Estanislao

Estanislao nació en la madrugada del once de abril de 1971, en Montedarramo, un pueblecito al noroeste de la provincia de Orense, en el corazón de la Ribeira Sacra.

Su padre, un humilde labrador, murió en el verano del setenta y cinco, cuando una tarde calurosa en que llegó a la casa, sudoroso, después de trabajar duramente en la viña, llenó una jarra con agua fría y se fue a la bodega; allí lo encontró su esposa, cuatro horas más tarde, sin vida.

Tanis, como le llaman en casa, se crió con su madre y la tía Encarna. Vivió una infancia feliz entre juegos y estudios, ignorante de las dificultades económicas por las que pasaba su madre.

Entre sus mejores recuerdos está Carmen, una vecina con la que se bañaba en el río. Con ella vivió la experiencia del primer beso. A finales de septiembre, cuando vendimiaban, sufrió un accidente y rompió un brazo. Al atardecer, bajo la luna, Carmen le dio un beso en los labios, tan ligero y suave como una pompa de jabón. Por llevar el brazo escayolado no pudo examinarse y perdió un curso.

Le hubiera gustado estudiar periodismo, pero hizo magisterio. Sonia, amiga de la tía Encarna, puso una academia y le dio trabajo como profesor de matemáticas.

Sonia, que rondaba los cuarenta, guapetona, de cejas espesas, labios gruesos y rojos, brillantes como grosellas, lo azoraba cuando al acercarse con cualquier excusa, le hacía sentir el roce de sus enormes pechos puntiagudos. Aquella sonrisa que le mostraba siempre, con la boca entreabierta, le transmitía la sensación de que lo miraba con glotonería, como si fuera un pastelito de crema.

Una tarde, después de las clases, con el pretexto de que estaba aprendiendo a bailar, le pidió que fuera su pareja. Puso una música muy lenta y se pegó al muchacho, incrustándolo en sus carnes. Logró escabullirse gracias a las nueve campanadas del reloj de pared. Desde entonces evitó quedarse con ella a solas.

Siguió estudiando en la universidad a distancia, hasta licenciarse en lenguas clásicas: siempre le había fascinado el origen de la lengua. No salía nunca. Aprovechaba los domingos para estudiar en casa. Las chicas le turbaban, sentía vergüenza por no saber comportarse en su presencia. Así que vivió su adolescencia y juventud igual que un monje, entre las paredes de la academia y los libros de texto. Una vez licenciado preparó las oposiciones y consiguió plaza en el Instituto de Allariz como profesor de latín. Lo mejor fue perder de vista a Sonia.

Su vida en la villa orensana se deslizaba con placidez sobre el calendario. Las riberas del Arnoya eran su lugar favorito de paseo. Todos los días caminaba hasta el puente de Vilanova haciendo el camino de vuelta por la margen opuesta. Llevaba consigo un cuaderno para tomar notas y hacer esbozos.  Comenzó a escribir un libro. En cada uno de los rincones de su paseo, brotaba una historia. Sus personajes eran la gente que se cruzaba a diario. Le divertía hacerles vivir otra vida a través de sus palabras. El mismo ilustraba los cuentos con acuarelas.

Al cabo de algunos años quiso ampliar los horizontes para sus historias y decidió viajar. Programaba con minuciosidad los viajes durante el curso y en las vacaciones los convertía en realidad. Así fue llenando sus cuadernos con nuevas historias y nuevos personajes. Gastaba muy poco, alojándose en casas de turismo rural o en camping. Recorría grandes distancias a pie, cuando no utilizaba el tren, su medio de transporte preferido, que le proporcionó abundante material para sus relatos.

Además de viajar por las más conocidas capitales europeas, como Roma, París o Berlín, dedicó algún tiempo a recorrer la península. Así aconteció, que un día, en León, visitando la catedral, algo cambió su vida por completo.

Se anunciaba un concierto del coro “Langas”, de Lituania, en el templo gótico, para las once, y decidió acudir. La noche se presentaba tibia y apacible y después de cenar se fue caminando hasta el templo. A la derecha del crucero habían dispuesto el palco. Encontró una silla vacía en un rincón, detrás de una columna. No podía ver todo el escenario, pero no importaba.

Cuando comenzó el concierto, cerró los ojos y se dejó seducir por el conjunto armónico de aquellas voces que se elevaban por los tres pisos de la nave central, hasta perderse en las vidrieras apenas iluminadas, favoreciendo ese dulce reposo que la música sugiere.

