La espiral.

La espiral crece y crece sin fin.

Una espiral de violencia que es necesario romper.

Por la mañana Pedro sale de casa dando un portazo. Sonia, su mujer, se queda rezongando.

—¡Qué carácter, hijo, qué carácter!

Cómo él nunca baja en el ascensor los gritos de ella le siguen por las escaleras, rebotando en las paredes.

Al llegar a la calle enciende un cigarrillo y se echa a andar.

Desde luego, la vida es un asco: el trabajo, el calor, la gente, los niños, los coches.

Aquel malestar se adueñó de él desde que hallaron los restos de Claudia.

Ahora quiere recordar cómo sonreía, pero la mueca horrible de su boca en la cabeza, separada del tronco a golpes de machete, ahoga cualquier otra imagen de la muchacha.

De repente da una patada a un bote que sale disparado como un proyectil para estrellarse en los hocicos de un perrito, sujeto a una correa, con la que tira de una anciana.

—¡Salvaje! ¡Gamberro!

—¡A callar, bruja!

Ante el grito, la pobre anciana, atemorizada, enmudece y el chucho, a su lado, tiembla lastimoso.

Se mantiene ante ambos, parado, amenazante. La gente mira sin detenerse.

Por último, prosigue su camino con la rabia contenida golpeando en las sienes.

Con qué ganas disfrutaría de una oportunidad para entrar en acción,  acogotar a un indeseable o patear a un mal nacido, como Julián: si pudiera rodearle el cuello con las manos y apretar, apretar…

Así es como la espiral sube y sube, enroscada en su cuello…

Cuando abre la puerta con estrépito todos vuelven la cabeza sobresaltados, luego reanudan sus quehaceres: saben lo que pasa. Víctor se acerca con dos cafés.

—Te llamó Gloria.

Acepta la taza que le ofrece su amigo y sin echarle azúcar lo sorbe de un trago.

—¿Qué quería?

—Lo de siempre, no hay que hacerle mucho caso, ya la conoces. Le dije que te pondrías en contacto.

—Ya.

—Pedro, tranquilo.

Le pone una mano en el hombro y aprieta fuerte. Pedro lo mira, pero no dice nada.

Al momento la vista se le va más allá, hasta el calendario colgado en la pared: la fotografía de una muchacha sonriendo, sobre un precioso macizo de flores, como Claudia.

En un lugar parecido la encontró un jardinero aquella mañana: primero un brazo, luego otro, la cabeza… y el resto. ¡Que conmoción! ¡Había sido brutal el encuentro! ¡Inesperado!.

Allí estaba, la hija de su cuñada, una muchacha de veintitrés años, encantadora, alegre, sonriente, llena de vida, y verla troceada, cubierta de tierra y sangre, descuartizada por un animal, un desecho humano al que tuvieron que abatir de un balazo cuando intentaba escapar.

Entonces los ojos se le llenan de lágrimas con el recuerdo. Víctor se da cuenta y otros compañeros también. El ambiente espesa con el silencio que surge.

No aguanta mas, Pedro sale fuera y camina. Los compañeros miran a Víctor: este se va tras él y lo sigue con discreción.

Mientras Pedro va sin rumbo.

Aquellas flores, la carne troceada, la sangre,… Claudia que sonríe y la pesada hoja de un machete que baja del cielo para ocultar el sol hendiendo el inocente cuello.

Seguramente antes de apagarse su mirada, su sonrisa, está descuartizada, diseminadas las fracciones de su cuerpo como piezas de un puzzle horripilante…

Aun le parece escuchar el sonido de la hoja abriendo la carne, golpeando, partiendo el hueso, la sangre que brota y fluye vertiginosa, para precipitarla en el abismo…

El policía pretende ver en su delirio el rostro del asesino y no lo consigue, le es imposible distinguir los rasgos, averiguar si es un monstruo consciente de su bestialidad, o un enfermo con imágenes distorsionadas en su cerebro que le impulsan a huir a través de una espiral de violencia…La espiral.

De pronto oye gritos de mujer; por un instante aún duda, sin distinguir la realidad de sus pensamientos, de inmediato echa a correr y al doblar la esquina se encuentra a una mujer forcejeando con un muchacho que intenta sustraerle el bolso.

