El viajeros que sí estuvo allí “Baiona”. Cap. III

Viajar te da sensaciones que nunca te han podido ofrecer en mucho tiempo. De unas experiencias que se acomodan en los sedosos recuerdos que se guardan en el cajón de la memoria. Momentos de delicias únicas vividos en primera persona, vividos con la intensidad y pasión que contentan con el reflejo espontaneo; fresco y tierno, que es espejo vivo de la mirada del que viaja con el alma rendida y entregada a la empresa de ilustrarse y cultivarse. Como la sabiduría de las gentes sencillas, que se puede repartir con las manos.

Baiona refleja el mismo sabor que los besos, que saben siempre diferente. Baiona es un municipio que atrapa por sus olores, por sus esencias marinas, por sus biselados paisajes de arenales que presentan a sus playas como si fuesen anfiteatros llenos de hechizos y mágicos seductores de vistas costeros, pues el océano abrió sus brazos camino a la tierra hace ya muchos años. De sus bosques y espesuras que son cautivos de su propio encanto y coquetería ribereña por ser pueblo marinero.
El viajero se cruza por el camino con una joven doncella de tierras gallegas, que parece haber sido parida para alegrar los sentidos y los entendimientos más sensuales y artes de los amatorios derretidos por el deseo. Una joven que se muestra a la vista con una agraciada cintura, de unas caderas que van y vienen, que adorna en su rostro con unos ojos azules como el pulido y fino zafiro. Los azules ojos de una mujer gallega son como el fondo del océano más infinito que se prende en los ojos y traspasa el entendimiento. La mujer gallega camina descalza por los suaves arenales con pies de ninfa. Y en su andar, a su fino y delicado paso, desprende esas mágicas fragancias que al poeta y al trovador atrapan para hacer los versos más hermosos al caer la tarde,
En Baiona, los paisajes arenosos y marismas primorosas como el pulcro y agradable amanecer hacen simbiosis por la ribera, donde baja la más pura y clara de las aguas dejando al descubierto bellezas de paisajes inimaginables en un canto cómplice con la naturaleza más pura. Y no muy lejos repican muy contentas las alegres campanas de la Colegiata de Santa María.
El parador de Baiona está estratégicamente ubicado y asentado en una fortaleza de ensueños, es un encanto paisajístico y acogedor plantado encima de la península de Montreal. Es una tradicional casa gallega conservada y reformada con mil detalles y mil misterios que al viajero encanta. El parador mira al océano y a las incomparables Islas Cies, con elegancia y sabedor de su grandilocuente presencia, donde guarda epopeyas de personajes históricos y legendarios. La piedra que sustenta al parador, siempre perdurable en el tiempo, siempre discreta en sus rumores, escucha con prudente sensatez porque se los trae el viento. Un viento puro que invita a respirar con confianza y que guarda los secretos más mesurados y reservados que a nadie murmura. El viento, es el único sonido de confianza, presunción y llaneza.
Cuenta el Hotel con estancias regias y elegantes en las que abundan los detalles decorativos de otras épocas. Salones señoriales y habitaciones espaciosas, muchas de ellas con hermosas vistas sobre el mar, integran un interior grandioso en el que sobresale la majestuosa escalera de piedra del recibidor.
Por ser Baiona puerto marinero, al viajero le apetece charlar con gentes de la mar. No muy lejos de ahí, sentado en la roca de un espigón, estaba un pescador de estos de caña. Al viejo pescador que allí estaba una enorme barba le cubría toda su cara, una barba blanca como la del marino que ya ha visto todos los amaneceres, de un hombre de honda mirada y rostro curtido por los vientos. Me acerqué al apacible pescador que encima de la roca estaba, e interrumpiendo la maravilla de su silencio, me puse a su lado y le dije:

Por ser Baiona puerto marinero, al viajero le apetece charlar con gentes de la mar. No muy lejos de ahí, sentado en la roca de un espigón, estaba un pescador de estos de caña.


