La mancha

La mancha siempre estaría allí, aunque solo en mi recuerdo.

El sábado por la mañana nos fuimos a ver la casa.

Habíamos quedado con el hombre de la agencia a las once, el día era espléndido y el otoño se mostraba con alegre sonrisa multicolor en la vista que se nos ofrecía a ambos lados de la carretera.

Tardamos algo menos de una hora en llegar a donde nos esperaba el vendedor. La casa se hallaba en las afueras, algo alejada del resto de las viviendas, tal como deseábamos. De una sola planta, en piedra, disponía de un gran salón comedor, con chimenea, la cocina, un servicio con ducha, tres dormitorios, el principal con baño.

En el salón, junto a la chimenea, una mancha afeaba la pared. Estaba oscuro y no le dimos importancia. Toda la casa necesitaba una buena mano de pintura.

Aunque el precio no era malo, Anabel, mi esposa, especialista en rebajas, obtuvo un sustancioso descuento haciendo hincapié en que la casa necesitaba algunas reparaciones de las que nos hacíamos cargo. Se llegó a un acuerdo y al fin tuvimos nuestra casa, con una buena finca además.

Decidimos aprovechar un fin de semana para darle un buen lavado a las paredes y si nos alcanzaba el tiempo, una primera mano de pintura.

El sábado bien temprano, cargamos todo lo necesario en el coche y allá nos fuimos. Nos repartimos el trabajo: Anabel se adjudicó la cocina y el salón y yo las habitaciones y los baños.

Después de una mañana laboriosa, nos disponíamos a devorar los bocadillos, sentados en el piso del salón, sobre papel de periódico, agotados y hambrientos. Las paredes relucían como si fueran de nácar.

Tras el almuerzo, Anabel se adormiló y como refrescaba me hizo ilusión encender la chimenea. Al rato algunos troncos de roble chisporroteaban alegres y se agradecía el calorcillo.

Contemplando el atrayente bailoteo de las llamas me sorprendió volver a ver la mancha, que ahora destacaba con mayor claridad al secarse la pared. Desperté a Anabel y se la señalé.

-Mira, la mancha se te ha resistido.

-Juraría que había desaparecido por completo.

-Es posible. Quizá es una filtración a causa de la humedad y no se va con un simple lavado. Con la pintura ya no se verá.

Al día siguiente comenzamos a pintar y efectivamente, la mancha desapareció.

Sin embargo, cuando volvimos a la semana siguiente para rematar la faena, la mancha del salón seguía allí. Hasta parecía más grande y oscura. Le dimos una segunda mano, fue inútil. Consultamos con un amigo, experto en humedades. Nos aconsejó que dejásemos que la mancha saliese del todo, hasta que notásemos que se estancaba y no crecía ni se oscurecía más. Ese sería el momento para limpiar la pared y pintar de nuevo. Colocamos un mueble para no verla e intentamos olvidar su existencia.

Pasado algún tiempo me pareció que la mancha se había extendido más de lo que el mueble disimulaba. Lo retiré para verla completa y quedé estupefacto. Llamé a Anabel. Ella dio un grito al ver lo mismo que yo. Ya no se trataba simplemente de una mancha: las distintas tonalidades grises sobre la pared mostraban ahora figuras humanas. Era como el negativo borroso de una fotografía antigua.

Pensamos que se podía tratar de unas manchas como las que habían aparecido en una casa de Bélmez que salió en la tele. Me acordé de Silvio, un compañero del colegio, una especie de genio de la química, al que le encantaba la fotografía, sobre todo los misterios y que trabajaba en la UPC.

A los pocos días Silvio vino a nuestra casa y se entusiasmó al ver la mancha. Nos llenó el salón de aparatos rarísimos, pero no conseguíamos arrancarle una palabra. Tuvimos que soportar una situación extraña, con el salón convertido en una especie de laboratorio. Cuando ya estábamos a punto de estallar nos dijo que todo había terminado, retiró todos los aparatos y se fue sin decir nada. Días más tarde nos invitó a comer en un restaurante y allí nos lo contó todo.

-Lo primero es agradeceros vuestra paciencia y generosidad por invadir vuestra casa durante este tiempo. Se perfectamente cuantas molestias os he causado. Desde luego, ya desde ahora os aseguro que vuestra casa quedará arreglada a vuestra entera satisfacción. Ahora que está todo aclarado, me encargaré personalmente.

Habíamos tenido paciencia, pero ahora Silvio me empezaba a impacientar.

-Vale, vale, pero ¿qué pasa con la mancha?

-La mancha de vuestro salón ha sido un verdadero milagro. Y todo se debe al hormigón. En toda esta zona las casas se hacen de piedra y se levanta una pared interior de ladrillo, dejando una cámara de aire. Pero en este caso no ha sido así. Quién la construyó tuvo el capricho de hacer la pared interior en hormigón, convirtiendo la casa entera en una especie de refugio antiaéreo, resistente a todo, incluso a las comunicaciones. Gracias a eso hemos podido resolver uno de esos casos que se quedan archivados sin solución.

Hace algún tiempo apareció asesinado un hombre en esta zona. Las sospechas inmediatamente recayeron en su esposa. El la maltrataba y se supuso que la pobre mujer se había tomado la justicia por su mano. Pero tenía una coartada perfecta, en el momento del crimen se encontraba en el hospital, precisamente a causa de una paliza. Todas las investigaciones fracasaron. Uno de tantos casos sin resolver.

-¿Y que tiene que ver la mancha con todo esto?

-Pues mucho. Lo tiene que ver todo. Esa mancha en realidad es lo que parece: el negativo de una fotografía.

-¿Qué?

-Si, comprendo tu extrañeza, pero a veces la naturaleza nos sorprende con su magia. No me voy a extender en explicaros que la humedad produce en el hormigón algunas reacciones químicas sorprendentes. Esto unido a la forma en que esta hecha la casa, la convierten en una perfecta cámara oscura. La noche en que se cometió el asesinato había una gran tormenta. Un relámpago en el momento justo hizo posible que la pared de hormigón actuará como la película de una cámara fotográfica y la escena que aquí se desarrollaba quedó impresionada.

-Eso es increíble.

-Si, lo es, pero aún lo es más que la escena que tenía lugar en ese momento, en el salón de vuestra casa, era el asesinato de ese marido maltratador. Esa mancha nos ha revelado la identidad del asesino, un médico del hospital que atendió a la esposa y que indignado quiso hacer justicia. Al verse descubierto ha confesado. Nos ha dicho que no pretendía matarlo, solo darle una buena lección, pero se le fue la mano.

Algún tiempo después, sentados en un sofá de nuestro salón ya reparado, mientras contemplábamos embelesados el bailoteo de las llamas en la chimenea, se hizo de pronto un silencio y observé que Anabel miraba fijamente al lugar donde antes estaba la mancha.

-¿En que piensas?

Me miró con una sonrisa tan seductora como divertida.

-En que si algún día decidiera matarte no lo haría ni en este salón ni en una noche de tormenta.

-¿Ah, si? Pues yo he decidido matarte ahora mismo.

Y comencé a matarla poquito a poco, beso a beso.

 

Texto: Jesús Muñiz

La mancha

2 comentarios en “La mancha

  • el 26/03/2020 a las 6:17 pm
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    Muy Buen relato

  • el 27/03/2020 a las 2:02 am
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    Hermoso cuanto un poco triste los maltrato hacen mucho daño te felicito Jesús por su cuento

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