Sin pensarlo, se abalanza sobre él y lo domina. Víctor hace su aparición y lo ayuda a esposar al joven delincuente, mientras que la mujer se deshace en insultos y quejas.

—¡Me quiso robar! ¡Quería llevárseme el bolso! ¡Hijo de puta, cabrón! ¡En la cárcel te vas a pudrir, desgraciado! ¡Te vas a enterar! ¡Ladrón, chulo!

Y al momento intenta golpearle con el bolso, lo que evita Pedro sujetándole el brazo. Víctor interviene:

—Vamos, señora, calma. Compórtese. El muchacho está detenido. Puede acompañarnos a comisaría para hacer la denuncia, pero no puede tocarle.

—No, si le van a defender encima. ¿Y tengo que ir a comisaría? ¿No le van a llevar detenido?

Entonces Pedro le contesta:

—Sí, sí, no se preocupe. No es necesario que venga usted. Nosotros lo llevamos detenido.

Sin más, Pedro se va con el muchacho. Víctor, perplejo, no sabe qué hacer y ve cómo se aleja: no es el procedimiento.

Entretanto la mujer continúa vociferando y Víctor la deja, sin más. Intenta localizar a Pedro, pero éste ha desaparecido con el mozalbete.

Pedro, oculto en un portal, tapona la boca del muchacho para imponerle silencio.

Cuando su compañero se pierde calle arriba, sale y se lo lleva cogido del brazo.

Junto al muro de un solar vacío se detiene y lo encara aprisionándolo contra la pared.

—¿Cuántos años tienes?

Nada. El joven, muy asustado, mira a un lado y otro.

—No te vas a escapar. Aún no sé que haré contigo. Si llevarte para que duermas esta noche en el calabozo y mañana decida el juez. O romperte los brazos y las piernas y así durante un tiempo no asustarás a nadie o puedo…

Al tiempo, lo mira fijamente; es muy joven, si, pero mañana quién sabe si no acabará siendo un ladrón o un asesino, como el monstruo que descuartizó a Claudia.

¿Qué tendría que hacer él si no preservar al mundo de una amenaza futura?

Si, sería fácil: echar las manos a su cuello y apretar, apretar hasta que la lengua le asomara entre los dientes, o esparcirle las sienes con un tiro, o las tripas.

Entonces el chaval despavorido, sudoroso, traga saliva. Aquel animal de madero lo quiere a matar.

Lo ve en sus ojos. Su aliento caliente en la cara le da náuseas. Se siente perdido.

Como si fuera un pelele, Pedro lo zarandea fuertemente, aplastándole con la mirada, y cierra los ojos.

—Abre bien los oídos porque te lo voy a decir una vez nada más. Vas a hacer ahora mismo un trato conmigo y tendrás una oportunidad.

¿Qué? ¿Un trato? ¿Cómo un trato? Sigue vivo. No entiende nada. ¡Dios! Será mejor estar atento. ¿Qué le va a proponer aquel loco? El sudor le empapa la camisa. Tal vez no sea tan bueno seguir vivo. Todavía está allí, prisionero de aquel energúmeno, en un lugar solitario.

—Dentro de un momento podrás irte, pero mañana quiero verte aquí a la misma hora. ¿Entendido?

No entiende nada

—Ni se te ocurra pensar en engañarme. Mañana aquí y puntual. Creo que lo has entendido, ¿verdad?

Al tiempo que lo dice le aplasta más y más contra la pared. Cree que se le van a escurrir los pantalones cuando afloja la presión sobre él.

—Y ahora ¡largo!

La espiralEso último es la palabra mágica. El muchacho sale disparado como un gato y en un instante desaparece. “A este no le vuelvo a ver ni por accidente; bueno, ¿quién sabe? Igual me ha cogido “cariño” y vuelve. Emprende el camino de regreso.

En la comisaría, le espera Víctor.

—¿Y el chico?

—Se fue.

—¿Cómo que se fue?

—Le dejé ir

—Pero…

—Por favor, Víctor, ¿tendrás un poco de paciencia conmigo? Ha sido un impulso. Ya te contaré.