Desde su asiento nada más veía a tres muchachas del coro y solo a una de ellas la observaba con toda claridad, pues el resquicio que le permitía verla, la enfocaba como si de un teleobjetivo se tratara. Era hermosa. Un rostro redondo, con ese tono ligeramente rosado y pálido de las gentes del norte. Los ojos le parecían muy claros y los adivinaba azules, la nariz puntiaguda y algo respingona, el mentón ovalado y gracioso, el cuello pequeño. Enmarcaba el rostro con una melenita corta, ligeramente ondulada y de color castaño claro. Su aspecto delicado le hacía imaginarse que poseía una voz cálida y dulce como un chorrito de almíbar.

Después de hallarla, el sonido de la coral se concentró en su rostro como si ella fuera la única interprete y el resto de las voces un murmullo acompañante. Ensimismado mirando a la muchacha, le pareció imposible que el concierto terminara. Después de los aplausos ella desapareció entre el gentío. Se levantó con cierto sabor agridulce en el estómago y se dejo llevar por la multitud hacia la salida.

Entró en una cafetería cercana para tomar un refresco. Hacía calor. El local estaba lleno. Cuando se dirigió a los lavabos le llamó la atención un grupo de jóvenes sentados al fondo: eran las muchachas del coro; y la vio, tan sonriente. Tropezó con la barra y entró en los servicios a trompicones, encendido como un semáforo en rojo. Se miró en el espejo y se echó agua fría en la cara.

Al salir y volver a su sitio, buscó a la muchacha con la mirada. Podía contemplarla con toda claridad. Se le formaban dos hoyuelos muy graciosos en la cara cuando se reía. Imaginó diversas maneras para acercarse al grupo y hablar con ella: hacerse pasar por un periodista, plantarse ante ella y decirle: “Hola, es usted preciosa, ¿querría hablar conmigo? Se lo agradecería muchísimo”. Se reía pensando en esto.

Mientras tanto se levantaron y salieron del local. El pagó su cuenta y los siguió a cierta distancia, aun sintiéndose ridículo por ello. Cuando llegaron al hostal San Marcos y desaparecieron dentro, se quedó solo, delante del edificio, sin saber que hacer. Discurría como conocerla, pero no encontraba el modo.

Estuvo sentado allí fuera hasta que amaneció. Consideraba infantil su comportamiento, pero seguía mirando hacia la puerta del hostal con la fantástica esperanza de que en cualquier momento ella apareciese. Al final se fue a su hotel.

Tras una ducha y cambio de ropa regresó al San Marcos, para desayunar en la cafetería del hostal. Se situó en la barra, de tal modo que pudiera ver a quien entraba y salía. Y al fin la vio, con un grupito de muchachas. Las siguió.

Iban de compras, parándose en los escaparates, entrando en algunos para salir con alguna bolsa. Y ahí surgió la idea. Cuando las muchachas regresaron al hostal, entró tras ellas y esperó a su lado cuando pidieron la llave, para escuchar el número de habitación. Se dirigió a una floristería y encargó un precioso ramo de lirios, que envió con una tarjeta suya dentro de un sobre en el que puso: “Para entregar a la señorita de los ojos azules de la habitación 320”. En la tarjeta había escrito en español, italiano, inglés, francés y latín, que la esperaba delante de la catedral, a las cinco de la tarde.

Desde las cuatro y media estuvo esperando.

Cuando el reloj dio doce campanadas regresó a su hotel. Al día siguiente volvió a casa. Se le quitaron las ganas de viajar, pintar y escribir.

Paseaba sin rumbo fijo, por cualquier parte, sin disfrutar como antes. Un día llegó una carta. Cuando leyó el remite, se quedó un rato mirando el sobre sin atreverse a abrirlo. Decía: Irina Nanevic, Vilnius, Lithuania. Extrajo una carta que leyó enseguida:

 

“Señor Estanislao: disculpe lengua español que yo escribo con faltas. La emoción grande tuve con flores en hotel. Nunca antes recibido flores regalo. Agradezco mucho amabilidad. Yo no hube podido en persona dar gracias, pero con suerte su dirección en tarjeta puedo escribir carta y doy dirección si usted quiere contestar mí. Yo vivo aquí. Viajo con coro, pero en casa cuando recibo carta. Yo contesto, prometo. Y mejorar español con ayuda usted.

Un saludo desde Vilnius de

Irina”.

 

Estanislao subió al cielo y viajó en una nube; leía aquellas palabras una y otra vez. ¡Irina! ¡Se llamaba Irina! Podía escribirle. Lo hizo de inmediato. Escribiría una carta cada día y más adelante iría a Lithuania para conocerla.

Su casa volvió a llenarse de cuadros y de hojas repletas de notas y cuando no pintaba o escribía, paseaba, con la cabeza llena de sueños. Los que le conocían notaron un cambio en su carácter. Su tía y su madre cuchicheaban sonriendo: “parece que nuestro querido Tanis se ha enamorado”, pero ¿de quién? El muchacho no soltaba prenda. Nadie pudo decir que lo viera acompañado.

