El viajero que sí estuvo allí, de Vigo a Nigrán. Cap. II (Parte 2ª)

Parte segunda

El viajero andando a su aire y apenas puede ver el camino por la espesa vegetación, que a su vez le reconforta y le llena como un suave murmullo que parece que llega de lo más lejano. El viento, como el único sonido, ¡bendita locura dejarse llevar por el viento…! el viajero llega a una calle que le confunde. El viajero es bastante despistado y para asegurarse el tiro, le pregunta a una señora que vende helados en un puesto de estos de calle:
-¡Disculpe señora!
-¿Un helado?
El viajero se queda pensativo.
-¡Bueno! Yo quería saber…
– ¿De vainilla, de fresa, de coco…?
-De vainilla. ¿Oiga?, es que yo…
-¿Con galleta o en cucurucho?
– En cucurucho.
El viajero ve que no puede evitar el sereno tono de voz de la heladera y, como le cuesta decir que no, ya helado en mano se le facilita la palabra.
– ¿Decía algo más, jefe?
– ¿Para ir a Playa América?
– ¡Hombre haber preguntado de entrada!
El viajero se aleja chupando cucurucho en mano y relamiendo la sabrosa vainilla ofertada a la oportunidad de la hábil heladera, y con la información inaudible de que el camino es el correcto a proseguir. Se conoce que la heladera es mujer seria en esto del guiar y aconsejar caminos.
El viajero llega a Playa América. Este lugar posee una playa que pasa del kilómetro de largo y treinta metros de ancho, de disposición y buena hechura. Es lo que se dice una playa urbana, cerca de las colindantes casas que la rodean. Sus accesos son buenos y las personas discapacitadas pueden adherirse a la maravilla de su virtud sin más problema ni barrera que les frene.
Playa América es diáfana como una sala de la abadía de una catedral. El color de sus aguas verdosas de tonos esmeralda, combina con el azul del cielo aturquesado. Un pequeño monolito con una placa de fondo blanco nos indica que estamos en el lugar. En verano suele estar a rebosar de veraneantes que llegan desde muchos puntos de toda Galicia y España.  Ideal para familias con niños y grupos que deseen el ancho imaginario del disfrute que ofrece la hospitalidad de esta Villa de Nigrán.
Por las mañanas, en Playa América se puede plantar el parasol sin problema y echar las toallas en su fina arena, cosa que tampoco es tarea difícil. El paseo de Playa América es largo como el sendero de la vida, y dejarse llevar por su  paseo marítimo es tranquila actividad que reconforta. Girando un poco la cabeza se contempla la inmensidad de sus arenas, que como tímidas dunas se muestran desnudas y sinceras. Y si miras para el otro lado, aparecen maravillosas zonas ajardinadas que hacen coger gusto a él conjunto, que actúa como un todo. En sus arenales se pueden combinar largos paseos o grandes pensamientos solitarios; a elegir. El viajero se pone a hacer introspección –pensar en sus propios pensamientos-, para buscar la tranquilidad del alma sana que se abre de brazos como una madre. Y siguiendo los sabios consejos de la heladera informadora, se deja llevar por la sorpresa y el asombro de sus arenas con un mirar tranquilo y sosegado, buscando la estética que a la razón resista, pero sin quemar en exceso las neuronas que le han de servir de claustro de la memoria para todo esto cuando lo cuente por escrito. Y para seguir haciendo camino hacia el sur, nada mejor que detenerse unos instantes para dejarse llevar por el paisaje seductor y fascinante de estas tierras de Nigrán.
Por aquí anduvieron los romanos allá por los siglos I al IV d.C. Su nombre original era Playa de Area Loura (Arena Rubia), y ondea coqueta y vanidosa desde los años noventa la bandera azul, que es sinónimo de buena cosecha y del buen cuidar de lo que es propio. El viajero se pone en bañador, enseñando panza y algunas arrugas delatoras del paso del tiempo, se mete en el agua y se deleita con un baño placentero, casi divino.
En Playa América también se puede degustar la cocina típica de la zona de la Galicia costera, porque está al alcance del turista que busca calzarse un buen plato de la zona, pudiéndose degustar en los diversos restaurantes y bares de la franja de la zona, que se muestran campechanos y descubiertos al visitante por el paseo marítimo. Suelen estar abiertos todo el año para contentar los paladares con mariscos frescos del día que capturan los pescadores de la comarca con sus buenas artes y oficios. Da gusto comerse un surtido plato de gambas mientras se sienten las brisas marinas acariciando el rostro, aires que suelen sanar las pieles del semblante. O para contemplar simplemente en envidiable reposo, sentado en paz y concordia con el espíritu para ver los pasos de los turistas que van para arriba y para abajo del paseo, tranquilos y sin prisas que les agobien. Y para apagar la sequedad de la boca cuando se precie él instante, nada mejor que con una buena cerveza o un buen vino de la tierra.
El rio Miñor que viene de Nigrán, desemboca con un humilde riachuelo el cual, a su vez, llega afluido y contento a Playa América. Es el Río Muiños, que aún siendo riachuelo no le quita importancia a sus aguas discretas y mesuradas.
Tierra al lado de la mar es fantasía que da gusto y acompaña a el viajero que ningún remedio halla para sentirse incomodo o fuera de lugar en Playa América, ni tampoco forastero indiscreto que llame excesivamente la atención. Una pasarela de madera pasa por encima del río Muiños, como un paseo fluvial donde podemos contemplar para mudarnos a dar a la mirada de aquel bien que está presente; de vegetación autóctona y de espléndidos cañaverales hermosamente cuidados.

