La pasión y los problemas domésticos

La pasión y los problemas domésticos no siempre son lo que parecen.

Bajó corriendo las escaleras y entró. Miró en derredor tratando de encontrar al tuerto. El lugar estaba abarrotado. Humo de cigarrillos, risotadas, entrechocar de jarras y vasos se mezclaban. Se acercó al mostrador y pidió vino. Indagó entre los rostros, inútilmente.

De pronto alguien rasgó una guitarra con las notas vibrantes de la jota y una muchacha de excitantes redondeces saltó ágil sobre una mesa.

Comenzó a bailar. Alguien subió para completar la pareja.La pasión y los problemas domésticos

Entonces, en lo alto de la escalera apareció el tuerto, restalló el látigo cruzando la cara del improvisado bailarín y la mujer se volvió temblando.

Todas las voces cesaron de inmediato y el silencio fue más espeso que la niebla que invadía la taberna.

El que había entrado un poco antes dejó su vaso de vino sobre la mesa y, golpeando con sus botas sobre la madera del envejecido suelo, subió las escaleras hasta la altura del tuerto, se paró ante el, le miró al ojo sano y tras unos instantes de tensión en los que nadie se atrevió a respirar, habló en voz bien alta, que nadie pudo dejar de oír.

Tu mujer me manda decirte que te has ido sin cortar la leña y que eso es algo que la enfada mucho. Qué ya puedes darte prisa en volver con todos los encargos que te encomendó, que nada de pararte en la taberna y que no te olvides de cómo perdiste el ojo.

 

Texto: Jesús Muñiz

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