– ¿Cuál es su pena? Que me sabrá dar palabra que yo pueda escuchar de las artes de la pesca. Y sin querer ser entrometido y ni mucho menos murmurador, quisiera, si a usted apetece, me contase cosas de la mar.
A lo que el pescador respondió:
– A los buenos días buen hombre, que tanto presumís con vuestra videncia y que no seré yo quien la ponga en duda. Que yo estoy aquí esperando a la mar, que me sabrá dar todo aquello que me esté bien y que me pueda llevar. Pues apenas puedo soñar, apenas puedo disipar la duda. Y si nada me diese el mar, daré por buenas las horas empleadas que aquí mi persona lleva. Ya qué, mis buenas razones tengo y que sólo mi alma conoce.
Miraba yo, el viajero, al hombre de aires marinos con el rostro de aquel que no acababa de entender las palabras que decía. Y le dije al pescador que allí estaba.
– Me haría muy contento si de sus labios salieran palabras que fuesen ordenadas por mi entendimiento. Más, no llego a comprender el significado de las mismas.
– Que me llamo Diego Baltasar, y ya de muy mozo saboreaba la belleza del mar. Y para decir verdad, no sé pescar. Y por estas razones, en las cuales, como le he dicho, de pescador no he hecho profesión, aquí vengo a diario para recordar, y que mi mejor pesca es la honra de mi recuerdo, pues a veces, los recuerdos hacen que el pasado no sea tiempo olvidado… ni tampoco mal gastado.
-Era yo mozo de buen ver y de mejor querer, pues en esto del amor reunía requisitos y un muy buen prometedor futuro. Tenía por novia a una joven doncella llamada Elisenda, y un mal día, que la mar estaba lo que se dice brava, un traidor brazo de agua y sobresaliendo por encima de su habitual nivel como si fuese instrumento del diablo, se la llevó con ceremonia de muerte que quedará grabada en mi memoria. Se la llevó océano adentro como suspiro de ansia avara y de anhelante egoísmo. La mar se convirtió en enemiga mortal de mi destino, muerte de mi vida, dejándome falto de ilusiones y cariño. Y desde entonces, día sí y día también, haga frío o haga calor, llueva o irradie el sol, vengo aquí, en este mismo lugar en el que ahora nos encontramos, a recordar y a esperar que la mar me devuelva lo que injustamente me quitó, mi Elisenda.
Y con estas palabras el Viajero que quedó prendado de esta triste como cautivadora historia, le dijo al pescador que allí estaba:
– No temáis, no perdáis esperanza ni fe ninguna, esperad el reencuentro por ley natural y no forcéis al destino que ya debe de estar escrito. Pues de esta manera, la noche ya os dejará dormir como en un infantil sueño. Fuera pues odios, iras y reproches, que conducen a ningún sitio, y sabed que el odio y la rabia devoran todo entendimiento, pues no es tormento sino regalo el canto de una sirena llamada Elisenda que con su lírica voz aliviará vuestra pena.
Y con estas palabras, quedó el pescador que no lo era, con su ánima en paz, y soltados los grilletes que le atrapaban en su angustia por este pasar de la vida mirando al siempre esperanzador mañana que nunca sabemos lo que nos acercará a nuestros destinos. Dicen que el pellejo de un hombre muerto no vale casi nada. Sin embargo un beso de mujer; quien sabe, pues presa del dulce encantamiento misterioso y recóndito, el vigilante de la noche sólo verá como una sombra que se abre de brazos por ser trasnochar parte de su quehacer, y de saber de penas y desdichas su oficio.
Y yo, el viajero, le hice una última pregunta al viejo pescador.
– Entonces, ¿a quién se debe amigo pescador?
– A nada. No soy de nadie, soy del viento.
Hay criaturas que sufren al amar y hay hombres que sufren al aguardar su destino. La esperanza, esa sensación que deja extasiado y reconfortado al que ansioso espera, acaba siendo incertidumbre que solo ilusiona y reta a los tiempos que pasan para romper todos los pasados que pesan como el plomo.
Y después de escuchar esta noble historia de amor y desamor, el viajero quiere descansar y acomodarse en la acogedora Baiona. El viajero busca posada para pernoctar y por ser deseo de hacer noche aquí. Al viajero le va lo sencillo y lo lustroso también. En esto no tiene muchas manías ni demasiadas consideraciones.
Viajamos para perdernos, viajamos para encontrar cualquier cosa, cualquier persona, cualquier paisaje que nos enamore y nos seduzca con su encanto. Simplemente perderse, a veces irracionalmente, a veces de una manera divertida y excitante, pero sin sentirse controlado ni gobernado por la imprudencia. En Galicia uno puede dejarse llevar con el alma derretida y la confianza compartida, como lumbre al viento. Mañana será otro día.
El viajero coge el sueño enseguida porque el cansancio le vence y le gana por la modorra, que pasa como un murmullo de vana ilusión en las noches que prenden con bondad infinita a la Galicia de los encantos y de las gentes sencillas. Mañana seguirá paso por el campo verde y el océano vigíense de balcón atalayado. Mientras, el viajero sueña con un hombre escribiendo y temblando en un papel empapado que considere Galicia camino de la tierra que dejan estela los duendes. Es el único momento que se sosiega a medida que va contando esta historia.
Sergio farras, escritor tremendista.
Web – sergiofarras.webnode.es

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