La lección de Jacinto.

La lección de Jacinto es de esas que se aprenden viviendo.

Los niños aprenden de los mayores y estos de los niños.

Cuando Jacinto despierta, son las ocho de la mañana. Al momento abre los ojos y se refriega con los nudillos. Al cabo de unos segundos distingue el bulto en la cama…

— ¡Luis! ¡Luis!

Primero el bulto se mueve y luego emite un gruñido sordo, como el de un perro al que le quieren quitar un hueso.

— ¡Luis!

No hay señales de vida en el bulto; ni se mueve, ni respira: es una masa inerte oculta bajo la manta. Entonces Jacinto baja de la cama y golpea con su mano en la masa sin temor alguno.

— ¡Luis!

— ¿Qué quieres? Déjame dormir. Es temprano.

—Es tarde. Tengo que ir al colegio.

— ¿Al colegio? Tú no vas al colegio, que tienes fiebre.

—No, estoy bien. Tengo que ir al colegio.

Ya ha caido en la trampa de su hermano pequeño. Al contestar, insistirá hasta que se levante.

Se ha empeñado en ir al colegio y tendrá que prepararle el desayuno.

Como un oso surge de entre las sábanas y bosteza ruidosamente.

Por la rendija ve a Jacinto de pie, muy serio, mirándole. Le alborota el cabello con una mano y salta de la cama.

—Anda a lavarte, enano.

Después de una hora Jacinto sale de casa, reluciente como ese sol que chispea tempranero sobre las pizarras de los tejados.

Siempre le atrae aquella luz que, prendida en la retina, le ciega unos segundos.

Ahora camina cojeando, con un pie en la acera y otro en la cuneta, hasta que un guijarro es mejor diversión y lo  avanza a patadas como si fuera una pelota.

Hoy es su primer día de colegio, aunque ya hace dos semanas que empezaron las clases. Estuvo en cama, con fiebre, pero su hermano Luis le ayudó con las letras.

De vez en cuando gira la cabeza y mira hacia atrás, incluso camina de espaldas.

Cerca de la plazoleta, intenta con la puntera de su bota meter el guijarro en la fuente que hay en medio: casi lo consigue.

Cómo le gusta aquella fuente: “su fuente”. Se distrae con el agua que salta sobre la piedra verdosa.

A la izquierda, al fondo, está el colegio, pero ningún niño cerca; le fascina cómo se deforma todo a través de la cortina de agua que cae en la pila donde su imagen se refleja, también distorsionada.

Al fin ve llegar algunos niños y se acerca despacio.

Lo miran, cuchichean y se ríen. ¡Bah! ¡A quién le importa!

Cada vez son más y pronto hay un buen alboroto de risas, gritos y peleas: nadie se fija en él.

Bajo un árbol, las niñas, más tranquilas, forman corro: muestran sus calcetines nuevos, sus lazos y hablan agitando manos, trenzas y coletas.

La lección de JacintoDe pronto una pelota viene volando y cae sobre las trenzas más bonitas del grupo. Los ojos de su dueña se encienden como zafiros: agarra la pelota con las dos manos y con todas sus fuerzas la tira a la cara del niño que espera riendo, burlón.

— ¡Eres odioso!

Sus trenzas vuelan de un lado al otro, su cara se ha puesto como una cereza: Jacinto se embelesa con su cara, su voz y sus trenzas.

Sobre el bullicio repiquetea la campana y los niños fluyen hacia la puerta como los granos de trigo a la muela; se distribuyen por las aulas.

En la entrada Jacinto se detiene indeciso, hasta que una rolliza mano, buena para amasar, lo guía con ternura a su aula.

¡Qué suerte!, el único pupitre libre está justo al lado de la niña de las trenzas de oro y cara de cereza.

De espaldas al encerado está don Ernesto, sentado ante una gran mesa de madera.

