La cocina

Estamos ya en pleno invierno, por lo tanto ya empezamos a encender las calefacciones, lo que ese gasto supone para nuestra economía. Yo no tengo calefacción en casa, asique tengo radiadores eléctricos para poder estar medianamente a gusto (pues además son viviendas con mucha humedad) con esto es inevitable que el consumo se dispare y a los que vivimos de una pensión nos afecta bastante, pero bueno, nos tenemos que sacrificar estos meses, pues en estas edades somos más propensos a gripes y catarros y eso no nos conviene

Todo esto me hace recordar el piso en el que viví mi niñez y mi juventud, donde tampoco teníamos calefacción pero si teníamos una cocina de hierro que era una maravilla, aunque el piso era grande, con la cocina encendida todo el día era suficiente para tener una temperatura agradable, recuerdo que la cocina era muy grande, con un gran horno y un depósito de agua esmaltado con un grifo al exterior, asique teníamos agua caliente todo el día, también recuerdo el tendal de ropa que ponía mi madre a secar con unos cordeles (cuando no cocinaba, ¡claro!)

Nos traían el carbón de las Tres Portiñas y tenían dos clases de carbón, el de trozos (en piedra) y otro que se llamaba yoyo (pues tenía esa forma) y era más barato

Como era un primer piso nos correspondía la carbonera que estaba debajo de la escalera, como era grande se guardaba también la leña y las piñas, estas las traía una señora de una aldea (las traía en un carro) las vendía por cientos, las abiertas más caras, asique mi madre compraba siempre cerradas, que eran más baratas, las iba metiendo en el horno y se abrían enseguidita, como de aquella no había “pipas” yo me dedicaba a abrir los piñones y comerlos, pronto me cansaba pues eran pequeñitos y mi madre además se reía de mí y me decía: ale, ale, ya está la hambrienta hartándose de piñones.

El día que se dejaba enfriar la cocina, se fregaba con piedra pómez, una piedra grande (a mi no me cabía en la mano) pero veía a mi madre o a la señora Gabriela, que venía a ayudar a mi madre en los quehaceres de la casa y la verdad daba pena verlas rasca que rasca ¡vaya trabajito! viendo ahora como se limpian las vitrocerámicas, con un paño y el líquido correspondiente y ya brillan. De todas formas y con todas sus comodidades sigo añorando aquella cocina, en donde nos sentábamos a cenar (al medio día comíamos en el comedor y luego mi padre nos contaba sus viajes a sitios que parecían de otro mundo y que hoy con las comunicaciones que tenemos cualquiera puede visitar, pero bueno, en aquel entonces a los ojos de una niña, allí, al calor de la lumbre y oyendo silbar el viento y el ruido de la lluvia cayendo, era una delicia.

Que tengan una buena semana, volveré pronto con ustedes, gracias.

ESTRELLA

3 comentarios en “La cocina

  • el 10/01/2011 a las 10:06 pm
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    Con estos recuerdos que nos cuenta Estrella me vienen a mi mente aquellos años de mi niñez en que hacíamos las mismas cosas que nos relatas. Gracias a ellos, me acuerdo de mi madre y mi tia en la cocina, una y otra vez fregando la famosa cocina de hierro que tenía que brillar como una patena.
    Es un bonito recuerdo de mi niñez.

  • el 12/01/2011 a las 7:47 pm
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    Hermosas historias de un tiempo y de una epoca, de gente fabulosa que se arreglaban con un par de cosas y, me parece, mas felices que las de ahora. Aun me acuerdo de la nuestra, en el gran salon-comedor-cocina-sitiopàratodo…un fuerte abrazo.

  • el 14/01/2011 a las 10:39 am
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    La verdad, Estrella no iba a comentar tu artículo, que me parece entrañable, pero amiga mía, ningún tiempo pasado fue mejor. Los medios de los que disfrutamos nosotros hoy, no pudieron disfrutarlos nuestros padres. Con afecto. Miguel Correa

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