El sendero circular

El sendero circular a partir del monasterio es la caminata que han elegido para este día.

El día es espléndido, aunque frío. La primavera no ha hecho más que empezar. Han quedado a las doce. Los primeros en llegar son Javier y Elisa. Él enseguida frunce el ceño.

-Aún no ha llegado nadie.

Ella saca un limador de uñas y se afana en pulirlas con toda parsimonia, mientras mira divertida a su marido.

-Faltan cinco minutos.

-Si hubiéramos salido más temprano como yo decía.

Un cochecito rojo aparca rápido delante de ellos y al momento sale de su interior una joven con un llamativo pañuelo rosa sujetando su corta melena rubia.

-Hola. ¿No estáis más que vosotros? Y me dicen siempre que soy la última.

-¿Cómo estás Leti?

El rostro de Javier se endulza, Leticia saluda alegremente, sonriendo y besando a la pareja. Los labios de Leticia son carnosos, brillantes, aunque nunca se los pinta y a Javier le atraen los besos de aquellos labios, que los siente suaves en su mejilla, muy cerca de los suyos. La presencia de Leticia, afectiva y sensual, le fascina, lo besa como una niña, rozándole con su cuerpo de mujer.

Los siguientes en llegar son Paula y Andrés, una joven pareja que recién ha descubierto el arco iris. Salían en pandilla como amigos, hace años que se conocen, pero unos días atrás, sin saber cómo, se han visto de otro modo; ahora se cogen de la mano, se miran a los ojos, a veces pasean por las nubes y uno piensa al verlos que es fácil ser feliz.

-Hola chicos.

Leticia los abraza y los besa con un entusiasmo contagioso. Se acercan dos coches.

-Aquí llegan los tardones.

Javier grita señalando el reloj.

-¡Qué llevamos media hora esperando!

Augusto baja el primero, despacio, poniéndose las gafas de sol. Con el rostro curtido, el cabello oscuro y rizado, como el de un africano, la voz grave y calmosa, parece un pastor apacentando su rebaño.

-Perdonad chicos, lo siento. La familia.

-Ya, ya.

Se acercan los demás y se completa el grupo: Mercedes, la dicharachera esposa de Augusto, Faustino, que camina balanceando su panza como un elefante veterano, Julia, su esposa, animosa y dispuesta, aunque siempre aquejada de dolores, Verónica, austera y esquelética y Darío, su hermano, más austero aún, porque además economiza, a diferencia de su hermana, las palabras. Al momento se forma un barullo de “holas”, abrazos, besos y “qué buen día ¿verdad?” hasta que dan las doce y media y Javier se impacienta de nuevo.

-¡Qué es tarde y luego se nos hace noche a la vuelta!

-Exagerado.

Interviene Augusto conciliador, pero con autoridad.

-Tiene razón Javier. Será mejor que nos pongamos en marcha ya si queremos regresar con luz.

-En una hora lo hacemos.

-No tan deprisa. Nos hará falta el tiempo.

Emprenden la marcha con paso ligero, hasta llegar en alegre charla al primer indicador del sendero. A partir de ahí se inicia un leve ascenso. El sol se filtra entre las ramas y los bordes del camino, recubiertos de helechos, flores amarillas y violetas, parecen dos guirnaldas, dándole al sendero un aspecto festivo. Javier y Elisa caminan los últimos, cogidos de la mano. No tienen prisa. De vez en cuando, los que van en cabeza les hacen gestos con la mano.

-Que os quedáis atrás tortolitos.

-Venga, perezosos.

Cada uno camina a su aire, el más animoso Augusto, alto, fuerte, curtido, acostumbrado a caminar, al contacto con la naturaleza. Va en cabeza, a buen paso, forzando la marcha del resto. Mercedes lo mira de vez en cuando, pero sigue su cháchara con Verónica.

Darío, pelirrojo, delgado, camina en solitario, sin participar en ninguna conversación. Paula y Andrés, tímidamente cogidos de la mano, como si pidieran permiso. Faustino y Julia, en perfecta armonía, se ayudan cada uno con un bastón.

Leticia, alegre como una mariposa, tan pronto habla con unos como con otros, con el único que no lo consigue es con Darío. Es una muchacha preciosa, delgada, de cuerpo atractivo. Lleva un chándal muy ceñido, que revela claramente sus curvas.

Javier y Elisa siguen los últimos, sin forzar la marcha, felices, disfrutando de todo cuanto encuentran a su paso. Recogen flores, se detienen para observar una mariposa, admiran la ramificación sorprendente de algunos árboles o la espectacular forma de alguna roca.