Es un maestro de mirada afable y fácil sonrisa, que conoce a todos sus alumnos. Por eso se fija en este niño nuevo, menudo, de ojos grandes, repeinado.

Se le queda mirando, porque le recuerda a él mismo y aquella cabeza infantil se va diluyendo hasta desaparecer y en su lugar lo que ve es la cocina de su casa…

Cuando entró para desayunar, como todos los días, le esperaba sobre la mesa su gran taza, rebosante de café con leche bien caliente, tostadas con mantequilla y mermelada de naranja, un vaso con agua y las pastillas.

Amalita, sentada a su izquierda, tras unos minutos de silencio frío, con la voz ligeramente contenida, forzando un tono tranquilo y sereno, le habló mirándole a la cara:

—Ernesto, tú ya no me quieres. No me has perdonado. Lo intenté, pero no puedo seguir así, sintiendo cada día el reproche de tus miradas, de tu silencio. Ya no aguanto más. He llegado al límite de mis fuerzas, lo siento. En cuanto salgas, haré mi maleta y me iré…

Él, mientras ella hablaba, veía sus ojos, brillantes como hojas de camelio cubiertas de rocío, y enmudeció incapaz de contestarle.

Sin terminar el desayuno se había marchado como un autómata, al colegio.

La lección de JacintoEl niño nuevo se llama Jacinto y cuando pregunta es el primero en levantar la mano. Responde sin dudar, se las sabe todas. ¡Qué chaval más despabilado!

—Muy bien, Jacinto, ¿Cómo es que tu primer día de clase te sabes tan bien las letras?

—Me ayudó mi hermano Luis.

Dice su hermano Luis, igual que si dijera los Reyes Magos de cómo se hincha para decirlo.

Luego vuelve a su mesa, seguido por la mirada de simpatía de don Ernesto. Tiene las mejillas encendidas, pero no importa.

Después de sentarse abre su cuaderno, que no ve, los ojos le bailan de un lado a otro, sabiendo que todos le miran ahora.

Don Ernesto simula leer un libro, aquel niño le atrae, despierta sus recuerdos…

Jacinto, ignorante de que el maestro lo observa con tanta atención, mira con el rabillo del ojo a su vecina de la derecha, la muchachita mofletuda y sonrosada de las trenzas amarillas rematadas con grandes lazos azules.

Don Ernesto carraspea y Jacinto vuelve la vista a la libreta.

Ella levanta la mirada  y la vuelve hacia el niño solo un instante.

A continuación se sube los calcetines, rasca una oreja, echa hacia atrás las trenzas. Cuchichea con su vecina y se ríe.

Jacinto la observa hipnotizado, la niña se gira y se encuentran con los ojos. Ella sonríe pícara y sigue exhibiéndose.

¡Críos estos! Don Ernesto los mira embobado.

Amalita se ha ido. Pronto llegará la hora del almuerzo, volverá a casa y no habrá nadie. ¿Cómo han llegado a esto?

Siente un escozor. Busca un pañuelo en los bolsillos, los vacía en la mesa. Revisa el contenido: agenda, clips, libreta de anillas, lápiz, calendarios, goma, un botón, una foto antigua…; ¡cómo se miran los pilluelos!

Los ojos de Jacinto brillan como si fueran de azabache, su mirada es penetrante y aquella diminuta seductora sabe que los tiene cautivos.

Le recuerda a Amalita. No era rubia, tenía una melena larga,  color de miel. Desde que la vio, hace veinte años, con delantal blanco y falda azul, se prendó de ella.

Jacinto extasiado mira a Silvina, ella coquetea descarada e ingenua. Se sabe admirada. Desde niñas tienen ese instinto, piensa don Ernesto.

Jacinto la encuentra tan linda y graciosa.

¡Qué suerte! El primer día de clase y se sienta junto a ella.

Los lazos del pelo y los ojos son del mismo color. En sus mejillas se forman dos hoyuelos mágicos cuando ríe. Agita los brazos, como aspas de molino.

