La mariña lucense

La mariña lucense es la oferta que tenemos de viajar después de dos años.

Salimos puntuales, con dos pequeñas paradas en el camino para recoger más viajeros.

La guía nos habla de la conveniencia de instalar una aplicación para leer el código QR.

Esto da lugar a conversaciones muy entretenidas.

Una de las frases más sabrosas: “Se nos van a estropear las neuronas con tantas novedades”, nos suelta la risa silenciosa en la intimidad del asiento.

La primera parada técnica es Guitiriz, provocando las colas en los aseos femeninos.

Hay tiempo para un café, paseo breve y a seguir.

Llegamos a Viveiro a las 13,30 y nos dan una hora libre.

Estiramos las piernas caminando hasta el puente, para cruzar después una de las puertas de la antigua muralla.

Se pone en marcha la fabricación de jugos gástricos contemplando las tentaciones pasteleras.

Resistimos como héroes troyanos el acoso de las exquisiteces enchocolatadas y nos vamos al bus.

Nada más llegar al hotel, derechitos al comedor, sin bajar las maletas.

Unos callos caldosos con garbanzos aquietan nuestro excitado intestino.

Después de pelear con un delgado filete con patatas, rematamos con una “contessa”, que alivia nuestra ansiedad chocolatera.

Tras un descanso de hora y poco, vuelta al bus para pasear de nuevo por Viveiro, acompañados de la guía.

Entramos en el museo adosado a una iglesia del XVIII. Las vitrinas encierran “pasos” de Semana Santa.

Luego un breve paseo hasta una iglesia románica y un convento de Clarisas, para terminar ante la puerta de la muralla que cruzamos por la mañana.

Nos queda tiempo libre para tomar una 1906 en la plaza mayor, delante de la estatua de D. Nicomedes Pastor Díaz, ilustre hijo de la ciudad, ahora mirador de palomas.

Al atardecer regresamos al hotel, para un ligero descanso antes de la cena.

Un menú muy saludable, con menestra de verduras, y un pescado, que la camarera bautiza como mero, con patata cocida.

Yo me quedé con la duda existencial: ¿Es un mero pescado ó un pescado mero?

Bueno, la tarta de postre, sí es de chocolate.

Tras una corta sobremesa, buscamos el merecido descanso de nuestro primer día de viaje por la mariña lucense.

Lourenzá y San Cibrao, Cederia y Ortigueira, es nuestro menú para hoy.

La puntualidad funciona, así que salimos en hora, directos a Lourenzá, a donde llegamos en menos de una hora.

Nos espera una guía delante del ayuntamiento, antiguo monasterio, junto a la iglesia.

Nos cuenta una larga historia de un noble que se fue a luchar a tierra santa y entretanto le mataron al hijo y la esposa.

Yo oía muy mal, así que me desentendí de escuchar.

La iglesia no me pareció muy interesante, aunque es sorprendente que en pueblos tan pequeños, ahora, existan construcciones tan grandiosas.

La historia enaltece a los humildes y olvida a los orgullosos.

Después de los siglos solo queda en pie el arte, la grandeza está en los que construyeron.

En la actualidad en estos pequeños pueblos reina la tranquilidad y esto es mejor que la grandeza de antaño.

Seguramente son más felices y más libres, aunque el poder no sea grande.

Detrás del altar mayor está el sarcófago que el conde Osorio trajo de Oriente para ser enterrado en el.

De Lourenzá nos vamos a San Cibrao, muy cerquita, con hermosas playas apacibles y un faro que domina desde un pequeño promontorio el mar.

Las rocas, la arena, el sol, nos envuelven como en un abrazo cálido, blandito, haciendo que la mañana luzca lozana y hermosa.

Desde ahí, el bus nos traslada al hotel para la comida.

Por la tarde, hay tiempo para la siesta en ruta hacia Cedeira, que ya no es mariña lucense.

Cruzando el puente sobre el río, hacemos la visita con nuestra guía. Al regreso, por otro puente, se puede ver una placa que marca el final del río y el comienzo de la ría.

Ahora el bus nos lleva a Ortigueira.

En el prado, junto al muelle deportivo, podemos contemplar a contraluz la estatua del gaitero, que todos se disputan para hacer la foto.

