La flor del cantueso

La flor del cantueso es el cuento que nos tenía que narrar Indalecio hace dos días, pero como le dolía la barriga, lo excusamos.

Hoy ya está bueno, así que nos reunimos en torno a él para que nos contase el cuento de la flor del cantueso.

Indalecio es muy bromista, así que nos hizo reír mucho con el cuento.

Y nos los contó de esta manera:

El viudo y la viuda.

Había una vez un viudo que tenía una hija muy hermosa a la que adoraba.

¡Qué original es este cuento que nos habla de un viudo! Una especie muy escasa como bien sabemos todos.

Este buen hombre se llamaba Bernardino y todo el mundo lo conocía por Dino.

Pues es el caso que Dino quería tanto a su hija, que por evitarle un disgusto, pensó que lo mejor sería no volver a casar, para no darle madrastra a su querida Marianela, que ese era su nombre.

Más quiso el destino que allí cerca del viudo vivía una viuda con dos hijas.

Al contrario que Dino, esta señora deseaba más que nada volver a casarse.

Así que Adalgisa, que así se llamaba puso en el punto de mira de su deseo al bueno de Dino.

Conforme a su decisión Dino nunca le dio la mínima oportunidad para hablarle siquiera.

Adalgisa no dormía pensando en conseguir su deseo.

A fuerza de desvelos ideó un plan, que no fue otro que atraer a Marianela con zalamerías y regalos.

En esto fue tan hábil, que al poco, la propia hija propuso el matrimonio a su padre con la vecina.

Ella, como buena hija, no deseaba que su papá permaneciera siempre solo por su causa.

Y como los planes de un hombre se truncan fácilmente por la decisión de una mujer, hubo boda entre la viuda y el viudo.

Al principio la convivencia de padres e hijas fue una delicia.

Sin embargo a los pocos meses el paraíso acabó en infierno.

Llegado a este punto, pensé que este era el cuento de la Cenicienta, pero me adelanté en el juicio pues aunque tenía algún parecido no era el mismo.

Pronto salió a relucir el verdadero carácter de las hijas de Adalgisa, cuyo mayor defecto era la envidia.

No solo se envidiaban la una a la otra, sino que ahora la concentraron en Marianela.

Además de ser más hermosa, también era las más apreciaba por todo el mundo.

Su madrastra no la soportaba y no hacía más que reprenderla.

Así que en poco tiempo entre la madre y las hijas le hicieron la vida imposible.

Marianela se va de casa.

Entonces la muchacha se decidió a irse a vivir con una tía, la cual tenía cierta fama de bruja entre los vecinos del lugar.

Su padre se llevó un disgusto morrocotudo, pero no protestó.

Aunque amaba a su hija más que a las otras, para no dar pie a envidias, trataba a todas por igual.

Cómo extrañaba mucho a Marianela la visitaba todos los días.

Ocurrió que Dino tuvo que ir a la feria a por unas compras y preguntó a las hijastras que querían que les trajese.

La mayor le pidió un mantón bordado y la otra un vestido de seda.

Cuando fue a donde estaba su hija a preguntarle, ella le dijo que solo quería un saquito de simiente de cantueso.

—¿Sólo eso? —dijo el padre—. Mira que a la feria acuden comerciantes de todas partes y hay toda clase de cosas donde elegir.

Pero ella insistió:

—No quiero nada más que lo que te pido —porque su tía le había dicho que así lo hiciera.

Conque el padre fue a la feria y a cada una le trajo su pedido.

Enseguida Marianela sembró la simiente en un tiesto que cuidó con esmero.

La flor del cantueso.

Al poco tiempo, tuvo una magnífica planta de cantueso a punto de florecer.

Todas las noches, a las doce en punto, ponía la maceta en su ventana y cantaba:

—Hijo del rey, ven ya que la flor del cantueso florida está.

Al momento acudía un pájaro que se revolcaba en la tierra de la maceta y se convertía en un muchacho muy guapo.

Luego entraba en la habitación, se sentaba junto a la muchacha y pasaban la noche hablando hasta el amanecer.

En el mismo instante de salir el sol volvía a convertirse en pájaro y salía volando.

Al irse, siempre dejaba caer una bolsa con dinero.

Esto sucedía noche tras noche, de manera que al poco tiempo las dos mujeres habían reunido bastante dinero.

Por consiguiente la tía compraba a la muchacha todas las cosas hermosas que ésta deseaba, con lo que pronto se hizo fama en el lugar del lujo que gastaba.

Naturalmente, poco tardó en llegar la fama a oídos de la madrastra que, envidiosa, se roía por dentro tratando de adivinar cómo era posible que dispusieran de tanto dinero para gastar.

Entones le dijo a su hija mayor:

—Algo extraño hay en casa de tu hermanastra, porque ella gasta mucho de lo que su tía tiene; así que irás a visitarla y te quedarás la noche en su casa a ver qué averiguas.

Así lo hizo la hija mayor y se presentó de visita en casa de su hermanastra.

Por el día no vio nada y de noche se quedó dormida, con lo que tampoco se enteró de nada.

Entonces la madrastra mandó a su otra hija con el mismo encargo.

Aquella misma tarde se fue a casa de su hermanastra.

Marianela, con su buen carácter la acogió como una hermana.

