En el camino de Emaús.

En el camino de Emaús, existe un pozo al que dan sombra dos palmeras cargadas de dátiles y algunos limoneros que añaden unas pinceladas de color con sus brillantes verdes de frutos y hojas e impregnan el aire de penetrante aroma.

Un hermoso rosal crece junto al pozo y trepa feliz por el brocal. A un lado y al otro va el camino, polvoriento y seco, que se adivina bajo un sol abrasador.

Quien contemple de lejos el lugar, pudiera creer que se trata de un espejismo, como un oasis en el desierto. Que la luz es muy intensa se percibe por el fuerte contraste con la zona en sombra. El cielo es de un azul mate tirando a malva, es media tarde de un caluroso día de finales de marzo.

Todo está en calma; ni el más leve ruido, ni la más ligera brisa, perturban el bucólico cuadro.

Entonces, el silencio queda roto por el sonido acompasado que producen al golpear en la tierra, con paso lento, cansino, las sandalias de dos caminantes, hombre y mujer que recorren el espacio que hay hasta el pozo.

Al llegar, se dejan caer al suelo, buscando con avidez la sombra.En el camino de Emaús.

El varón es alto, de unos treinta y cinco años, barba oscura y cabello corto, piel curtida, manos grandes y fuertes que apoya en el suelo para sentir la piedra fría en sus palmas. Ella es menuda, más joven, de cutis blanco y cabello negro, que asoma con cierta coquetería bajo el manto que la cubre. Se acomoda junto al varón y, visiblemente fatigada, recuesta la cabeza en su hombro.

Ambos están abatidos, sudorosos, se adivinan varias horas de marcha bajo aquel látigo de fuego.

Tras unos minutos de descanso, el varón, sin mediar palabra, se levanta, saca agua del pozo en un cubo y le ofrece de beber a su compañera en un cuenco de roble: una vez que ella ha saciado la sed, lo hace él.

Luego ella lo mira y al final dice:

—Debimos salir un poco más tarde Cleofás. Este sol es insufrible.

—Temía por nuestras vidas, Ana, sobre todo por la tuya. Miriam trabaja en el pretorio y es tu vecina.

— ¿Crees de verdad que…?

—Me asusté —gira la cabeza y juguetea con el rosal, tentando con la yema de su dedo pulgar la dureza de los espinos—, la conducta del Maestro hacia temer lo peor, me negaba a creer que se atrevieran a tanto. Nunca perdí la esperanza de que en el último momento se librara de los enemigos.

Al momento, su mirada se pierde en el horizonte: tras aquella línea todo está oculto.

—Pero le mataron.

— ¡Y no hemos hecho nada por salvarle! — murmura con un tono desesperado y abatido. Sin ningún reparo lo abandonaron todo para ponerse a salvo y un sentimiento de culpa clava las garras en su conciencia.

— ¿Y qué podíamos hacer?

Mientras formula esta pregunta, sin respuesta, Ana abraza a Cleofás, le rodea con sus brazos. El, tan grande, es como un niño en el regazo de su madre.

Al tiempo, un caminante se aproxima, pero ellos ni se dan cuenta. Cleofás balbucea con voz temblorosa:

—No sé, algo debimos intentar, menos dejarle morir así, de un modo tan cruel, como un ladrón. Ha sido una cobardía que nunca me perdonaré.

Al tiempo se frota los ojos con rabia y se le corta la voz.

—No te atormentes Cleofás, nada podías hacer.

Y lo aprieta aún más si cabe entre sus brazos.

— ¡La paz sea con vosotros!

De pronto se vuelven sorprendidos y, al ver al recién llegado, Cleofás se pone en pie. Parece forastero.

— ¡Que el Señor guíe tus pasos!

— ¡El lleve alegría a vuestro corazón!

— ¡Que su sabiduría ilumine tu mente!

—Sé bienvenido, hermano.

— ¿Permitís a un peregrino descansar junto a vosotros?

—Es una bendición tu presencia.

Ahora, Cleofás, diligente, ofrece agua al forastero, quien la bebe con mesura.

— ¡Nada mejor que el agua fresca! ¡Cómo se agradece!

—El Señor nos lo da todo, Él nos da la sed, Él nos la quita.

Por primera vez, Ana mira a aquel hombre que acaba de llegar y percibe algo familiar en su persona. Es alto y delgado. Un sencillo manto de lino, sobre la túnica, vela su rostro, pero en un momento encuentra su mirada y siente que cala más hondo de lo que pueden ver sus ojos.

—Pareceis angustiados, como que algo os preocupa, ¿me equivoco?

— ¿Por qué lo dices?

—Nada temáis…

Ana y Cleofás se miran el uno al otro. Aquel desconocido les inspira confianza. Su mirada es limpia y aquel “nada temáis” les expresa que nada tienen que temer de él, pues suena pacífico y acogedor, con una dulzura como nunca habían sentido; y al mismo tiempo les conforta, que nada han de temer, pues lo hace con la seguridad de quien lo sabe.

— ¿Has estado en Jerusalén?

—Así es.

— ¿Y no sabes lo que ha pasado allí estos días?

— ¿Qué?

—Lo de Jesús el Nazareno, un profeta. Los poderosos de Israel lo entregaron a los romanos para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaran.

Ana se calla de pronto, no puede continuar. La muchacha oculta el rostro entre sus manos. Tiene los ojos hinchados y la boca seca. Es Cleofás quien prosigue:

—Esperábamos que fuera el liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles que les habían dicho que estaba vivo. Algunos se llegaron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a El no lo vieron.

— ¿Y vosotros qué decís?

—Estamos confusos.

—Y llenos de temor.

