Google a la caza de mi teléfono robado

Relato está inspirado en hechos reales, este enlace puede ayudarte en caso de que te roben el teléfono. 

El comercio estaba casi vacío, sus carteles de rebajas fueron el reclamo para atraerme a su interior, valoré si de verdad necesitaba algo, decidí que una chaqueta. Allí estaba, justo la del color que quería a muy buen precio.

Me dirijo a los probadores, están cerrados a causa del Covid. Decido probarla ante un espejo, hago lo de siempre, dejar el bolso colgado en un perchero muy próximo, pongo el chaquetón encima y sin sacarle ojo pruebo la chaqueta. Decido llevarla, la cuelgo en mi brazo, me pongo el chaquetón, doy la vuelta…dos pasos y echo la mano al hombro. ¡¡El bolso!!

Doy media vuelta y el bolso no está, con cara de boba empiezo a dar vueltas, a pensar si lo había colocado en otro lugar, llega Amador que estaba fuera y me ve desencajada, con esa cara que se nos pone a las mujeres cuando te desaparece algo tan valioso como el teléfono y la cartera.
Pregunto a las dependientas, nada, ni rastro. Las imágenes de lo que debo hacer, pasan a velocidad por mí mente.
Anular tarjetas, bloquear teléfono, denunciar, mi cabeza echa humo, entre ese ovillo de ideas recuerdo que algo leí sobre cómo localizar el móvil si te lo roban, pero estoy muy bloqueada. Por suerte hay una tienda de telefonía móvil y allí voy.

La vida puede cambiar en un segundo, se puede pasar del disfrute y relax al estado de estrés y vigilancia en un segundo.
Un par de horas antes disfrutábamos de un agradable paseo por la orilla del Lagares, un desconocido sendero para nosotros, en plena ciudad. El sendero nos llevó casi sin darnos cuenta a la puerta del Centro Comercial. Amador decidió tomar un café y yo como ya dije ver una chaqueta. En un segundo de la placidez del paseo por el río al estrés de sentirme totalmente desnuda, desvalida y desorientada, pero aún no dispuesta a tirar la toalla.

Le explicamos a la señorita de la tienda de telefonía la situación y amablemente se pone manos a la obra en el teléfono de Amador.
Efectivamente la tecnología no sólo está para vigilarnos, para invitarnos a comprar o saber más de nosotros que nosotros mismos, también está para hacernos la vida más fácil, e incluso para ayudarnos en caso de necesidad.

Entrando en mi cuenta de Google a través del otro teléfono me permite localizar el mío. Por suerte aún en ese estado de shock conseguí recordar mi clave de Google. En poco más de un minuto, en la pantalla del teléfono aparece un plano con un circulillo que es la ubicación de mi teléfono; apenas sin tiempo de disfrutar del asombro de la tecnología nos ponemos en marcha, el teléfono está a unos 200 metros en Gran Vía. Es una cuesta que en esta ocasión no se me hizo cuesta arriba, el círculo se iba moviendo en dirección plaza de España y ni un puñetero taxi libre, ¡¡todos ocupados!!

El círculo se detuvo antes de llegar a la plaza y luego en Pizarro, esas paradas nos daban un respiro, pero no tanto como para alcanzarlo.

Creo que nunca había realizado un ejercicio de mindfulness tan a conciencia, no existía nada más que aquel círculo, ni cansancio, ni distancia ni tiempo pasado o futuro, sólo el ahora y ese círculo que era mi teléfono.

Con cuidado de no salir de la aplicación, llamamos al 091 para dar cuenta de nuestra situación, nos dicen que le demos un lugar al que nos dirigimos y en un tiempo que nos pareció muy corto un coche de la policía Nacional para ante nosotros.
Relatamos rápidamente la situación a dos jóvenes y bien formados policías, bien formados profesional y físicamente quiero decir.  Mi teléfono en ese momento estaba ya en la peatonal del Calvario.

Nos invitan a acompañarles subiendo a la parte destinada a los detenidos, que por cierto no tiene ningún tipo de tirador, botón ni almohadillado. Subimos y el coche policial se pone en marcha con la sirena puesta.
En el trayecto me preguntan por el valor que puede tener el bolso y su contenido, para mí en aquel momento lo es todo. ¿Más de 400€? me pregunta el policía, valoro mentalmente y la respuesta es que no. Pues, aunque localicemos el bolso no se podría detener al ladrón.
Amador va radiando los movimientos del círculo-teléfono, llegamos a la puerta del mercado, se detiene.

A esa hora, pasado ya el medio día, el ambiente en la zona es agradable y bullicioso. Gente en una terraza, otros entrando y saliendo del mercado, algunos simplemente charlando y observándonos, porque una patrulla policial y dos personas mirando un móvil y el entorno llaman la atención.

