La escritura !!!muy buen cuento ..felicidades !!graciass

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