Seguimos deambulando y haciendo camino por la arena que se nos muestra a los pies descalzos, como acontece a quien ha venido con el paso dulce y alegre, de estas vistas hermosísimas y decoradas por sus playas que parece que brillan con su propio sol.
El viajero se dirige a la playa de Madorra porque le han contado que es de curiosa y de translucidos arenales. El viajero pisa la playa de Madorra con el vicio de la curiosidad siempre avivada. La Playa de la Madorra viste su suelo con unos arenales grises y ondeados como llamas de fuego. Grava y arena se mezclan como amantes en el lecho, y disponen un litoral agradecido que se puede pisar como una suave catifa. Cuando la marea está baja despuntan los riscos asombrosos normalmente cubiertos por el agua, mientras unos patos tranquilos y presumidos miran el infinito horizonte, igual pensando para sus adentros como un compañero suyo, cruza el cielo en el tiempo de la migración que es el solitario camino de las aves de buena voluntad.
El viajero se moja los pies en la orilla de la playa de la Madorra y nota como comienzan a sanar las dolencias del alma. Será, que por estos lares y dominios acompaña siempre la tradición y la buena superstición, esa que acaba enterrando hondo los malos pensamientos y ahuyentando las meigas siempre concurrentes y místicas por estas tierras. Al viajero le acompaña un viento silbador que le acaricia el rostro por la tarde.

– Oiga, ¿para ir a Baiona?
– Todo recto y siguiendo por la carretera, no tiene perdida.
– Muchas gracias.
– No las merecen.
De momento a el Viajero le están tratando lo que se dice bastante bien, y camina con ilusión las sendas por el camino del tiempo y de las distancias que separan las penas y las alegrías de estas tierras gallegas. De aquellas marismas, de aquellas rías de talle marino, donde sobre el agua azul celeste rebota la mirada. Donde una puesta de sol es parte de la magia que se prende en los ojos y traspasa las almas nobles y sinceras, acompañado con un canto perfecto que es el de las Muñeiras, que se danzan con alegrías de un sincero amor a estas tierras Con la trompeta y la tuba, con la pandereta y el tambor, y que una dulce huella dejan en el oído del visitante como un poema de ritmo percusivo y danza popular que forman parte de su folclore y costumbres.
La cocina, como se ha dicho, es un espacio muy cotizado e importante para los gallegos, y antaño, por tradición y costumbre, era la estancia más importante de la casa, donde las familias se reunían en ella siendo ésta el calor del hogar. Los gallegos a la cocina la llaman lareira y podía ser lugar tan importante como para saber de sus bonanzas y bienestares, como un reflejo y escaparate que cada familia ofrecía como abriendo los brazos y dando la bienvenida. Y el tamaño del mueble de la cocina era importantísima cosa que se viese en opulencia y sustancia copiosa.

El viajero se detiene en un comercio de esos tradicionales que suelen estar a pie de calle, sus puertas están abiertas, probablemente para que se traspase el umbral de la vergüenza que suele frenar los buenos momentos. En la entrada, un hombre cincelando lo que parece una figura que se asemeja a la Virgen de la Roca, muy venerada por estas anchuras. La piedra labrada es vista por aquí como la expresión que deja la huella de la historia, como una marca de la madre tierra. Y como el curiosear es arte al que se consagra el viajero, éste pregunta para saber, porque en el cual, siempre impera un interés por conocer lo que se prende a los ojos y a los sentidos, aún siendo poco académico y docto en sus demandas y aclaraciones. Eso también es verdad.
-Perdone la molestia que detiene el momento amable escultor de tranquilo cincel. ¿Es oficio curtido o pasión de la naturaleza lo que veo?
-Mire usted, curioso viajero, –que parece que todo lo quiere saber-, la erosión – que es parte de la naturaleza a la que usted se refiere-, puede crear bellezas inimaginables, porque moldea con el viento y con el tiempo, como la arcilla lo hace con el barro, en simbiosis. Esa es la sabiduría de la naturaleza que siempre curte y enseña.
– Cierto, cierto. Pero usted, -por lo que veo-, se lo labra con las manos, al uso de la costumbre del quehacer manual.
– Pero sepa usted, que en las manos artesanas está el oficio. Y del pasado que viene de lo más lejano, -en el espacio que hay en el medio-, nace el arte de esculpir y cincelar la roca en estas tierras gallegas. Porque las piedras hablan, las piedras saben, las piedras escuchan y hasta saben guardar secretos que algunos mortales no saben. Pues sepa usted, curioso viajero, que de piedra era el Ara Solis del Fin del Mundo; y los funerarios monumentos, megalitos y dólmenes del primitivo culto a la muerte que se respeta con sagrada convicción aquí en tierras Gallegas.
– ¡Caray! Que sabiduría más despejada y libre, que parece que se escapa y se evade en infinitas sensaciones y huella que suele dejar la emoción.
El viajero escucha con una admiración contenida la sabiduría del artesano de manual oficio, y decide comprar una figura, la pone en su embutida mochila para llevársela a su humilde morada de Barcelona. Mientras, el hacendoso artesano, sin apartar la mirada del pedrusco que tiene apoyado en sus piernas, sigue tallando a mano desnuda sin más ayuda que la de un cincel afilado. Figuras hechas con el esmero oportuno y fructuoso del momento, dándole forma a la piedra como el aire lo hace con el viento, como un proyecto imaginario que su mente transforma en figura de pensamiento, tradición y de cultura gallega.
El viajero va cansado y busca pernoctar para encontrase en dulces y cómplices sueños con la noche. Mañana, al alba, el viajero seguirá camino hacia Baiona cuando el océano amanezca sobre Galicia.

Sergio Farras

Escritor tremendista.

A %d blogueros les gusta esto: