Juan Bobo no era tan bobo

Juan Bobo no era tan bobo, empezó diciendo Torcuato al día siguiente, al reanudar el cuento.

Tan pronto los vecinos a la casa vacía de Juan se distribuyeron por toda ella y con muchas ganas de venganza y de otra cosa, hicieron esa “cosa” allí, donde estaba cada uno.

Le dejaron la casa llena de “cosa”.

Cuando regresaron Juan y su mujer, Hortensia se desmayó del “perfume” nada más abrir la puerta.

Pero Juan era de otra pasta, con mucha calma y mesura, recogió toda la “cosa” en un gran saco y al día siguiente se fue a Valladolid.

Cuando llego, dejó el saco en un patio y se fue a hacer unas compras.

Mientras tanto entró en el patio una piara de cerdos en el patio y se fueron directamente al saco. En un santiamén se comieron toda la “cosa”.

Después que regresó Juan y se dio cuenta de lo ocurrido se fue a hablar con los amos de los marranos.

Les explicó que sus cochinos se habían comido todo lo que llevaba en el saco, que valía más de cinco mil escudos. La discusión fue dura y finalmente Juan aceptó a regañadientes una indemnización de mil escudos.

En cuanto llegó al pueblo se las ingenió para contárselo a su esposa, pero procurando que alguien se enterase para que enseguida se enterasen todos: Que había vendido el saco lleno de “cosa” por mil escudos.

Todos los vecinos no perdieron el tiempo y antes de que se acostaran las gallinas, cada uno tenía un saco lleno de cosa para venderlo en Valladolid.

Bueno, en Valladolid los llenaron de palos y llenos de moratones y de rabia se volvieron al pueblo.

Viendo lo que se le venía encima Juan y Hortensia se escondieron a la espera de que se calmaran.

Entonces los vecinos le prendieron fuego a la casa y al día siguiente la pareja se encontró con un montón de cenizas.

Todos en el pueblo se reían de Juan Bobo al ver a este recoger las cenizas y llena un saco con ellas. Al terminar le dijo a su esposa que iba a Valladolid a ver lo que sacaba.

A los vecinos se les pasó el enfado viendo lo bobo que era Juan y riéndose a costa de aquel infeliz que iba a vender cenizas.

Durante el camino pensaba que iba a hacer con toda aquella ceniza y mientras lo pensaba jugaba con su aro de casado. ¡Vaya! Jugueteando con el anillo en su dedo anular le vino la gran idea.

Se fue a un joyero y compró unas alhajas por valor de cincuenta escudos y las puso en la boca del saco, en medio de la ceniza.

Se sentó en un banco del parque y tenía el saco bien cogido y con cara de bobo, mirando a un lado y a otro.

Pasaba por allí un señor que se fijó en él y como agarraba el saco.

Se sentó en el mismo banco que Juan, que agarro más fuerte el saco.

El hombre con una sonrisa bonachona se dirigió a él.

—No se asuste buen hombre que no soy ningún delincuente.

Juan no dijo nada.

El otro insistió en dar conversación.

—¿Me da fuego?

—No fumo.

—Vaya, hombre. Pues nada, me quedaré sin fumar. Hace calor, ¿Eh?

—Si.

—Parece que viene usted de lejos.

—Si.

—Parece cansado.

—Si.

—No me extraña, cargando con ese saco todo el camino, por fuerza está cansado.

—Si.

—Debe de pesar bastante.

—Si.

—Yo vengo a Valladolid para ver si compro algo que merezca la pena y hago negocio.

—Ya.

—No llevará usted en el saco algo para vender.

—Unas alhajas, nada más.

—¿Se pueden ver?

Juan abrió un poco el saco, y entre las cenizas aquel hombre vio las joyas que había puesto.

—¿Y cómo las llevas entre la ceniza?

—Se conservan mejor.

—Te compro el saco.

—Hay muchas alhajas.

—Te doy…

Ahí empezó el regateo y de resultas del cual Juan obtuvo otros mil escudos. Ya se había convertido en una cantidad fija.

Enseguida que llegó al pueblo se las arregló para que todos se enterasen de que había vendido las cenizas por mil escudos.

Se dieron prisa en el pueblo en quemar todo lo que pudieron para llenar sacos de ceniza y llevarlos a Valladolid.

Ni que decir tiene que al día siguiente volvieron al pueblo dispuestos a matar a Juan Bobo.

Lo metieron en un saco y lo dejaron atado para volver después de las faenas para tirarlo al río.

En cuanto quedó solo Juan empezó a gritar:

—¡No me caso con ella! ¡Aunque sea princesa rica, no me caso con ella!

Pasó por allí un pastor con su rebaño y oyó las voces. Desató el saco y le preguntó porque no quería casarse con la princesa. Y Juan le dijo que si se casaba con la princesa su mujer lo mataría a él.

El pastor le dijo que a él no le importaría casarse con la princesa, que era soltero.

Entonces le explicó que se metiera en el saco, que pronto llegarían para llevarlo con la princesa.

Así lo hizo el pastor y Juan se fue con las ovejas.

Cuando volvieron los vecinos echaron el saco al río.

Al volver para sus casas casi se desmayan al ver a Juan que venía con un rebaño de ovejas.

—El río al que me tirasteis está lleno de ellas.

Los vecinos se tiraron al río. Ya se estaban ahogando cuando llegó el alguacil acompañado de los guardias y salvaron de ahogarse a los vecinos.

Y es que el pastor llevaba una navaja y cortó el saco salvándose de morir en el río.

Con la declaración del alguacil el juez condenó a los vecinos a pagar a Hortensia mil escudos por haber quemado la casa y mandó a Juan a la cárcel por intento de homicidio en la persona del pastor.

El pastor se fue feliz con las ovejas a su pueblo. Hortensia estaba muy desengañada porque su marido aunque no era Bobo, había empleado su astucia en estafar y casi se muere el pastor.

Le pareció muy guapo y buena persona y había dicho que estaba soltero.

Hortensia le dijo si podía acompañarlo, pues ya no quería vivir en aquel pueblo tan ruin.

Además que no tenía casa y tenía que devolver a sus dueños los escudos que había estafado su marido.

El pastor admirado con la honradez de Hortensia aceptó encantado.

Cómo se verá Juan Bobo no era tan bobo, ni muy buena pieza que digamos.

 

Texto: Jesús Muñiz González

Juan Bobo no era tan bobo

Un comentario en “Juan Bobo no era tan bobo

  • el 16/10/2020 a las 3:30 am
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    Hola buenos días Jesús me reí bastante con la ocurrencia de Juan estafando gente y haciendo que lo vecino hicieran de tonto el bobo no era Juan sino lo vecino

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