La aventura de la vacunación

La aventura de la vacunación de dos mayores de setenta.

Cada anécdota de nuestra vida, a esta edad, es una aventura.

Disfrutamos tanto de la vida, que cada día es un maravilloso viaje lleno de experiencias.

Recibí un mensaje en el móvil que me decía que el 8 de abril tenía que ir al ifevi a las 15,50 para poner la primera dosis de la vacuna.

Como con los años te vuelves muy prudente, me acompañó Emma, conduciendo ella, porque no sabíamos si podría tener alguna reacción adversa.

El día lucía espléndido y llegamos a la puerta del lugar de vacunación más o menos a la hora de la cita.

Entré y al momento me dieron un folleto y me indicaron la puerta por la que tenía que seguir.

Se formaba un pequeño cuello de botella a la entrada de la sala de vacunación. Enseguida alguien me indicó la fila donde debía de ponerme.

Todas las personas de la fila guardaban la distancia “social”.

¿Por qué la llaman distancia “social” si no puedes socializar? No puedes darte un apretón de manos, ni siquiera puedes sonreír, porque la mascarilla te pone cara de asaltador de bancos.

Como todos éramos de 75 a 79 pues más o menos todos igual, con algunas diferencias de movilidad.

Enseguida me tocó el turno.

Una señorita me hizo varias preguntas, me dijo si sabía el código, le mostré el móvil, pero no fue capaz de abrir el mensaje. Imprimió una hoja y me indico que siguiera hasta el final, donde alguien me indicaría done la vacuna.

Allá me fui, me indicaron un puesto, y en menos de dos minutos llegó el momento.

Ya me había quitado la chaqueta y subido la manga de la camisa. Un amable joven me dijo que pasara el papel por un lector de códigos y ya me pinchó. Luego me dijo que esperase un cuarto de hora en un lugar donde la gente estaba sentada guardando la distancia.

Eché una “partidita” en el móvil, pasaron los quince minutos y avisé a Emma.

Pronto la vi al salir del edificio y nos fuimos para casa.

Dos días mas tarde le tocaba a ella.

Entonces yo llevé el auto.

La mañana apareció desapacible, llovía con ganas.

En cuanto enfilamos la autovía hacia el aeropuerto, tardamos más de quince minutos en unirnos a la caravana.

A paso de tortuga nos fuimos acercando y por fin la dejé en la puerta y me busqué aparcamiento.

Luego me acerque a la puerta de entrada porque necesitaba ir al baño.

Después me fui a la puerta de salida. Allí un señor mal encarado me advirtió seriamente que tenía que esperar detrás de la barrera.

Allí estuve bajo la lluvia.

Al fin me llegó el mensaje y apareció doña Emma tan feliz.

Nos fuimos andando hacia el aparcamiento, siempre bajo la lluvia.

Ya en el camino de vuelta a casa me contó su aventura.

Todo había sucedido como “un copia y pega” de lo mío, dos días antes. Hasta el momento de vacunarse.

Entonces sucedió algo diferente y me lo contó así:

“Se acercaron dos chicos jóvenes, uno llevaba una cámara. Le dijeron a la chica si podían grabar y ella indicó que tenían que pedirme permiso a mí. Eran de la televisión.

Yo les indiqué que no tenía inconveniente.

Al mismo tiempo pensaba que iba a salir en televisión, y no me había arreglado el pelo, y que menuda pinta iba a tener.

Luego oía que la chica de la vacuna me decía:

─ Ya está señora. Ahora tiene que esperar un cuarto de hora ahí sentada y ya puede irse.

Extrañada le pregunté:

─ ¿Ya estoy vacunada?

─ Claro.

Estaba tan alborotada con lo de la tele y pensando en como se vería mi imagen en la pantalla, que ni me enteré del pinchazo”.

Nos reímos un buen rato en el coche camino de casa.

Ahí termino nuestra aventura de la primera parte de la vacuna.

La segunda parte comenzó cuando recibí el aviso para el día 30 por la mañana y Emma para el 2 de mayo a media tarde.

Nuestra comadre tenía cita para el mismo día por la tarde y la llamamos para ir juntos.

Nos habíamos dado cuenta que lo del horario, solo era orientativo, así que no habría dificultad en ir a la misma hora.

Como la primera vez llevó Emma el auto.

La comadre y yo hicimos el mismo recorrido. Aunque había mucha más gente todo sucedía con fluidez.

Como llevaba una mascarilla de tela, me dieron una quirúrgica para poner encima.

Si me pareció como que la gente era más ágil. Y pensé lo bien que estamos después de los setenta.

¿Será que con esto del confinamiento no hemos tenido tantas oportunidades para dedicarnos a la mala vida de fiestas y comilonas?

Al regreso, dejamos a la comadre en su casa y nos fuimos al súper. Nos acercamos a la casa de nuestro hijo núm. 5 para dejarle un álbum de fotos y luego comimos de restaurante, para celebrar mi pacto de no agresión con el señor Covid19.

El domingo le correspondía a Emma. Ese día vinieron dos de nuestros hijos con sus parejas a comer a la finca. Y como se celebraba el día de la madre y el núm. 5 nos había invitado a comer, allá nos fuimos con el.

Así que nos pasamos un día muy agradable, comiendo con uno y luego un ratito con los otros.

Emma se fue a media tarde para recibir su segunda dosis.

Después me contó que apenas había gente y todo había ido muy bien.

Ahora seguimos con las mascarillas cuando salimos, con las distancias “sociales” y todo eso, pero me doy cuenta que me están uniendo lazos de amistad con este “ser invisible”.

Al fin y al cabo, como explicó un doctor, la vacuna no entabla combate con el virus, solo intenta que las consecuencias que provoca en nuestro organismo, fiebre, malestar, dificultad respiratoria… no sean graves ni fatales para nuestra vida.

Se nos presenta un futuro de convivencia con este Covid19 y luego con los que vengan.

Al fin y al cabo, en la vida se trata de que todos convivamos pacíficamente.

Que lástima que no haya vacunas para otras agresiones.

 

La aventura de la vacunaciónJesús Muñiz González

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