En Semana Santa se fue a Vilnius. En el largo viaje en tren, miraba asustado para la gente, convencido de que escuchaban los latidos de su corazón. Llevaba una maleta cargada de regalos: almendrados para las compañeras del coro, un cuadro de uno de sus rincones preferidos en el río, para los padres de la muchacha, (ella le había hablado de su familia y los conocía por fotos) y un vestido precioso para ella, un vestido de lino, una joya artesanal.

Cuando el tren se detuvo por fin en Vilnius, divisó enseguida a Irina  que lo buscaba. Cuando se abrazaron en el anden supo que si no se casaba con ella no podría ser feliz.

No pudo evitar ponerse colorado y las compañeras de Irina que la habían acompañado a la estación, reían como locas, viendo a su amiga abrazada a un hombre delgado y moreno que sabía hablar en latín.

Estanislao pasó en Vilnius la semana más feliz de su vida. La familia de Irina era católica y acudió con ellos y la muchacha a las celebraciones. El tiempo se le fue volando y al despedirse, siete días después de su llegada, le arrancó la promesa de que ella le devolvería la visita. Se abrazaron en la estación y ella de súbito, lo besó en la boca. Un beso breve y fugaz que le dejó flotando durante todo el viaje.

Trabajó con desmedido entusiasmo el resto del curso, sin regalarse un minuto de descanso. El encuentro con Irina le había conmocionado hasta el punto de parecerle imposible ser tan feliz. Le escribía a diario y en cada línea, sus sentimientos fluían, como si aquel beso abriera la puerta del lugar donde hasta entonces estuvieron ocultos.

Cuando se acercaban las vacaciones de verano, Irina aún no le había dado fecha para venir. Los compromisos del Coro la mantenían ocupada, sin días libres. Y el decidió, necesitaba verla de nuevo. Primero le pidió a la muchacha que le enviase un listado de todos los conciertos. Con el en las manos, lo planificó todo para reunirse con ella y seguirla en sus viajes. Le escribió notificándole que se encontraría con ella en Berlín, al cabo de tres días, pues allí darían el próximo concierto.

Estanislao subió al tren emocionado. Serían más de treinta horas de viaje, pero eso no le importaba, se sentía feliz al pensar en que ella lo aguardaba en la estación de la antigua capital alemana. Pero el no llegó. En la parada de Mannheim un incidente lo detuvo.

No lograba enterarse porque, pero la policía hizo desalojar el tren para llevar a cabo un registro. Algo tenía que ver con una amenaza terrorista. El suponía que aquel retraso no supondría un problema porque ella lo sabría. Pero una sorpresa desagradable y terrible le esperaba. Dos policías, acompañados de un intérprete, lo detuvieron. En su equipaje habían hallado explosivos y material para fabricar una bomba. Aquella noche durmió en una celda metálica.

La pesadilla duró dos semanas. Al final fue puesto en libertad, pero ya no tenía objeto viajar a Berlín, ella no estaría allí. De regreso en casa, intentó ponerse en contacto con la muchacha. No lo consiguió. El idioma era un obstáculo porque no podía entenderse por teléfono con los padres. Viajó a Londres, en la fecha de su concierto en la ciudad. Irina había abandonado el grupo.

Se trasladó a Vilnius. Los padres le reconocieron enseguida. Estuvieron muy amables. Buscaron a un amigo que hablaba español. Irina se había ido, sin dejar dirección alguna. Regresó a casa desolado. Durante algún tiempo su vida transcurrió más gris que nunca. La gente que lo veía pasear bajo la lluvia sin paraguas llegó a pensar que se había trastornado.

Un día llegó una carta. Era de Irina, sin remite. Una carta muy triste, escrita por un corazón roto. Ella estuvo esperando y el nunca llegó, ni una nota, ni una disculpa, ni un telegrama, nada. Le escribía porque necesitaba hacerlo, necesitaba decirle que había superado el dolor y que podría vivir sin él.

A pesar de aquella carta, Estanislao regresó a la vida. No sabía donde estaba la muchacha, ni como localizarla, pero si un día pudo conocerla de una forma tan casual como inesperada, no sería más difícil encontrarla de nuevo. Dedicaría su vida a ello.

Y se dispuso a buscarla, como cualquier ser humano que va tras la felicidad, con la ventaja de que el ya conocía su rostro y albergaba en su mente entrañables recuerdos que alimentaban su esperanza.

 

Texto: Jesús Muñiz

Estanislao

2 comentarios en “Estanislao

  • el 02/04/2020 a las 3:40 am
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    Hermoso cuento es buenos leer y distraer la mente con todos lo que está pasando en el mundo gracias jesus

  • el 04/04/2020 a las 7:44 pm
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    Como siempre mucha inspiración mucha calidad de texto muy bueno

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