La basura

La basura se amontona a lo largo de las calles.

Roberto pagó la cuenta y salió dando tumbos. Después de ocho pintas de cerveza no controlaba bien el espacio. Las paredes de los edificios, la acera y la calle se habían vuelto de goma y avanzaba hundiéndose en el suelo como si caminara sobre una cama elástica; luchaba por mantener el equilibrio en aquella realidad mucilaginosa.

Subía por una callejuela con una pendiente excesiva e iluminación muy escasa. El alcohol hacía su efecto y la sensación de malestar y mareo aumentaban. Se agarraba a las paredes, pero le costaba dar un solo paso; una fuerza invisible le empujaba hacia abajo.

Trataba de serenarse, de vencer aquella sensación angustiosa que le invadía a cada instante el cerebro, como una bola de plomo que le arrastrara el pensamiento hacia una ciénaga en cuyo contenido gelatinoso estuviera debatiéndose. Cómo un poseso, braceaba enajenado, los dedos se le curvaban como garfios, clavaba las uñas en el aire, aunque nada pudo hacer por evitarlo.

Se quedó dando manotazos en el aire y se derrumbó, rodando unos metros calle abajo hasta desaparecer dentro de un cubo de basura, que le esperaba como una trampa con la boca abierta. La tapa, levantada, al engullirlo violentamente se bajó  dejándolo encerrado, sin sentido, sepultado en la inmundicia.

El camión de la basura avanzaba renqueante, rompiendo el silencio de la noche con crujidos de lo más siniestro. Los empleados preparaban los cubos, levantaban los caídos para que los brazos mecánicos pudieran realizar las operaciones de elevación y volcado sobre los dientes de la trituradora.

El cubo donde Roberto seguía inconsciente ya estaba en el aire. Los brazos lo levantaban, girando al mismo tiempo que se abría la tapa. De pronto se detuvo el mecanismo. Los empleados municipales descansaban quince minutos para tomar un bocadillo.

Roberto, con un fuerte dolor de cabeza, emergió del espeso mundo de la inconsciencia y tardó unos minutos antes de darse cuenta de la situación. Entonces vomitó y el hedor se hizo más insoportable. Intentó ponerse en pie, pero el cubo oscilaba peligrosamente. A gatas, jadeando, como pudo, resbalando por aquella viscosa amalgama de desperdicios y sustancias nauseabundas, se asomó por la abertura.

Estaba exhausto, confuso, mareado. A duras penas podía abrir los ojos, aunque era inútil intentar ver nada en la penumbra. Movió los brazos tentando pero no contactó con nada. Hizo fuerza y se asomó un poco más. Se dio cuenta de que estaba suspendido en el aire, dentro de un cubo de basura a punto de volcarse. Eso era.

Oyó voces y luego ruido de motores. El cubo comenzó a oscilar y a dar la vuelta. Intentó hacer presión para no caer, pero resbalaba y la basura se le echaba encima empujándole. Sus manos se agarraron febrilmente a los bordes, pero su cuerpo se escurría.

La basuraA muy poca distancia la trituradora tronzaba los despojos. Los brazos mecánicas agitaban el cubo para vaciar su contenido, quedó colgando y sus pies entraron en contacto con aquellos dientes metálicos que con lentitud despiadada engulleron sus zapatos, rompiéndole los huesos de los pies, triturándolo en vida… un dolor espantoso, horripilante le taladró el cerebro, arrancándole un grito agudo y escalofriante que estremeció hasta a los perros vagabundos.

Roberto siguió dando alaridos, enloquecido con aquel suplicio espantoso que le torturaba. Los pies convertidos en una amalgama de carne, cuero y huesos con basura, pegados a los dientes mortíferos del moderno Polifemo, le habían convertido en una piltrafa humana, sufriendo la más atroz de las mutilaciones, tan cruelmente desgarradora que le quitó el sentido.

Cuando despertó, Roberto pensó que había sufrido una horrible pesadilla, porque la sensación que tenía en aquel momento no podía ser más placentera.

Estaba en una cama de hospital. Olía a limpio y las sábanas crujían, frescas y agradables. Ni el más leve síntoma de mal, al contrario, solo percibía bienestar. ¿Cómo era posible aquello?