Le gusta el color de su pelo. Brilla como el anillo de la tía Celia. El suyo es tan oscuro. Alguna vez le dicen “gitanillo”. ¿Por qué tiene el pelo tan oscuro? Se le pega a la cabeza. ¡Qué bien que supo las letras! Son tan fáciles. Le gustan. ¿Qué letras tendrá su nombre?

Parece que no se mueven las agujas del reloj, siempre en el mismo sitio. Hace calor. Don Ernesto está como dormido.

Cuando la campana anuncia el recreo, todos salen de estampida, pero Silvina queda rezagada. Jacinto se acerca.

—¿Cómo te llamas?

—Silvina; y tú, Jacinto.

Jacinto se pone colorado al oír su nombre y se agacha para atarse una bota. Tarda un montón en hacerlo. Silvina se ríe.

—¿No te sabes atar las botas?

Y enrojece todavía más, ¡pues sí! ¿Y ahora qué?

Salen a la pequeña plazoleta cuadrada donde el resto de los niños disfruta del recreo.

Silvina corriendo se incorpora al grupo que juega al escondite, él se apoya contra una columna de los soportales y mira.

Al reanudarse la clase, don Ernesto organiza una plaza de abastos, un juego que le encanta a los pequeños: unos compran, otros venden y todos hacen cuentas.

Siempre intentó convertir la enseñanza en un juego, pero hoy no es divertido, actúa de manera mecánica, rumiando en sus recuerdos.

¿Será posible que cumpla lo que dijo? ¿Que no la encontrará al volver a casa?

No es capaz de definir qué les llevó a esta situación. Tantos años de matrimonio y todo se va en un momento.

Él ha intentado olvidar y no puede, es verdad. Aquel episodio en la vida de Amalia se le hizo insoportable. Después de tantos años aún sigue flagelando su corazón el recuerdo.

Ella nunca lo hubiera confesado y él había comprendido que si no lo hizo fue por no hacerle un daño innecesario y que estaba arrepentida.

Pero ¿por qué le sigue lacerando pensar en ello? Los ojos de aquel niño miran con inocencia, la misma que él tenía cuando conoció a Amalia.

¡Aquella maldita carta! Daría cualquier cosa por no haberla leído. Un marido engañado, uno más ¡qué importaba! Aquella carta le había roto el alma.

¿Cuánto tiempo transcurrió antes de atreverse a preguntar? Y ella, entonces, no lo negó. Rompió a llorar y confesó. Habían sido dos días de locura. Un momento de debilidad, mientras él estuvo fuera.

No quiso buscar disculpas. Estaba arrepentida, pero comprendía que él no quisiera perdonarla y estaba dispuesta a irse.

No había niños que los sujetaran. Pero él la detuvo. Le dijo que la quería, que perdonaba.

No fue así: nunca perdonó. A partir de entonces cambió todo. Cada día hubo más silencios, más distancias. Se perdió la comunicación, se fue abriendo un foso entre ambos.

No la odiaba, solo dejó paso a la indiferencia.

Jacinto le recuerda al niño que él fue. El pequeño mira hipnotizado las trenzas de Silvina, que bailan de un lado al otro cuando ella gira la cabeza.

Cuando termina la clase todos salen corriendo, Jacinto y Silvina quedan rezagados y don Ernesto los sigue con la mirada.

En la calle los dos niños caminan juntos, hacia la fuente. Allí se despiden: Silvina calle arriba y Jacinto calle abajo.

Don Ernesto se dirige a su casa. Las fachadas de los edificios se le echan encima, la calle se vuelve insufriblemente estrecha y le cuesta avanzar.

Por fin llega, suspira y abre la puerta con su llavín. Tiene una sensación opresora en el pecho. En la cocina no hay nadie. La mesa está puesta y la comida en el horno.