No se movía, y estaba cerca, muy cerca, es posible que ya estuviera en un domicilio y eso sería como perderlo definitivamente. Yo veo en las papeleras próximas, en mi ingenuidad busco el bolso esperando que alguien lo lleve a la vista. Mi mirada se cruza con algunos viandantes, me siento observada.

Amador y los policías entran en la cafetería centro del círculo, mi mirada se cruza con la de dos mujeres sentadas en la terraza, unas bolsas en la silla adyacente pero ni rastro de mi bolso, dentro ya en su papel de investigador Amador relata brevemente al barman la situación y este dice que responde por los habitantes del edificio, mayores y de toda la vida. Sigue sin moverse, yo registro el baño.
Uno de los policías cada poco llama a mi teléfono.

Se mueve de nuevo, ¡hay esperanza! Se detiene a los pocos pasos, casi enfrente de la cafetería en una tienda de Coren donde varias personas hacen cola guardando la distancia de seguridad, entro mirando y sintiéndome mirada, alguien piensa que me salto la cola; fuera seguimos observando los pisos superiores, con la sospecha de que pueda estar en alguna planta, y el desánimo de saber que sólo hay posibilidad de recuperarlo mientras no lo apaguen y esté en lugar público.

Se mueve de nuevo, nos ponemos en marcha fiscalizando a cada uno de los peatones que por la calle estrecha se dirigen a Genaro de la Fuente.
El círculo se para de nuevo justo en la marquesina del bus. Cruzamos la calle merodeando alrededor de la parada donde varias personas esperan el bus. La dependienta de la tienda nos había indicado, que una vez próximo al círculo podíamos activar un icono, y que el teléfono montaría una escandalera acústica.

Y allí estábamos en la parte trasera valorando que hacer… cuando se nos acerca una mujer de unos 60 años, deposita una bolsa grande en el suelo a nuestros pies, mientras dice algo que no entiendo, empieza a sacar de ella otra bolsa del Coren, unas prendas de ropa nueva, empiezo a ver algo negro de piel con cremalleras: ¡¡mi bolso!!

Ya lo tengo en mis manos. La mujer relata que lo encontró y lo cogió con intención de devolverlo a su propietaria, ya había visto mi dirección. Que iba con prisa por eso no lo había entregado antes a la policía. Yo le recrimino que estaba en una tienda, que lo lógico hubiera sido entregarlo allí o al guardia de seguridad del Centro Comercial. Yo me hubiera evitado el mal rato, y ella tantas “molestias” para hacérmelo llegar.

Estoy segura que sin nuestra persistencia y sin la ayuda del don Google no se hubiera sentido acosada para devolverlo. Amador le dice que la venimos siguiendo, en la cafetería… en el Coren…

La policía nos pide que nos retiremos. En el bolso parece estar todo, en su bolsillo exterior mi spray de alcohol, con él rocío el exterior e interior, no hay que bajar la guardia con el Covid.

Sentados en un banco próximo vemos a los policías preguntando y la señora respondiendo, ellos tienen el control de la situación, nosotros disfrutamos del sol, yo abrazada a mi bolso. Veo mi teléfono; Google me pregunta si me ha gustado la cafetería donde mi bolso descansaba en una silla de su terraza, mientras yo lo buscaba en los servicios. La tecnología no deja de asombrarme.

Nos llaman para informarme que si faltase algo puedo poner la denuncia pertinente; la mujer acompañada en ese momento por otra, tiene los ojos azules enrojecidos.
Uno de los policías nos comenta que no tiene antecedentes, no cogió el bolso con  violencia y lo entregó libremente, no hay nada más que hacer. Por suerte no parecía profesional, uno lo primero que hubiera hecho es apagar el móvil.

Este es nuestro día de suerte. Comentamos que puede ser su primera vez; el Covid (otra vez el Covid) ha puesto a muchas personas en situaciones económicas difíciles.

Nos despedimos de los policías compañeros de aventura y por suerte en ese momento pasaba un taxi, en esta ocasión libre. La paz volvía de camino a casa. La vida cambia constantemente, el mal rato ya era parte del pasado.

Margarita

 

 

 

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Un comentario en “Google a la caza de mi teléfono robado

  • el 09/02/2021 a las 10:28 pm
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    Mi querida y admirada Margarita, como me alegro que recuperases tu móvil. Por mero egoísmo, porque sé que tienes en él mi número apuntado. Y por nada del mundo querría yo quedar sin conexión contigo. Tal vez porque, Margarita, es mi personaje más querido por su creatividad y su forma tan especial de afrontar su vida. Gracias por esta aventura con final feliz. La he disfrutado y me ha gustado mucho. Mil abrazos y gracias por este relato que me hizo olvidar, por unos momentos, esta jodida pandemia

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