El camino asciende bucólico, floreado y luminoso. Huele a eucalipto, el suelo es blando, a ambos lados del camino los helechos y las margaritas se inclinan humildes al paso del grupo, que acusando ligeramente la pendiente, se desgrana deshaciéndose el racimo hasta convertirse en rosario. Se alzan entremezclados pinos, robles y eucaliptos, tejiendo afanosos la sombra para el verano desde los íntimos rincones umbríos del otoño. Algunas flores lilas se esconden humildes entre grande hojas verdes.El sendero circular

El cielo guiña su inmensa y limpia pupila azul entre ramas y hojas, dejando que el sol alborozado, dibuje, con su cálido beso en las mejillas, sonrisas en los rostros alegres de los caminantes. Antes que les alcance la fatiga terminan el ascenso, para descender acto seguido unos metros por una carretera asfaltada y contemplar la portentosa piedra que se mantiene en equilibro, sobre un solo punto de apoyo, en la roca que la sostiene así, como sobre un dedo, para asombro de cuantos la contemplan. Bromean antes de hacerse la foto.

-No empujes que la tiras.

-Solo faltaba que cayese ahora, sin haber hecho la foto.

-No os apoyéis en ella, por si acaso.

-Quietos.

Posan mirando la cámara y después se quedan en silencio, ante la piedra y cada uno se guarda su propia reflexión. Los pensamientos endurecen algo aquellos rostros, que solo hace un momento sonreían, buscando explicaciones, como si no bastara lo que las ciencias determinan: la erosión del viento, la estructura de la piedra, su composición, el tiempo, la paciencia infinita de la naturaleza, esperando hasta alcanzar este equilibrio perfecto. Siempre hay en lo sorprendente un efecto mágico que nos inquieta

Prosiguen el camino, adentrándose de nuevo en la estrecha pendiente que ha de conducirlos a la cumbre. El ascenso es ahora más penoso, el camino más estrecho y roto, con piedras que dificultan cada paso. Hay ramas desgajadas, algún que otro tronco roto, hojas secas, zarzas y tojo, con sus flores amarillas.

El esfuerzo los divide. Augusto se une al dúo de Mercedes y Verónica, Elisa al de Andrés y Paula. Javier se adelanta y camina a dos pasos de Leticia. Darío va en solitario. Faustino y Julia van los últimos ahora, más despacio. Javier comienza a transpirar y también Leticia, que aprieta el paso. Dos metros detrás de ella, él

aprecia como la piel húmeda hace que la ropa se le ciña aún más, hasta el punto que se percibe la línea sutil de su ropa interior, diminutas prendas que sugieren atrevidas lo que guardan.

La pendiente insiste hasta alcanzar un falso llano en donde se detienen Leticia y Javier a esperar a los demás. Allí en el claro, la hierba ha crecido, elaborando un pequeño prado, en el que sin embargo no hay flores, sino botes de aluminio, bolsas y botellas de plástico, mondas de naranja y de plátano, colillas, cascos de cerveza… Leticia se sienta sobre una piedra, con la boca abierta, recuperando el aliento. Javier, de pie la mira.

-¿Cansada?

-No, qué va. Me gusta sudar cuando camino.

-A mí también, de lo contrario parece que no haces ejercicio.

-Estás chorreando.

-Y Tú.

El la mira sonreír, con el rostro brillante, los labios húmedos, abiertos, tomando aire, parpadeando coquetamente, dejando ver esa mirada de sus ojos castaños, dulce e ingenua, como la de una gacela que huye. El piensa justamente eso, que huye, huye de algo. Y él se siente su refugio. Le pasa una mano por el rostro sudoroso, ella se la coge y apoya su cabeza. El resto del grupo llega. Leticia se levanta alborozada.

-¡Tardones, llevamos una hora esperando!

-¡Menos lobos caperucita!

-Es mejor seguir.

-Es verdad. Las paradas rompen el ritmo.

-No teníais que haber esperado.

Pasan todos. Leticia y Javier, se quedan a la cola. La zona está mucho peor. Abunda la basura, árboles secos y restos de incendio, hasta una rata muerta que Javier aparta de un puntapié. Leticia camina ahora muy despacio y Javier la sigue, porque el camino se estrecha y no pueden ir a la par.

-Como cuesta ahora. Me cansa.

-Vamos perezosa, adelante.

Y le tira un azote que quiere ser una broma y casi es una caricia. Ella se vuelve con un guiño malicioso en los ojos.

-¡Oye!

-Vamos, no te pares.

Desde más arriba, casi oculto Augusto les grita.

-¡No os separéis, no vayáis a perderos!

Y apresuran la marcha, para unirse a los demás.

Casi llevan dos horas caminando cuando llegan a un claro, en el que hay mesas de piedra. Es el lugar previsto para la comida. Acalorados como están de la caminata, se sientan a la sombra, pero luego se arrepienten porque refresca. Comen con apetito entre bromas y risas.

A pesar de que hay varios contenedores para la basura, el suelo está lleno de desperdicios que afean el lugar. Ponen música y la tertulia disminuye el tono de voz. Augusto se levanta y con un palo comienza a recoger bolsas y botes del suelo. Como por juego, uno a uno los demás le imitan. Paula, Julia y Verónica, improvisan escobas con ramas y amontonan la basura. Cuando el lugar está casi limpio se acomodan para descansar un rato, medio adormilados por la digestión.