Algún dia buscaré por qué a mucha gente le gusta fotografiarse con estatuas anónimas.

No en vano aquí se celebra un festival de música celta. Aunque en el mundo celta no se tenga a Galicia en esa consideración.

Será porque aquí se toca otra gaita.

Después la puesta de sol da para muchas más fotos que nos recordarán un bello atardecer.

Se regresa al hotel a punto para la cena.

El lecho es la justa y amable recompensa para un buen día de paseo.

Mondoñedo y su catedral nos esperan.

Salimos con la fresquita hacia la capital de la mariña central, bajo nubes negras que no presagian precisamente un paseo soleado.

Enseguida vamos a la catedral.

La mariña lucenseTras los arreglos oportunos, hacemos la visita provistos de audioguías, o del móvil con el audio guía que proporciona el código QR, como es mi caso.

La visita de este modo es muy agradable, porque vas a tu aire, escuchando las explicaciones precisas de la grabación.

Lo que más me llama la atención es la girola con cuatro capillas que no circunvalan el altar mayor, pues se sitúan en línea recta.

El altar mayor no se puede ver, plagado de andamios y obreros trabajando.

Después de la catedral seguimos a la guía por el barrio de “Os Muiños”. Aquí está el puente “Do Pasatempo”, donde se “entretuvo” a a la esposa del Mariscal Pardo de Cela, que llevaba el indulto para su cónyuge.

Así se dieron tiempo para decapitarlo.

Nos espera el autobús para llegar al restaurante junto a la playa de “Augas Santas” más conocida como de las catedrales.

Hay que comer temprano para visitar la playa con la marea baja.

El restaurante muestra una espléndida vista.

Nos sirven un sabroso arroz caldoso que invita a repetir.

Después lubina a la espalda para rematar con una tarta de chocolate sobre mouse de limón.

La playa de las Catedrales está lista para recibirnos.

Tras una cola que va ligera, descendemos por la escalera de acceso a la playa.

Hay bastante gente.

Me descalzo para sentir la arena húmeda, mientras me invade la belleza del entorno.

Impresiona como los elementos naturales han esculpido en la roca las arcadas góticas.

Cuando la marea comienza a subir más de uno se lleva un susto cuando la ola lo lanza sobre la arena. Menos mal que no es sobre la roca.

Pienso que después de todo, aunque las otras catedrales se tardan algunos siglos en construir, van más rápido que estas a golpe de viento y agua.

Sanos y salvos, algunos más mojados que otros nos vamos hacia Ribadeo, nuestro último destino de hoy.

El último pueblo de la Comunidad gallega, haciendo frontera con Asturias muestra la belleza de su ría para recreo de la vista y paz del espíritu.

Contemplar la ría de Ribadeo, tan apacible, después de haber experimentado la violencia de las olas, considero cuantos siglos tardará la naturaleza en derribar las catedrales de la playa para transformarlas en arena.

Atardeciendo regresamos al hotel, con tiempecillo para descansar antes de la cena.

Esta mezcla de arte y belleza natural muestra el hermoso rostro de una humanidad en armonía con la naturaleza.

Y con ese pensamiento me entrego al sueño reparador del ajetreo turístico.

Y para comer bien Lugo.

Pero no vamos a comer.

Madrugamos un poquito más para desplazarnos hasta la joya de la Corona.

La capital nos espera, orgullosa con su corona de piedras milenarias, que algunos llaman murallas.

Cuando salimos el día se nos muestra indeciso, obligándonos a tomar precauciones.

Sin embargo, después de algo más de una hora en carretera, la ciudad sonríe tímidamente iluminada por un sol tibio.

El bus se queda en la estación de autobuses, donde nos espera un amable y sonriente guía, de nombre Sergio y procedencia sevillana, que no se nota en el acento, pero si en la gracia.

Nada más salir de la estación nos muestra la antigua cárcel ahora convertida en museo.

¡Qué bueno seria que todas las prisiones se transformaran en museos!

Desde la plaza Mayor nos guía alrededor de la catedral, con palabra fácil, anécdotas graciosas y datos interesantes.

Nos encaminamos hacia la puerta de Santiago, con rampa de acceso a la muralla, la ruta del colesterol, pues en sus algo más de dos kilómetros de perímetro, algunos aprovechan para desechas las calorías sobrantes.