Intentó recordar, el cubo de la basura, el camión, la trituradora, sus piernas… instintivamente quiso tocarlas, pero se detuvo. Quizá ya no… o quizá todo fuera alucinación, pero ¿porqué estaba en una cama de hospital? La tranquilidad se le fue de golpe. Un sudor frío le recorrió el cuerpo. Quería saber que había pasado, pero encontrarse con una realidad tan espantosa le asustaba de tal modo que era incapaz de comprobarlo por si mismo. Permaneció quieto un buen rato, hasta que entraron en la habitación un doctor y una enfermera.

—¿Está despierto? Me alegro. ¿Cómo se encuentra?

—Bien, me siento bien, pero… no recuerdo nada.

—¿Ah, no? ¡Vaya! ¿No recuerda usted absolutamente nada? ¿Nada?

—Bueno, algo si…

—Veamos, ¿qué es lo que recuerda?

Quien le hablaba en un tono de lo más amable, era el médico, un señor de cabellos blancos y sonrisa franca, de las que dan confianza, que le miraba bondadosamente. Le pareció que a él se lo podría decir pero le temblaban los labios y los ojos se le llenaron de lágrimas. El doctor se sentó en una silla, muy cerca de él y con un gesto indicó a la enfermera que saliese. Se inclinó y le habló con afecto.

—Habla sin miedo, hijo.

Trató de dominarse y habló muy bajo, casi en un susurro, como un chiquillo cogido en falta.

—Bebí mucho la otra noche. Me caí dentro de un cubo de la basura y luego el camión…

Rompió a llorar.

—Calma, hijo, calma. Debes calmarte.

—… El camión…

—Sí, sí, el camión. ¿Qué pasó con el camión?

—¡El camión…! ¡Mis piernas… ¡ ¡Oh, Dios mío!

—Tranquilízate…

—Sí, sí….

—¿Así que bebiste mucho?

—La otra noche.

—¿La otra noche cuando fue?

—El viernes.

—¿Y no recuerdas nada más?

—No, nada más.

—Bueno, está bien, ahora debes descansar. La enfermera te pondrá una inyección para que duermas. Estarás mucho mejor cuando despiertes y entonces hablaremos.

No protestó. Precisamente es lo que estaba deseando, dormir, dormir seguido y no pensar más en…

El doctor salió y avisó a la enfermera, luego se fue a su despacho. Allí le esperaba una mujer.

—¿Cómo está Roberto?

—Bien, ahora duerme, pero me preocupa.

—Pero doctor, algo podrá hacerse ¡yo no puedo más!

—Lo comprendo. Es un caso difícil. Lo normal es que no se afronte la realidad de una desgracia, pero en el caso de su marido es todo lo contrario. Algo verdaderamente increíble. Siempre me mira como si fuera la primera vez que me ve.

La mujer rompió a llorar en silencio. El médico no sabía que decirle ni esperanzas que ofrecerle.

—He llegado a pensar… si no hubiera sido mejor que aquella maldita noche…

—Rosa, debe calmarse, no piense en eso. Si algo así hubiera ocurrido ahora no habría remedio, pero de este modo siempre hay una esperanza.

Pero con su tono desmentía las palabras.

—Catorce años ya doctor, son muchos años, y al fin y al cabo mi marido está sin piernas, poco importa que no se las llevara la trituradora si lo ha hecho su cerebro.La basura

Rosa sale del despacho. Va a la habitación de su marido que duerme. Retira la ropa de su cama y acaricia con mucha ternura aquellas piernas que se han convertido en miembros inútiles. Masajea cada centímetro con la esperanza de que sus caricias puedan realizar el milagro. Sorbiéndose las lágrimas se ilusiona con esa esperanza que le ayudará a seguir viviendo al lado de quien vive mutilado por el miedo de lo que pudo ser.

 

Texto: Jesús Muñiz

La basura

3 comentarios en “La basura

  • el 03/01/2020 a las 1:03 am
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    Buenas noche Jesús un cuento muy tristes la verdad mucho borracho le pasa cosa que no esperan

  • el 03/01/2020 a las 9:10 am
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    Es un cuento triste y a la vez crudo, pero esta bien.

  • el 03/01/2020 a las 6:29 pm
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    .Un relato muy fuerte..que hacer ante ciertas situaciones de la vida tan cruel..

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