Felicidad o tontería. Relato corto de verano

A las diez de la mañana, observé una vez más como Margarita salía reluciendo cual si de una treintiañera se tratase.
Desde que había desdeñado mi consuelo tras la muerte de su marido, aprendí a sólo mantener con ella conversaciones meramente formales. Buenos días, el tiempo… y poco más.
Esa tarde con la disculpa de llevarle calabacines de mi huerto ecológico, me acerqué a su cancilla, siempre había agradecido mis atenciones de agricultor novato.
La conversación transcurrió por senderos  triviales, hasta que yo armado de valor dije  directamente.
– Últimamente parece que de nuevo el amor anida en tu corazón, tu cara, cada día más brillante sólo puede ser la de una enamorada.
Me miró de forma pícara y me respondió:
 – Si, estoy enamorada, es mi gran amor.
Como si de una adolescente se tratara a sus sesenta y… empezó a contarme.
– Es lo mejor que me ha pasado en la vida…
Yo tomé conciencia de que si en algún momento tuve una posibilidad con ella,  otro me había desbancado.
– Hace casi 20 meses que lo ví en el hospital por primera vez,  fue un flechazo a primera vista.
¿En el hospital? ¿ Quién estaba enfermo? Pensé.
Seguí escuchando.
– Nuestra relación cada día me aporta más, con él descubro cosas que antes me pasaban inadvertidas, cada día, de lunes a viernes espero con impaciencia nuestra cita.
Y a continuación con pena dijo.
– Los fines de semana no nos vemos está con sus padres.
Que comprometido deduje, cuidando a sus mayores… una forma de engatusar. Margarita no paraba de hablar
– A veces no necesitamos mucho para comunicarnos, una mirada o un monosílabos lo dice todo. Cuando estoy con él  no pienso en otra cosa, sólo en disfrutar el momento.
Es listo, pero además es tan guapo…. ¿Te enseño una foto?… ¿Un vídeo?
Eso sí que era el colmo, una mujer tan sería y no sé daba cuenta que qué interés podía yo tener en ver un vídeo o una foto de su enamorado.
– No, no hace falta ….
Ella entró sin escucharme en casa y salió con el teléfono en la mano,  tocó la pantalla de inicio y dijo
– Mira el “hombre” más importante de mi vida.
No quería ver nada, pero Margarita  plantó su teléfono a pocos centímetros de mi cara, enfoqué la mirada…. Un precioso niño rubio sonreía desde la pantalla.
No entendía nada. Ella no notó mi desconcierto y siguió parloteando
 -Estoy más feliz que nunca y además hoy estoy de santo.
– ¿De santo? ¿Es Santa Margarita?
No, respondió riendo como una niña.
– Hoy es 26 de julio,  San Joaquin y Santa Ana patronos de los abuelos.
Se empeñó en seguir enseñándome fotos de ese pequeño que me había dejado fuera de juego en su corazón.
Mientras regresaba a mi casa pensé.
– ¿Puede darte tanta felicidad o tanta tontería ser abuelo?
No lo sé,  no tengo nietos, por no tener, no tengo ni hijos, ni fotos que enseñar a los amigos. Por lo visto toda la aldea menos yo conocía por fotos y vídeos a Rodrigo el nieto del que Margarita presumía tanto.
Felicidades a todos los abuelos. Los que están habitualmente con sus nietos dejan huellas en sus almas. Una colaboración de Agapito Gustavo.

 

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