La escopeta y el paraguas

La escopeta y el paraguas vivían en la casa solariega de un hombre soltero.

Hacía años que sus compañeros de trabajo le habían regalado la escopeta en la comida que organizaron con motivo de su despedida laboral.

Desde entonces, cuando comenzaba el otoño, se colgaba la flamante escopeta al hombro, para que lo acompañara en su paseo por el monte. Siempre pensaba en que podría presentarse la oportunidad de cobrar alguna pieza.

Claro que ese era solo un pensamiento, porque nunca llegó a disparar un tiro. Era incapaz de quitarle la vida a ningún ser vivo, ni tan siquiera cortar una flor. Cualquier animalillo le llenaba de ternura y por lo tanto la escopeta no era más que un adorno colgado al hombro.

A finales de verano, en la feria del pueblo, se compró el paraguas, pensando que unas gotas no le impedirían hacer sus paseos otoñales.

Así pues, la escopeta y el paraguas permanecían silenciosos e inmóviles, como es propio de los seres inanimados.

Ella, durante el verano, reposaba colgada en la pared, esperando a su dueño. El, todavía sin estrenar, en un armario, envuelto en celofán. Así pues, no se conocían, ni de vista.

El último jueves de setiembre, amaneció gris, con una lluvia fina que empapaba mansamente el campo. El señor de la casa, se levantó muy temprano y mientras desayunaba el pan migado en un tazón de leche, decidió dar un paseo por el monte.

Se abrigó bien, con un pantalón de pana, botas impermeables, jersey de lana y una parka excelente para la lluvia, el frío y el viento.

Descolgó la escopeta de la pared, siempre limpia y reluciente. Entonces se acordó del paraguas, fue al armario y lo empuñó por el mango, como un bastón.

Al salir, rompió el papel de celofán que lo envolvía, soltó la correa que sujetaba las varillas, y presionando el gatillo, dejó que se abriera grande y acogedor bajo las menudas gotas.

Ella en bandolera, sintió el roce de la tela negra bien tensada, y el a su vez, la culata de madera suave y brillante. Así se conocieron, disfrutando del paseo junto al dueño.

Al cabo de una hora, como cesara la lluvia, cerró el paraguas y se lo puso a la espalda, enganchado al cuello de la parka.

El contacto ahora de la escopeta y el paraguas se hizo más estable y frecuente, con el balanceo provocado por el camino irregular.

A media mañana se detuvo a descansar y tomar un refrigerio.

La escopeta quedó apoyada en un tronco caído, y el paraguas sobre ella la envolvía con su tela húmeda. Yacían abrazados intensamente, sin tiempo ni espacio, iluminados por los rayos del sol filtrados entre las nubes que se abrían sonriendo en lo alto.

La escopeta y el paraguas tuvieron una existencia llena de gozo en el cálido hogar de aquel hombre ordenado, sencillo y sobre todo feliz.

 

Texto: Jesús Muñiz

La escopeta y el paraguas

4 comentarios en “La escopeta y el paraguas

  • el 13/05/2020 a las 8:16 pm
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    Maravilloso cuento, derrochas imaginación y creatividad. Me alegra saberte siempre activo, dispuesto a crear obras maravillosas de pequeños cosas. Un fuerte abrazo y todo mi cariño , respeto y gratitud

  • el 13/05/2020 a las 9:01 pm
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    Hermoso cuento que Dios te de mucha salud para seguir escribiendo felicidades

  • el 16/05/2020 a las 9:17 am
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    La prolífica creatividad del autor y su gran sensibilidad, nos permite disfrutar de sus cortos relatos, siempre llenos de emotividad y cercanos a una vida sencilla, con lo que me siento identificado.

  • el 19/05/2020 a las 6:00 pm
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    Buenisimoo!!siempre tan creativo!!

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