— ¿No creéis lo que anunciaron los profetas? ¿No hablaron del varón de dolores que ha de ser escarnecido? Desde Moisés a Isaías, Zacarías, Jeremías y Ezequiel, se habla del varón que ha de sufrir muerte por la salvación del pueblo. ¿Habéis olvidado ya las escrituras? ¿Qué habéis entendido en tantos años de tradición y enseñanzas?

Se quedan un instante en silencio, hasta que Ana, con los ojos acuosos, se atreve a susurrar una excusa.

—Somos pobres ignorantes, señor. Para nuestra vergüenza viene alguien de fuera a enseñarnos.

Enseguida Cleofás y Ana se disponen para la marcha.

—Hemos de seguir nuestro camino.

—Nos dio gozo al escucharte.

—Mis pies irán junto a los vuestros mientras sigamos el mismo camino, si no os incomoda.

—Es grata tu compañía.

Mientras caminan siguen hablando, encandilados con las palabras del forastero que los subyuga con la dulzura de su trato y la sabiduría con que maneja los textos sagrados.

Así el camino se les hace más soportable y parece que se acorta la distancia, tan absortos van hablando.

No paran de conversar hasta llegar a la entrada de la aldea. Allí se detienen.

Ya la tarde está cayendo. El sol se oculta en el horizonte. Se oye el balido de las ovejas, que vuelven al redil, los perros que ladran conduciéndolas.

Ana y Cleofás se paran ante la puerta de una casa. Tras ella se extiende el resto de la aldea.

—Hemos llegado.

—Esta es nuestra casa.

—Gracias por vuestra compañía, amigos.

Con un gesto el forastero se despide, pero Cleofás le detiene.

—Quédate con nosotros, atardece y el día va de caída.

—Sois muy generosos.

—Podrás reponer fuerzas compartiendo nuestra cena. Acepta nuestra hospitalidad, amigo.

—No puedo rechazar una oferta tan amable. Seré vuestro huésped.

A continuación entran en la casa y Ana con diligencia prepara todo para recibir al invitado, mientras Cleofás le atiende.

Cuando la cena está dispuesta entran al comedor. En el centro, la gran mesa de madera domina la estancia, con bancos a los lados y al frente. Al fondo, desde la ventana, se ve el disco de luz como una gigantesca naranja resplandeciente. Un poco más a la izquierda completa la decoración una alacena con diversos utensilios en los estantes: vasijas, platos. La pieza solo está iluminada por lámparas de aceite que cuelgan del techo. Un gran candelabro de siete brazos preside en el centro de la mesa con las velas apagadas. En un rincón se quema incienso en un recipiente de cobre que pende de un hierro empotrado en la pared. Sobre la mesa se hallan dispuestos varios platos de barro, jarras, pan y fuentes con verduras, y en un platillo, perejil.

Ya el sol se oculta cuando todo está dispuesto para la cena. Cleofás y Ana conducen al huésped a la mesa y le hacen los honores.

—Toma posesión de nuestro hogar.

—Todo está preparado.

—Compartirás nuestra humilde cena.

Cuando se sientan dejan al forastero en el centro, el lugar preferente. Ana a la izquierda y Cleofás a la derecha, que le cede sus derechos de señor de la casa: le da el pan.

Entonces el lo toma en sus manos, con recogimiento, dice la bendición, lo parte y le entrega un trozo a cada uno.En el camino de Emaús.

En silencio, Ana y Cleofás comen, y algo sucede entonces, algo inesperado y sorprendente: sus rostros se encienden, como si una luz potente los iluminara; sin embargo, al mismo tiempo, sus facciones no se muestran rígidas ni tensas, al contrario, los labios distendidos y los ojos cerrados, les dan aspecto de pasmados.

No pueden concretar por cuánto tiempo están así, pero cuando recuperan el sentido de la realidad, ya no ven al forastero, aunque este descubrimiento ni les turba ni les sorprende.

Luego se miran el uno al otro y comprenden que han sentido lo mismo.

— ¡Cleofás!

— ¡Ana!

— ¡Era él!

— ¡El Señor!

— ¡Lo hemos visto!

Al momento perciben el uno en el otro algo nuevo en la mirada, como una incontenible fuerza que invade sus mentes: unidos por una experiencia tan portentosa, sus corazones palpitan al unísono.

—Ha estado en medio de nosotros y no lo hemos reconocido hasta que ha partido el pan.

— ¡Al partir el pan! Ahora comprendo por qué sentí algo especial cuando se acercó a nosotros. No se cómo, pero inmediatamente confiamos en él.

— ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

—Es cierto. ¿Te das cuenta? ¡Ha resucitado, Cleofás! Se ha ido mi tristeza, solo tengo gozo y alegría.

Desde luego Cleofás puede creerla sin necesidad de escuchar sus palabras: toda ella resplandece como un diamante pulido por el orfebre, que estalla en mil fulgores cuando el sol lo mira. La muchacha habla con un entusiasmo contagioso, y él mismo siente dentro de sí el cambio: la trasformación es evidente.

—Todos mis temores se han desvanecido. ¿Qué hacemos aquí? ¡Volvamos a Jerusalén! Hemos de comunicar la buena nueva a nuestros hermanos.

Cuando amanece, sin demora, salen de la casa, con paso alegre y vigoroso, inflamados y dispuestos a desandar el camino, de vuelta a Jerusalén, sin recelo alguno.

 

Textos: Jesús Muñiz González

Jesús

Un comentario sobre “En el camino de Emaús.

  • el 22 de julio, 2019 a las 15:46
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    Amen al partir el pan los reconosemos nuestro señor vive en nosotro

Comentarios cerrados.

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