La brizna en el ojo

La brizna en el ojo

El día 7 de mayo, aprovechando el poder salir del confinamiento de 10 a 12 h., salí a hacer algunos recados, y ya de vuelta viví la siguiente situación.

Rua Quintela

En Avd. Castelao hay una rampa, que facilita la bajada, que comunica con la calle Quintela.

Estaba subiendo la rampa, cuando ya, casi al final, vi a dos de mis vecinas del bloque en que vivo. Después del confinamiento nos veíamos por primera vez; las tres íbamos enfundadas en nuestras mascarillas y guantes. Nos hablamos, siempre guardando las distancias. Recuerdo que hasta me dijeron que estaba favorecida tras el confinamiento.

En esto, aparece una señora que dice que no podemos estar allí, que no podía pasar, repito que en todo momento estábamos guardando las distancias.

Por si acaso nos movemos las tres, nos colocamos a distancia de la señora y guardando la distancia entre nosotras, formando un perfecto triángulo equilátero; en aquel espacio la acera se ensancha. Pues la Sra. (siempre muy amable y correcta) no estaba conforme:

-Sra. Les he dicho que aquí no dejan pasar  (Nos volvemos a mover las tres formando nuestro    triángulo). En todo momento respetando espacios para todo el mundo.

-Vecina del 1º  ¿Estamos bien aquí?

-Yo. Pregúntaselo a la Sra.

-Sra. (que continuaba allí) ¿No se habrán molestado? no era mi intención

-Todas. No Sra. no…  (con aire desenfadado)

-Vecina del 3º. ¡Nooo! y váyase que está sin mascarilla, (con toda la sorna gallega y sin enfado).

Entonces caí en la cuenta de que era verdad ¡No llevaba mascarilla!

Las vecinas y yo, sonreímos. Cada una tomó direcciones distintas. Ellas a hacer sus recados, y yo regresé a casa; ya me había pasado del tope del tiempo permitido. Tenía que dar paso a que los niños ocuparan las aceras.

Este intranscendente episodio, me hizo reflexionar sobre lo fácil que resulta criticar las actitudes de los demás; sobre todo, cuando somos incapaces de ver que las nuestras son todavía más graves.

Ya lo dijo Aquel hace más de 20 siglos: Que vemos muy bien la brizna en el ojo ajeno, pero somos incapaces de ver la viga en el propio.

 

 

 

Esther

 

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