La escalera de caracol

La escalera de caracol estaba allí, como siempre.

Se habían ido todos. Estaba solo en la oficina, sentado en el último peldaño, contemplando el hermoso abanico de escalones, que giraban ante él, en perfecta armonía, hasta el bajo. Cuarenta y nueve escalones que se sucedían uno tras otro, brillantes bajo la luz amarilla de los focos empotrados en el techo. ¡Cuántas veces los había recorrido una y otra vez!, como los dedos del virtuoso sobre las teclas del piano, tocando la melodía silenciosa de su vida. Unas veces corriendo, vivaz y alegre, otras pausado y tranquilo, o triste. Durante treinta años había subido y bajado varias veces al día cada paso. Mirándolos, como hipnotizado por su simetría, se le llenó la mente de recuerdos.

Aquellas sólidas tablas de roble, de cinco centímetros de grosor por un metro diez de ancho, habían recibido las pisadas alegres y alborotadas de su enamoramiento, las firmes y seguras de su petición de aumento de sueldo porque iba a casarse, los diferentes vaivenes de su matrimonio y de su trabajo. Ante él se extendían como una perfecta tela de araña, en la que se había enredado cada día durante más de ocho horas, engullido por su absorbente tarea laboral.

Con el transcurso de los días y los años, se le hizo familiar cada peldaño, cada esquina, cada borde, cada tramo. Se sentía seguro sobre la escalera, robusta y sólida, tanto que ni dejaba escapar el más ligero crujido cuando la pisaba; aunque al contemplarla desde abajo, se la viera especialmente ligera, esbelta y elegante. Allí sentado, podía tocarla con la mano, sentirla cálida y suave. Era agradable hacerlo. Pensó que lo había hecho pocas veces.

Le contrataron para construir maquetas. Le entregaban los planos y el hacía la miniatura. Era el toque artístico para mejor vender el proyecto. Aunque le metían presión con las fechas, nunca se alteraba y realizaba su trabajo meticulosamente, sin perder la calma, ni el tiempo. Se habían acostumbrado a su ritmo, porque siempre terminaba los trabajos en la fecha prevista. Solo llevaba un mes trabajando cuando conoció a Esther. Entonces su calma se tambaleó durante unos meses, hasta la boda.

La oficina es un edificio de dos pisos con buhardilla y en esta le prepararon el taller. Trabajaba solo. Bajo la luz del sol que entra por las claraboyas o de los potentes focos del techo que le dan un tono cálido al entorno.

La vida con Esther transcurrió sencillamente, día tras día, sin sobresaltos, en perfecta armonía. A las seis sonaba el despertador, luego, la ducha, el café en el microondas, el beso en la mejilla de la esposa dormida, la caminata de treinta y dos minutos y los cuarenta y nueve peldaños hasta su despacho. Durante las ocho horas, los bajaba y subía varias veces, acudiendo a su jefe, para resolver las dudas. Recorría los peldaños, una y otra vez, cada día y ahora, el último día, al pensar en ello, se daba cuenta de que eran una parte importante de su vida. Pero todo eso era el pasado.

La escalera de caracolTodos los días, al llegar a casa, le daba un beso a Esther, se quitaba la chaqueta, ponía las zapatillas, se sentaba a la mesa para tomar la sopa muy caliente, la carne o el pescado, una naranja de postre y luego, con la taza de café en la mano, se hundía en el sofá delante de la tele para leer la prensa y quedarse dormido, mientras ella calcetaba o hacía ganchillo. La casa estaba llena de tapetes, mantas, colchas y manteles. Al despertar hablaban.

-Bajó la temperatura.

-Sí, hace frío.

-No sé si lloverá.

-¡Qué cortos se hacen los días!

-Vinieron a cobrar la comunidad.

-¡Ah!

Cada día su escalera de caracol le esperaba inalterable, brillante, cálida y hermosa, quieta y tranquila, invitándole a subir. La sentía bajo sus pies, inseparable, como algo entrañable en su vida. Todos los días se repetía el mismo encuentro, de lunes a viernes. Los sábados y los domingos la rutina era diferente. El sábado hacía el amor con Ésther por la mañana, luego se levantaba, hacía el desayuno y se lo llevaba a su esposa a la cama. Se vestía, bajaba a buscar la prensa y el pan, se daba un paseo por el parque antes de volver a casa para el almuerzo. Lo demás ya se repetía.

-Subió la temperatura.

-El sol pega duro, sí.

-¡Qué largos son los días!

-Vinieron de la parroquia.

-¡Ah!

Los domingos eran iguales que los sábados.

Se queda mirándola desde lo alto, como se retuerce, dando unas vueltas perfectas, como un abanico. Cuando llegaba por la mañana la encontraba brillante, pulida, resplandeciente, recién limpia. Era su escalera. Sus compañeros de oficina, apenas la usaban, porque tal y como estaba situado el edificio, podían entrar y salir de él, directamente a la calle sin usar la escalera. Para comunicarse los pisos había además, en el otro extremo del edificio, una escalera de baldosa y un ascensor. Solamente el usaba esta. Era para él solo. Para llegar a su lugar de trabajo no tenía otro remedio. Cuando la subía corriendo, los peldaños se abrían a su paso y luego al bajarla, lo succionaban, como si cayera en un exprimidor.

Pero llegó el día en que le dijeron que abandonaban aquel edificio. La empresa se trasladaba. Le ofrecieron la jubilación anticipada. Y aceptó. Hoy era su último día. Sentía frío.

Se quedó solo en la escalera. Fantaseó. Podría cortarse las venas y dejarse morir lentamente, acostado en los peldaños. Colgarse sobre ella con la correa de una persiana. Lanzarse por el hueco, de cabeza y romperse la crisma en alguno de los cuarenta y nueve escalones. Rociarla con gasolina y convertirla en su pira funeraria. Sonrió sabiendo que dentro de poco se levantaría y bajaría la escalera por última vez y volvería a casa. Allí también estaría solo. Aunque Esther estuviera sentada, haciendo ganchillo o calceta. Y no sabía por qué. O no quería saberlo. La escalera estaba vacía. Era una sucesión de peldaños vacíos. Simétricos. Perfectamente ordenados en torno al eje. Una escalera de caracol.

Se quedó sentado, durante horas, hasta entumecerse. Pensó en Esther. Tantos años la había usado, todos los días, de lunes a viernes y no volvería a verla. No le dijo nada cuando se fue. Bajo los escalones muy despacio, más lentamente que nunca, por última vez. Se había ido para siempre, no volvería a verla. Apagó la luz, salió fuera y cerró la puerta. Se fue calle arriba, caminando, y desapareció en la noche. Nunca volvió a casa.

 

Texto: Jesús Muñiz

La escalera de caracol

3 comentarios en “La escalera de caracol

  • el 27/12/2019 a las 5:11 am
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    Hermoso cuento Dios le siga bendiciendo gracias por tan lindo trabajo que es escribir feliz

  • el 27/12/2019 a las 8:32 pm
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    Buenisimo !!en hora buena,otra gran obra, señor poeta,un creador fantastico!!

  • el 28/12/2019 a las 4:29 pm
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    Para muestra un botón.
    “Aunque le metían presión con las fechas, nunca se alteraba y realizaba su trabajo meticulosamente, sin perder la calma, ni el tiempo.”
    Delicioso!

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