La luz junto a la puerta de oro

Desde la ventanilla del avión Dora observa la línea azul del Hudson y siente un escalofrío. Por un momento le parece que es ella quien se oculta en el fondo y no el arma que lanzó a sus aguas. Le consuela saber que el revólver hundido en el río no ha quitado una vida. Vuela de regreso a la patria, a su tierra, a su hogar. Libre, sin lastres en su conciencia se abre una esperanza en su corazón. Su amada Irlanda, Waterford, la vieja casa familiar, el mar rompiendo en los acantilados, la lluvia cayendo mansa tras las ventanas, las calles relucientes, la campiña de un verde brillante, son imágenes entrañables que le arrancan un suspiro. Cierra los ojos y sus pensamientos la llevan a unos días atrás, a las ocho de una mañana en su trabajo, al día que marcó el antes y el después de su vida, cuando el psicólogo de la empresa la llamó a su despacho…

En el rotulo de la puerta se leía: Víctor K. H. psicólogo. Golpeó con los nudillos. Una voz melosa de serpiente respondió.

-Adelante.

-Con permiso.

-Siéntate, por favor ¾-le llegó su mirada fría desde el otro lado de la mesa, mezclada con un esbozo de sonrisa¾-. Un segundo ¾-descolgó el teléfono y tecleó un nueve¾-. Eva, por favor, que nadie me moleste, no pase llamadas hasta que le avise.

Tras un incómodo silencio, continuó:

-Dora, espero que tú y yo podamos tener una conversación civilizada esta mañana.

Ella se limitó a mirar a su interlocutor tras las diminutas gafas, con los labios apretados, mientras palpaba su bolso con un gesto imperceptible.

-La Net White quiere que te felicite por tu trabajo, tu eficacia y responsabilidad.

Su cara permaneció hermética. Él no podía soportar su mirada de acero y bajó la vista hacia el monitor. Allí estaba su ficha: Dora Quigley, nacida el 11 de septiembre de 1951, Irlandesa. Técnico en redes, bases de datos, programadora en lenguajes de alto nivel…

En la foto lucía una atractiva melena. Ahora con el pelo tan corto apenas se notaba que era pelirroja. Aparentaba ser más joven.

-Comprende que esto es muy difícil para mí…

-¿Difícil? Este es tu trabajo, ¿no?

-Yo…

Se puso en pie y se movió despacio hacia su espalda. Ella procuró no alterarse cuando el puso una mano en su hombro.

-Dora… No soporto este silencio. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué quieres que haga? Habla, dime algo, por favor; insúltame, golpéame, todo menos quedarte así.

-Nada tengo que decir.

-Pero…

-Nada que hablar. Todo está dicho entre nosotros. Fuiste muy claro.

-Pero…

-¿Qué pretendes ahora?

Se volvió hacia él. Ella sentada, él de pie, era una posición incómoda para ambos. El volvió a sentarse tras la mesa.

-Nada, no pretendo nada, sólo que… me disgusta que las cosas sean de este modo.

-Haberlo pensado antes, ¿no?

-¿Qué podía hacer?

-Tú sabes lo que podías hacer. Mejor aún, sabes lo que no.

-De acuerdo, de acuerdo. Tienes razón, cometí un error, me equivoqué, ¿cómo volver atrás?

-No, no puedes porque no cometiste un error. Tomaste tu decisión, una decisión egoísta, fuiste duro y cruel. Sólo te reprocho que no me lo dijeras antes, cuando tenía oportunidad de elegir.

Se irguió de nuevo, fue hacia la ventana. Una mañana hermosa, de cristal, que ella rompió con su tono cortante de nuevo.

-Está bien. ¿Para qué me has llamado?

Se volvió para mirarla. Parecía un chico travieso con aquel corte de pelo.

-Es una cuestión estrictamente laboral. Entiende que no hay nada personal en esto.

-No te preocupes. No hay nada personal entre nosotros.

Ladeo ligeramente la cabeza, suficiente para que él no viera cómo se mordía los labios con rabia contenida.

-Es algo delicado.

-¿Eso quiere decir que es malo para mí?

-En realidad no tendría que hacerlo yo. Pudo haberse encargado otro de esta entrevista, pero quise hablar contigo.

No comprendo. Te contradices. ¿No has tomado una decisión? Tú quieres que me vaya de tu vida. ¿No es eso?

-No quiero que te vayas de mi vida.

— ¿Qué? Mira, Víctor, no tengo derecho, ni a pedirte explicaciones ni exigirte nada, así que cuanto antes dejemos de vernos, mejor para los dos.

-¿Me odias?

-No seas melodramático.

Ahora fue ella la que se levantó. Metió la mano en su bolso para coger la cajetilla de tabaco y rozó el frío metal. Encendió un cigarrillo y se quedó mirando el cielo azul surcado por la línea blanca del humo. Se quedó de espaldas, él la miraba a contraluz. Ella se quedó observando la estatua en la bahía, magníficamente iluminada por el sol de la mañana; aquella frase esculpida en su base: “yo levanto la luz junto a la puerta de oro” le pareció que cobraba realidad.

-Dora, comprende. Sé que tú no querías seguir así. De alguna manera pretendí que no te preocuparas más de…

Se volvió. Por un momento pareció que iba romper aquella costra de indiferencia que mostraba, pero mantuvo el control, y habló con frialdad.

-¿Que no me preocupara?

Durante unos segundos un pesado silencio volvió más denso el aire. Avanzó hacia ella intentando sonreír con simpatía, pero no consiguió más que una mueca. Podrían seguir hasta el infinito cruzando frases sin llegar a ninguna parte. El sol le daba en el rostro. La luz en sus ojos había quitado agresividad a la mirada. Se acercó más a ella. Quería…

-Dora, mis sentimientos por ti no han cambiado.

-Eres un cobarde. No te creo.

-Ya.

-¿Me vas a decir de una vez para que me has llamado? No quiero perder más tiempo.

-Se trata del plan general de la empresa de jubilación anticipada.

-Ya. La verdad es que no esperaba esto. Muy conveniente para ti, ¿verdad?

-Sólo es una cuestión de orden. Tu nombre encabeza una lista, sencillamente. Pero yo quería verte, quería decirte…

Estaban muy cerca ahora, intentó rodearla con su brazo, abrazarla, pero ella lo rechazó, en el forcejeo se le cayó el bolso. Se oyó un fuerte ruido metálico al golpear contra el suelo. Él se extrañó.

-¿Qué llevas ahí? ¾-le preguntó mientras recogía el bolso del suelo.

-¡Deja mi bolso!

Dora se abalanzó, arrebatándole con violencia descomedida el bolso de sus manos.

-¡Pero qué!…

Salió a la carrera del despacho. Alcanzó a entrar en un ascensor que bajaba, al tiempo que se cerraban las puertas. Quería desaparecer, tenía ganas de llorar, de gritar, se sentía tan humillada e impotente. Llegó a la calle y se echó a andar sin mirar atrás. No sabía hacia dónde iba. Sonó su móvil, contestó sin dejar de caminar, era su madre, su madre felicitándola por su cumpleaños, había olvidado que era once de septiembre, cumplía cincuenta años. En ese instante un ruido espantoso, insufrible lo invadió todo, seguido de un temblor que la aterrorizó, impulsándola a correr desesperada, como si un sexto sentido le indicara que solo así podría evitar que estallase su cabeza.

Ahora a quince mil pies sobre el mar, se siente reconfortada pensando en los brazos mimosos de su madre y se aleja de la puerta de oro. Aquella amalgama inmensa de ceniza y escombros ha engullido todo su pasado.

Texto de Jesús Muñiz González

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