La muñeca de dulce

La muñeca de dulce es el cuento que le correspondió a Alberto. Este es un compañero que llegó hace poco a nuestro grupo.

Tiene sus peculiaridades, a veces parece la persona más humilde y otras la más soberbia.

Igual te dice que él no sabe nada, como de pronto te suelta una sentencia como si solo el tuviera la verdad en el pensamiento.

Por eso no es de extrañar que en su cuento aparecieran alguna de sus peculiaridades aunque no estaban en el cuento.

Porque el siempre interpreta la realidad a su manera.

Así que no dispusimos a escuchar esto de la muñeca de dulce.

Érase una vez un rey que sólo tenía una hija y la reina también, claro.

Los reyes y la princesa solían pasear por los alrededores del palacio casi todas las tardes y en uno de sus paseos se encontraron con una gitana que se ofreció a leerle la buenaventura a la princesa.

Después de mirar la mano de la princesa, la gitana les advirtió que se cuidaran mucho del día en que cumpliera los dieciocho años alguien la mataría.

Los reyes se inquietaron con la profecía y resolvieron enviar a la princesa a un castillo, al cuidado de un ama con una hija de la misma edad que la princesa.

¿No hubiera sido mejor que sus padres cuidaran de ella?

Allí vivieron las tres contentas, sin preocupaciones y pasó el tiempo hasta que se acercó la fecha en que la princesa debía cumplir los dieciocho años.

Un día la princesa asomada a una ventana del castillo vio que de una cueva no lejana salían cuatro hombres y decidió averiguar qué hacían allí.La muñeca de dulce

Como era bastante traviesa y un poco cabeza loca, buscó una cuerda, se descolgó de la ventana al suelo y se encaminó a la cueva.

Allí vio que sólo había un muchacho que estaba cocinando.

Enseguida se dio cuenta que era una cueva de ladrones y el muchacho hijo del capitán.

Entonces esperó a que el muchacho saliera y tiró toda la comida que había preparado al suelo, puso patas arriba todo lo que había en la cueva y se volvió al castillo.

En vista de lo sucedido, los ladrones dejaron a uno en la cueva vigilando.

La princesa contó a la hija del ama lo sucedido y determinaron acudir a la cueva las dos juntas.

Conque llegaron a la cueva el ladrón las estaba esperando.

La muñeca de dulceLas recibió muy cordial y se ofreció a enseñarles la cueva.

La princesa adivino que el ladrón llevaba malas intenciones y le dijo:

—Con gusto, pero antes vamos a poner la mesa y a probar ese guiso que tenéis ahí.

El ladrón se entretuvo en poner la mesa y mientras las muchachas escaparon, volvieron al castillo y el burlador quedó burlado.

En vista de lo cual, al otro día decidió quedarse en la cueva el capitán de los ladrones. Llegó la princesa sola y el capitán la atendió muy galante y le propuso enseñarle toda la cueva hasta donde guardaban sus tesoros.

La princesa le dijo:

—Luego lo veremos, pues ahora lo que quiero es mostrarte mi castillo.

El capitán pensó que sería una buena ocasión de conocer el castillo para volver luego a robar y decidió acompañarla.

Como la princesa entraba y salía a escondidas de los guardianes y de los criados, cuando llegó al pie del castillo empezó a trepar por la cuerda y le dijo al capitán que la siguiera.

Este empezó a subir detrás. Cuando la princesa alcanzó la ventana, cortó la cuerda y el capitán se pegó un trastazo morrocotudo.

A duras penas pudo regresar a la cueva jurando vengarse.

Entonces la princesa se disfrazó de médico y fue a la cueva para ofrecer sus servicios.

Los ladrones la llevaron para que atendiera al capitán.

Cuando estuvo a solas con él, le dio unas friegas con ortigas que lo dejaron más escocido que un turista al sol.

Y al marcharse le dijo:

—¡Yo soy Rosa Verde, para que te acuerdes!

Unos días más tarde se disfrazó de barbero y fue a la puerta de la cueva a ofrecer sus servicios.

El capitán llevaba varios días sin moverse de la cama y tenía ya la barba muy crecida, así que la hicieron pasar.

La princesa lo enjabonó y afeitó con una navaja de afeitar mellada. Le dejó la cara como si se la hubiera restregado con una planta de tojo.

Y al marcharse le dijo:

—¡Yo soy Rosa Verde, para que te acuerdes!

Al cabo de una semana, al cumplir dieciocho años, sus padres la fueron a buscar para celebrar el cumpleaños bien custodiada por los guardias de palacio.

Entonces llegó al palacio el capitán de los ladrones disfrazado de caballero y pretendió la mano de la princesa.

Los padres la llamaron y ella, que reconoció al capitán, dijo que sí, que se casaría con él.

Y se celebró la boda enseguida.

La princesa de verdad se había enamorado del capitán, aunque sabía que él había ido para vengarse.

Mandó al confitero de palacio

La princesa, que sabía que el capitán había vuelto para vengarse y recelaba de él, mandó al confitero de palacio hacer una muñeca de dulce que fuera una réplica exacta de ella.

Cuando llegó la hora de acostarse, acostó la muñeca de dulce.

Ató una cuerda a la cabeza para que dijera sí o no según ella deseara y se metió debajo de la cama a esperar.

Luego le gritó al capitán:

—¡Ya puedes pasar!

Entró el capitán cerrando la puerta detrás de sí con cerrojo, se acercó a la cama y dijo:

—¿Te acuerdas, Rosa Verde, de que nos esparciste la comida por la cueva?

La muñeca de dulce asintió con la cabeza.

—¿Te acuerdas, Rosa Verde, de que me tiraste del castillo abajo?

La muñeca de dulce volvió a asentir.

—¿Te acuerdas, Rosa Verde, de las friegas de ortigas que me diste?

Y otra vez asintió la muñeca de dulce.

—¿Te acuerdas, Rosa Verde, del barbero que me arruinó la cara?

Y por cuarta vez asintió.

—Pues ahora vas a morir —y la muñeca negó con la cabeza.

Entonces el capitán sacó su puñal del cinto y se lo clavó en el corazón.

Al instante saltó un chorro de almíbar a la cara del capitán, éste creyó que era la sangre y al sentir que era tan dulce, exclamó:

—¡Ay, mi Rosa Verde! ¡Que yo no sabía que fueras tan dulce y me pesa haberte matado! ¡Ahora me doy cuenta que en realidad te quería! —y lo decía lleno de sincero dolor.

Entonces la princesa salió de debajo de la cama, se abrazó a él y le dijo:

—Eres mi marido y te perdono si tú olvidas lo que te hice.

Naturalmente él estuvo de acuerdo, volvieron a abrazarse para hacer las paces y se comieron la muñeca de dulce.

A consecuencia de ello sufrieron una indigestión que los tuvo en cama unos cuantos días.

La gitana tenía razón pues su esposo mataba a la princesa todos los días…¡A besos!

 

Jesús Muñiz G.

La muñeca de dulce

Un comentario en “La muñeca de dulce

  • el 08/01/2021 a las 8:23 pm
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    Que bonito cuento,y que (dulce)..muy astuta la princesa!!

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