Todo el día estuvieron juntas. Cuando llegó la noche, se acostaron.

Claro que la hija menor, prevenida por su madre, fingió dormirse pero tuvo buen cuidado de seguir despierta.

Marianela, creyéndola dormida, cuando dieron las doce sacó su planta de cantueso a la ventana y cantó:

—Hijo del rey, ven ya que la flor del cantueso florida está.

Al momento llegó el pájaro y, convertido en hombre, se sentó a su lado y estuvieron hablando toda la noche.

Al amanecer se fue, dejando la bolsa con el dinero.

Todo esto lo vio la hija menor y a la mañana siguiente volvió a su casa y se lo contó a su madre.

—¡Ajá! —Dijo la madre—. Ya decía yo que todo ese gasto no procedía de su tía. Ahora que lo sé, pronto se le acabará la fortuna.

Para ello encargó a la hija que fuera a ver a su hermanastra a la noche siguiente.

Las maldades de la envidia.

Le entregó unas cuchillas para que las enterrara en la tierra de la maceta del cantueso con el filo hacia arriba.

La hija fue a ver a su hermanastra y le dijo:

—Esta mañana eché en falta un pendiente y vengo a ver si lo perdí por aquí.

Marianela la dejó entrar en la casa para que buscar su pendiente.

Cuando nadie la veía, la hermanastra, metió las cuchillas en la maceta. Después sacó el pendiente que traía guardado en su bolsillo y dijo:

—Aquí está, ya lo encontré —luego se marchó a su casa y contó a su madre lo que había hecho.

Cuando dieron las doce sacó Marianela su maceta a la ventana y cantó:

—Hijo del rey, ven ya que la flor del cantueso florida está.

Apareció el pájaro y empezó a revolcarse como de costumbre en la tierra de la maceta.

Más apenas lo hizo, se llenó de heridas y decía:

—¡Ay, infame, que me has herido! —y echó a volar.

La muchacha, aturdida, lloró con tal desconsuelo que la planta se secó y perdió todas sus hojas. Entonces vio las cuchillas llenas de sangre y lo comprendió todo.

Al oír el llanto acudió su tía y al saber lo sucedido, le dijo:

—No llores más. Vístete de médico, toma este frasco y ve a al lugar de Padrones, donde hay un palacio. Allí pides que te dejen ver al príncipe, que está enfermo, y, apenas estés con él, le untas las heridas con una pluma mojada en el bálsamo del frasco. Cuando sane, te retiras sin descubrirte y sin aceptar ningún pago.

Así lo hizo la muchacha.

Se vistió de médico con unas ropas que le dio su tía y echó camino adelante.

Caminó durante días hasta dar con el palacio y pidió ver al rey.

Cuando tuvo audiencia le dijo que sabía que el príncipe estaba enfermo y quería ver si podía curarlo con un bálsamo.

Así que la llevaron a presencia del príncipe, que tenía el cuerpo todo lleno de cortaduras. Enseguida le lavó las heridas y luego se las untó con una pluma mojada en el bálsamo.

El segundo día hizo lo mismo y al tercero el príncipe mejoró tanto que ya se puso en pie y dijo que se encontraba sano.

Entonces el médico dijo que ya debía irse, puesto que el príncipe estaba curado.

Los reyes trataron de retenerlo y, al ver que no era posible, le ofrecieron muchos regalos, que también rehusó.

Sólo le dijo al príncipe, antes de marcharse:

—¡Acuérdate de quién te curó!

Después la muchacha se fue a su casa y se quitó las ropas de médico que le había dado su tía.

Cuando se fue a ver la maceta descubrió que el cantueso había vuelto a florecer y estaba muy hermoso.

Esa misma noche, al dar las doce, llevó la maceta a la ventana y cantó:

—Hijo del rey, ven ya que la flor del cantueso florida está.

Al momento apareció el príncipe, con una espada en la mano, entró en la habitación y le dijo a la muchacha:

—¡Infame! Prepárate a morir.

Entonces la muchacha le dijo:

—¡Acuérdate de quién te curó!

Al oír esto, el príncipe reconoció quién era su médico, tiró la espada a un lado y abrazó a la muchacha.

Luego el príncipe quiso saber quién había puesto en la tierra las cuchillas que le habían herido y la muchacha le contó lo que había sucedido.

Entonces el príncipe le dijo que, al curarle, le había librado del encantamiento que le convertía en pájaro y le propuso casarse con ella y se la llevó a su palacio, donde fueron felices.

En cuanto a la madrastra y sus hijas, se morían de envidia sino y tan enfadadas quedaron que aún se llevaron peor entre ellas, con lo que su casa fue siempre un infierno.

Muchas veces tenemos el cielo al alcance de la mano y lo cambiamos por un infierno.

Quizá porque no tenemos la flor del cantueso.

 

Texto: Jesús Muñiz.

La flor del cantueso

2 comentarios en “La flor del cantueso

  • el 26/08/2020 a las 3:24 pm
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    Que hermoso cuento la envidia mata el alma y envenena pero el amor siempre triunfa por enzima de odio

  • el 28/08/2020 a las 7:36 pm
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    Que maravilla !!..a seguir escribiendo!!siempre te superas!

Los comentarios están cerrados.

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