Recorre la casa: vacía. Vuelve a la cocina, vacía el horno, se sienta a la mesa y lo engulle todo con cierta ferocidad; se bebe la botella entera de vino.

Va de un lado para otro. La soledad le atormenta, no la soporta y sale a la calle.

Falta una hora todavía para la clase. Da vueltas durante media hora y luego se va al colegio.

Intenta leer, no lo consigue.

Cuando llegan los niños les propone un juego para mantenerlos ocupados y se sumerge de nuevo en el pozo negro de sus pensamientos.

¡Se ha ido! ¡Está solo! Mira para los niños, allí están, felices. Mueve la cabeza y dibuja una mueca: no hay esperanza.

A través de la ventana se ve un pino y entre las ramas puede verse, nítidamente recortada en el cielo, una tela de araña. La mosca que ha caído presa se debate en aquella red pegajosa y el maestro observa cómo oscila aquella trampa con el avance de la araña que se acerca a su presa. ¿Adónde se ha ido? La ha perdido para siempre, ¡siempre! ¡Maldita palabra!

Al fondo de la clase se ha organizado una trifulca. Alcanza a ver cómo Jacinto le tira de una trenza a Silvina, ella se revuelve como una gata queriendo arañarle, patalea y le dice que es odioso. Da dos palmadas, un par de voces e impone paz.

Ahora Silvina coquetea con otro niño. Jacinto aprieta los dientes; siente ganas de morder el pupitre, de tirar las cosas por el aire. ¡Aquella mocosa! Se burla de él con aquel niño color de zanahoria. ¡Cómo si a él le importara! ¡Valiente cosa! Vaya que sí. No le hablará más en la vida. No la acompañará nunca más a su fuente. Y deja de mirarla, y ya no vuelve la vista hacia ella en toda la tarde. ¡Cómo si a él le importara!

Cuando termina la clase salen todos de estampida. Jacinto es el último. ¡Bah! Arrastra los pies por el pasillo. Tropieza con algo: una diminuta bolsita de colores.

Es de Silvina, él se la ha visto. ¡Ja! ¡Menuda! ¡La ha perdido! ¡Qué bien! Se guarda en el bolsillo aquel tesoro y se marcha tan campante.

Por el camino se cruza con Silvina que busca su bolsita. Jacinto se ríe para sí. Por él la puede buscar un año entero.

Silvina, desesperada, se sienta en la acera y llora. Jacinto se detiene, mira hacia la fuente, palpa en su bolsillo, da la vuelta y vuelve junto a ella. Deja caer en su regazo la bolsita.

Don Ernesto enfila la calle, encorvado, con el ánimo flojo. Cerca de la fuente, en un banco, ve sentados a Jacinto y a Silvina. Están de espaldas.

El muchachito tiene su brazo extendido sobre la espalda de la niña y ella, de pronto, le besa en la mejilla. El maestro, a pocos metros, se frota los ojos con la manga.

Los niños se levantan y marchan juntos, calle arriba, cogidos de la mano.

La lección de Jacinto.Ernesto cruza la plazoleta, entra en la floristería y compra todas las rosas.

Poco después, está sentado en el sofá del salón. Hay un nuevo brillo en su mirada, ese que uno tiene cuando aprende algo.

Su hogar no está vacío, las rosas lo invaden todo: la cocina, la sala, el baño, el dormitorio, la terraza.

En la cómoda de la entrada luce un hermoso ramo delante del espejo. Entre las flores, una tarjeta, en la que puede leerse esta frase, escrita con su esmerada letra de maestro: “Si me das un beso, me perdonas.” La puerta de la calle está abierta de par en par, como su esperanza.

 

Textos: Jesús Muñiz

La lección de Jacinto.

Un comentario sobre “La lección de Jacinto.

  • el 4 de agosto, 2019 a las 17:47
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    Muy bonito cuento aunque en alguna muy triste el por orgullo perdio su esposa

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