Aunque no entiende nada, si percibe un cambio en su amigo. Le habla tranquilo. Su tono de voz es calmado, así que prefiere no indagar más en el suceso.

Al día siguiente, a la hora indicada, Pedro se dirige al lugar de la cita, sin muchas esperanzas, pero con cierta ilusión. El muchacho acude puntual.

—Eres de palabra. Eso está bien. Mira, no sé si lo has hecho por miedo o por curiosidad. Aunque es un buen principio. Ahora sólo te pido que charlemos un rato. ¿Me vas a decir como te llamas? Mi nombre es Pedro.

—Tavi. Me llaman Tavi.

—Bien, Tavi, ¿qué sabes hacer?

—Nada.

—¿Estudias? ¿Vas al colegio?

—No.

—¿Con quién vives?

Despacio Tavi levanta la vista, receloso, pero los ojos de Pedro no se le  clavan como la víspera, amenazantes.

—Con mi madre.

—¿Y tu padre?

—No tengo.

—¿Sabes leer?

—Sí

—¿Y escribir?

Tavi lo mira, desconcertado.

—Bueno, supongo que sí, que sabes leer y escribir. Te voy a pedir un favor Tavi.

—Ya.

—¿Te gusta leer?

—No.

—Me lo imagino. Pero no importa. Quiero que leas este libro.

Y Pedro le entrega un pequeño volumen, de pastas amarillas, bastante sobado.

—Es cortito. Quiero que hagas algo más después de leerlo.

—¿Qué?

—Me harás un resumen por escrito.

—¿Un resumen?

—Me cuentas con tus palabras lo que se cuenta en el libro.

—No voy a saber.

—Solo quiero que lo intentes.

—¿Me puedo ir?

—Sí, ya te puedes ir. Dentro de tres días nos vemos aquí a la misma hora.

Tavi se va pensando que aquel tío de la pasma más que loco es raro. Un libro para leer y hacer un resumen. Como en un “cole”.

Desde niño se acostumbró a ocultarse de los acompañantes de su madre. Solo recuerda olores nauseabundos y golpes. Nadie que se preocupara de él de ningún modo.

Siempre que le daban órdenes era para hacer recados.

Aquello es distinto ¡Leer un libro! Vaya, pues se va a llevar una sorpresa. Lo leerá, vaya si lo leerá.

Pedro trabaja todo el día, tareas de rutina, pero en su cabeza está el muchacho. Leyendo la novelita. Descubriendo lo que él descubriera tantos años antes.

Si lo lee a solas y es sensible también podrá llorar como él lo hizo. Descubrir el dolor en otras personas ayuda mucho a descubrirse a uno mismo.

El dolor por Claudia se amortigua y la ansiedad disminuye poco a poco.

La espiral se ha roto.

Aquella noche duerme al fin.

Desde lo de Claudia, cada noche en la cama era una pesadilla. Una y otra vez veía al asesino descuartizando a la muchacha.

Cada noche, en el lecho, Pedro se convertía en un cable de alta tensión y por la mañana todos los que le rodeaban recibían una descarga.

Se había vuelto intratable.

Por eso su mujer, por la mañana, se sorprende cuando al escucharle entrar en la cocina, sin volverse, siente que la rodea con sus brazos por la cintura y le da un beso en el cuello.La espiral.

Una sensación de bienestar la invade al encontrarse con su Pedro, el de siempre.

Siente hasta ganas de llorar, pero se contiene y solo deja escapar un suspiro de placer. Gira sobre sí misma y le besa largamente.

Después lo mira con dulzura y le regala una sonrisa nueva, que llevaba algún tiempo guardada, deseando estrenarla.

Ahora su corazón brinca alocado al sentir que su Pedro ha vuelto a casa.

En ese momento, Tavi, acostado en su catre, leyendo el libro que le ha dado Pedro, se limpia ruidosamente las narices, mientras que los rayos de sol filtrados por las rendijas de la persiana le cosquillean los ojos.

Sí, la espiral se ha roto.

 

Texto: Jesús Muñiz González

La espiral

Un comentario sobre “La espiral.

  • el 29 de julio, 2019 a las 23:10
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    Muy bonito cuento y educativo

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