Leticia se dirige a la fuente, que está unos cuantos metros más abajo, en la dirección por donde luego han de continuar. Al cabo de unos minutos Javier se levanta con una botella vacía a buscar agua. En la fuente Leticia se lava las manos y se refresca el cuello y las mejillas. Le deja sitio a Javier para que llene la botella y luego este se pone a beber directamente del chorro, manteniendo un difícil equilibrio para no mojarse.

-¿Esta rica?

-Prueba.

-Yo no soy capaz de beber así, como tú.

-Inténtalo, yo te sujeto.

Y la muchacha se inclina para beber, mientras Javier le rodea la cintura con sus manos, para que no pierda el equilibrio. Al terminar ella se endereza y quedan muy juntos, porque él no suelta su cintura y se encuentran las miradas, sonrientes y mojados los rostros con el agua de la fuente. De pronto la deja libre, recoge la botella del suelo y regresa junto a los demás. Ella se queda en la fuente.

Reanudan la marcha, por un paseo amplio, llano, que pasa junto a la fuente, pero no tardan mucho en volver a subir. El desnivel a veces es tan grande que hay escaleras para salvarlos. Dos troncos caídos obstaculizan el paso. Unos los sortean saltando sobre ellos, otros se agachan y lo hacen por abajo. Javier da un rodeo y Leticia lo imita. Llegan a un pequeño circo bordeado por grandes peñas y continúan por una escarpada franja alfombrada de hoja seca, en la que es fácil resbalar.

Al fin alcanzan el punto más alto, sobre una roca, desde donde se divisa un espléndido panorama. Es como ver un mapa a gran escala. Se quedan un buen rato contemplando el paisaje y luego comienzan el descenso. El sol se ha puesto.

Leticia va la última. Tiene vértigo y Javier la ayuda a descender de la roca. Ahora camina delante de él. No deja de mirarla, dilatando sus fosas nasales tras el reguero de perfume que desprende, mezclado con el aroma de los eucaliptos. De súbito, distraído como va, resbala en la hojarasca y para evitar la caída, se va a trompicones hacia adelante, arrastrando a la muchacha, rodando abrazados unos metros, hasta quedar él sentado, con la muchacha sobre las rodillas, colgada de su cuello, con cara de susto y sofocada. Los demás del grupo que se habían vuelto sorprendidos por el ruido, sueltan la carcajada, porque la caída además de aparatosa, resulta cómica. Se levantan avergonzados, sacudiéndose el polvo y las hojas.

Aún no se han apagado las risas cuando reemprenden la marcha. Leticia y Javier se quedan rezagados, un poco molestos. El sol hace rato que se ha puesto. Las sombras envuelven a los caminantes. Javier apenas distingue a Leticia que va justo delante. Las voces de los demás se alejan hasta que no los oyen. Tampoco se ven ya las marcas del sendero. Llegan hasta la carretera de asfalto y allí se detienen. Un perro ladra cerca. Leticia se agarra al brazo de Javier asustada.

-¿Qué hacemos ahora?

-La verdad es que no se ve nada y no tenemos linterna.

-¿Entonces?

-Lo mejor será seguir la carretera. No tiene pérdida, así llegaremos a la general, aunque tengamos que dar un rodeo.

-Bueno.

Caminan por el asfalto, sin ninguna luz que los oriente. Leticia temblorosa, se agarra al brazo de Javier. De vez en cuando un coche pasa e ilumina. El percibe el temor de la muchacha y le aprieta la mano. El trayecto se hace interminable y el tiempo se alarga como si fuera de goma, pero finalmente llegan a la carretera general. Solo se hallan un poco más lejos del punto de salida, pero ahora pueden ver luces que les orientan hacia el lugar de encuentro. Se sienten aliviados. Ella se suelta de su brazo, gira hacia él, se alza de puntillas y lo besa en la mejilla. El entonces la enlaza por la cintura y la abraza. Ella no lo rechaza, al contrario, él nota como ella se acomoda y entonces se inclina sobre el rostro de la muchacha y la besa con avidez, goloso.

Cuando se encuentran con los demás, vuelven a ser objeto de risas y chistes, sobre que si se han perdido, lo torpes que son y cosas por el estilo. Regresan a los coches y cada uno vuelve a su hogar, ufanos de haber completado el sendero circular.

 

Texto: Jesús Muñiz

El sendero circular

2 comentarios en “El sendero circular

  • el 24/02/2020 a las 11:44 pm
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    Hermoso cuento la reuniones entre amigo y familias son muy bonita

  • el 25/02/2020 a las 1:36 pm
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    Felicitaciones!! muy bueno el cuentoo!!

Los comentarios están cerrados.

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