En Lugo es tan apetecible la comida, que es fácil aumentar kilos a poco que sucumbas a la tentación de probar los buenos productos de la tierra.

La visita se nos pasa en un vuelo, con Sergio de un lado a otro subrayando los pequeños detalles que le dan un encanto especial al arte.

En el tiempo libre podemos entrar un momentito en la catedral para respirar ese ambiente de paz que los siglos han construido con el trasiego de fieles, o de simples visitantes, porque tras estos muros de piedras seculares, todo se apacigua en el silencio y la penumbra.

Pasear por las calles enlosadas de Lugo es un privilegio, la piedra de las calles y edificios nos transmite seguridad.

Se preparan las fiestas de la ciudad, para el día cinco de octubre, se engalana con luces y el pulpo se huele en el ambiente.

Yo creo que un pueblo que festeja como Lugo, da esperanza, no hay quien pueda con la gente que celebra la vida con esta alegría.

Con algo de nostalgia llega el momento de regresar al hotel para la comida.

Por la tarde es tiempo libre para pasear por el entorno.

Contemplar la pequeña capilla silenciosa, observar al perro anciano que le cuesta levantarse, los manzanos rebosantes, la hierba de un verde brillante.

Ahora me explico por qué las vacas son apacibles y tienen una mirada tan tierna.

Unos y otros, los compañeros del bus, pasean contagiados de la calma del ambiente, con paso tímido y silencioso, compartiendo recuerdos y experiencias.

Ya refresca y hay que buscar refugio en el hotel. Un pequeño descanso antes de la última cena.

Por la noche ponen música en el salón Marilyn para bailar, pero nadie acude, o por cansancio o por falta de información.

El baile se lleva dentro, con los días disfrutados en el primer viaje después de dos años de encierro obligado.

Algo vamos aprendiendo, y es a ser más cuidadosos, con los demás y por lo tanto con uno mismo.

Es posible que este aislamiento forzoso, nos haga mejores compañeros de viaje en el futuro.

O fuciño do Porco.

Salimos un poco mas tarde para nuestra última excursión, que hoy es  contemplativa.

Nos acercamos a “O fuciño do Porco”, llamado así por los marineros, ya que el acantilado, desde el mar, parece eso, el morro de un marrano.

El bus nos lleva hasta el inicio de la ruta, algo más de kilómetro y medio por camino de tierra, y luego sendero de piedra con barandilla de madera.La mariña lucense

Como tengo vértigo me armo de valor para los 400 metros sobre el abismo, serpenteando las rocas.

El panorama espectacular sobrecoge y me tiemblan las piernas.

La naturaleza me dice que para obtener la belleza hay que ser generoso en el esfuerzo.

Quienes han optado por la vida contemplativa te lo pueden decir: dificultades todas y alguna más. La compensación supera el trabajo.

Así pues, cansados y sudorosos, pero con la sonrisa florida regresamos al hotel para la última comida.

Curioso, aunque no es “fuciño” algo de puerco hay en la comida.

Con las maletas a bordo, el bus salta sobre el asfalto de regreso a casa.

Al llegar a destino, en las despedidas hay mucho de vivencias compartidas que llenan el corazón.

Se nota el cansancio de este primer viaje, porque el lecho me abraza con una ternura exquisita, para disfrutar de un sueño profundo.

Al despertar llegan los problemas: no tengo internet, ni datos móviles.

Tras una llamada, poco a poco todo vuelve al orden. El móvil por lo menos ya va.

Ahora a rumiar despacito los recuerdos y volver al trabajo, a la actividad, a la vida ordinaria, que es la más abundante y sabrosa, al menos yo no me canso de vivirla.

La mariña lucense nos deja posos de arena, de mar brava y escultora, de arte en las iglesias, escondido en el silencio.

Y los posos, dicen, que son buen abono, en este caso para que florezcan los recuerdos.

 

La mariña lucenseJesús Muñiz González

Un comentario en “La mariña lucense

  • el 05/10/2021 a las 3:51 am
    Permalink

    Muy bonito cuento los paseo entre amigo se disfrutan mucho un café un té y mucho mas

    Respuesta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: