La niña de los tres maridos

La niña de los tres maridos es el cuento que nos tenía preparado Emilia para contar.

Emilia es una persona entrañable, frágil como un vaso de cristal, Dulce en su mirada y acogedora en su sonrisa.

Con su voz de mezzosoprano empezó la narración de la niña de los tres maridos.

En el comienzo de la historia aparece un padre que tenía una hija muy hermosa, tan bella como terca y decidida. Esto a su progenitor no le parecía mal.

De la madre no se sabe nada, por lo que se deduce que sería una discreta ama de casa sin afán de protagonismo.

Un día de primavera se presentaron tres jóvenes, bellos como un sueño romántico, de mirada tierna y voz temblorosa.

Para asombro del señor de la casa, los tres le pidieron la mano de su hija.

El padre habló con cada uno de ellos.

Conversó con cada uno a conciencia, hasta quedar convencido de sus cualidades para yernos. Así pues les dio permiso para que cortejaran a su hija y que ella decidiera a cual quería para marido.

La niña los conoció durante la primavera y el verano, y en el otoño dijo a su padre que quería a los tres.

El buen padre, armado de paciencia le habló a su hija.

—Hija mía, comprende que eso es imposible. Ninguna mujer puede tener tres maridos.

—Pues yo elijo a los tres —contestó la niña tan tranquila y tozuda como siempre.

El padre volvió a insistir:

—Hija mía, ponte en razón y no me des más quebraderos de cabeza. ¿A cuál de ellos quieres que le conceda tu mano?

—Ya te he dicho que a los tres —contestó la niña. Y no hubo manera de sacarla de ahí.

El padre se quedó dando vueltas en la cabeza al problema, que era un problema tridimensional.

A fuerza de estrujarse la sesera, se le ocurrió una solución muy del estilo de los padres que tienen que elegir pretendiente para la hija. Encargó a los tres jóvenes que se fueran por el mundo a buscar una cosa que fuera única en su especie. Aquel que trajese la mejor y la más rara, se casaría con su hija.

Los tres jóvenes se echaron al mundo a buscar y decidieron reunirse un año después a ver qué había encontrado cada uno.

Por más vueltas que dieron al globo terráqueo, ninguno acabó de encontrar algo satisfactorio. Al cumplirse el año se pusieron en camino hacia el lugar en el que se habían dado cita.

El primero en llegar se sentó a esperar a los otros dos. Mientras esperaba, se le acercó un viejecillo que le preguntó si quería comprar un espejito.

Era un espejo vulgar y corriente y el joven le contestó que no, que para qué quería él un espejo tan mediocre.

Entonces el viejecillo le explicó que el espejo tenía una virtud. En él se veía a la persona que su dueño deseara ver. El joven hizo una prueba y vio que era cierto. Muy contento se lo compró sin rechistar por la cantidad elevada que le pidió.

Al que llegaba en segundo lugar le salió al paso el viejecillo y le preguntó si no querría comprarle una botellita de bálsamo.

— ¿Para qué quiero yo un bálsamo si en todo el mundo no encontré lo que estaba buscando?

Y el viejecillo le explicó:

—Ah, pero es que este bálsamo tiene una virtud, que es la de resucitar a los muertos.

En aquel momento pasaba por allí un entierro. El joven, sin pensárselo dos veces, se fue a la caja y echó una gota del bálsamo en la boca del difunto. Apenas la tuvo en sus labios, se levantó, se echó al hombro el ataúd y convidó a todos los que seguían el duelo a una merienda en su casa.

Visto lo cual, el joven le compró al viejecillo el bálsamo por la cantidad desorbitante que éste le pidió.

Entretanto, el tercer pretendiente, paseaba meditabundo a la orilla del mar. Pensaba que los otros habrían encontrado algo donde él no encontrara nada.

En esto vio llegar sobre las olas una barca que se llegó hasta la orilla y de la que descendieron numerosas personas.

La última de esas personas era el viejecillo que se acercó a él y le preguntó si quería comprar aquella barca.

—¿Y para qué quiero yo esa barca si está tan vieja que ya sólo ha de valer para hacer leña?

—Pues te equivocas —dijo el viejecillo—, porque esta barca puede llevar en muy poco tiempo a su dueño y a quienes le acompañen a cualquier lugar del mundo al que deseen ir. Pregunte a estos pasajeros que han venido conmigo, que hace tan sólo media hora estaban en Roma.

El joven habló con los pasajeros y descubrió que esto era cierto, así que le compró la barca al viejecillo por la enorme cantidad que éste le pidió.

Conque al fin se reunieron los tres en el lugar de la cita, muy satisfechos. El primero contó que traía un espejo en el que su dueño podía ver a la persona que desease ver. Para probarlo pidió ver a la muchacha de la cual estaban los tres enamorados. Cuál no sería su sorpresa cuando vieron a la niña muerta y metida en un ataúd.

Entonces dijo el segundo:

—Yo traigo aquí un bálsamo que es capaz de resucitar a los muertos. Claro que de aquí a que lleguemos ya estará, además de muerta, comida por los gusanos.

Y habló el tercero:

—Pues yo traigo una barca que en un santiamén nos pondrá en la casa de nuestra amada.

Corrieron los tres a embarcarse y enseguida echaron pie a tierra muy cerca del pueblo de la niña y fueron en su busca.

Ya estaba todo dispuesto para el entierro. El padre, desconsolado, aún no se decidía a cerrar el ataúd y dar la orden de enterrarla.

En ese instante llegaron los tres jóvenes y fueron a donde yacía la niña. Se acercó el que tenía el bálsamo y vertió unas gotas en su boca. Apenas las tuvo sobre sus labios, la niña se levantó feliz y radiante.

Todo el mundo celebró con alborozo la acción del pretendiente. Al momento decidió el padre que éste era el que debería casarse con su hija.

Claro que los otros dos no se quedaron tan conformes y protestaron como si el árbitro les hubiera pitado un penalti injustamente.

El primero dijo:

—Si no hubiese sido por mi espejo, no hubiéramos sabido del suceso y la niña estaría muerta y enterrada.

A continuación habló el de la barca:

—Si no llega a ser por mi barca, ni el espejo ni el bálsamo la hubieran vuelto a la vida.

Conque el padre, con gran disgusto, se quedó de nuevo meditando cuál habría de ser la solución. Y la niña, dirigiéndose a él, le dijo entonces:

  • ¿Lo ve usted, padre, cómo me hacían falta los tres?

Y he aquí lo que ocurrió mientras el atribulado padre pensaba y pensaba.

Los tres jóvenes se hicieron amigos y decidieron irse a recorrer mundo en la barca, viendo todo lo que quisieran con el espejo o resucitando algún muerto para consuelo de los vivos.

El viejecillo, con la fortuna conseguida se aseguró una vejez tranquila. Y aún pudo ayudar a algunos miembros de su familia que estaban en el paro.

La niña de los tres maridos se quedó soltera. Cabezona se pasó la vida suspirando por los tres maridos que nunca tuvo. Y de ahí el refrán de “la que quiere tres maridos ninguno ha de tener”.

 

Texto: Jesús Muñiz

La niña de los tres maridos

2 comentarios en “La niña de los tres maridos

  • el 09/08/2020 a las 3:20 am
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    Que hermoso cuento así dicen aquí en mi país el que mucho abarca poco aprieta si quería lo tres marido no tuvo ninguno y se queda sola o sola y por eso hay mucha mujeres Solá porque tenía su marido y su marido tenía mucha y al finar se quedan solo

  • el 12/08/2020 a las 6:07 pm
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    Muy bonito cuento!!

Los comentarios están cerrados.

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